La ladrona burguesía

 

Todavía hay trabajadores que dicen: “si no fuera por los ricos que ocupan nuestros brazos, nos moriríamos de hambre”. Y esos inconscientes trabajadores sienten cariño por el bribón que les paga un salario de hambre como precio de su trabajo, sin darse cuenta de que están siendo vilmente explotados.

Para que los trabajadores se den cuenta de que es un verdadero robo el que sufren por parte de los patrones, nos bastará hablar, por lo pronto, de la industria del betabel. Un acre de tierra produce diez toneladas de betabel, que el patrón vende a la fábrica de azúcar a razón de $5.00 la tonelada, obteniendo de esa manera, por cada acre, un total de $50.00. Veamos ahora los gastos hechos por el patrón: para sembrar un acre se necesita $1.00 de semilla de betabel; el trabajo de arar y sembrar un acre es pagado a $1.25; el desahije, por acre, cuesta $3.75; las escardas, que son dos, cuestan por todo, $2.50; “tapear”, o sea cortar las hojas del betabel, cuesta $0.60 tonelada, y como un acre produce diez toneladas, el total, por acre, es la cantidad de $6.00; acarreo, $10.00 poco más o menos por las diez toneladas de cada acre. Todos estos gastos hacen un total de $24.50, y como el patrón recibe de la fábrica $50.00 por las diez toneladas de betabel que produce el acre, resulta que le queda un beneficio de $25.50, sin haberse deslomado en el trabajo, sin haber arrojado una gota de sudor, sin haberse sacrificado. Ese dinero se lo embolsa por pasarse la vida fumando buenos puros, hartándose de excelentes manjares, bebiendo los mejores vinos y prostituyendo a las hijas y a las compañeras de los trabajadores, mejor dicho, de los esclavos.

El trabajo del betabel es uno de los más duros y casi todo él está desempeñado por mexicanos en los estados de California, Colorado y otros de este país. El desahije, principalmente, es el más fatigoso por la posición en que tiene que desempeñarlo el trabajador. Ese trabajo consiste en ir quitando del surco las plantitas del betabel, dejando solamente una de ellas de seis en seis pulgadas. Como las plantas son demasiado pequeñas, el trabajador no puede ir desahijando de pie, sino que tiene que hacerlo en cuclillas o de rodillas, como mejor puede, y así se pasa el día, doblado, caminando trabajosamente bajo los rayos de un sol de muerte, sin pensar en otra cosa que no sea su martirio, sintiendo escalofríos al reparar en que al día siguiente se le espera el mismo tormento. Cuando concluye la obra del desahije, estos esforzados creadores de la riqueza social se encuentran con las rodillas llagadas y los riñones hechos pedazos…

Esta tarea del desahije es doblemente pesada por el hecho de que los burgueses, para hacer menos gastos, obligan al desahijador a limpiar de yerbas dos pulgadas de terreno a los lados de las hileras de plantas, pues las máquinas escardadoras no pueden escardar hasta el pie de la planta y van dejando yerba a dos pulgadas de ellas.

En un acre de tierra se siembran 138 surcos de 69 yardas de largo, de manera que en un acre se tendría que hacer un recorrido de nueve mil quinientas veintidós yardas; pero como el operador va trabajando en dos surcos a la vez, su recorrido es de la mitad, o sea cuatro mil setecientas sesenta y una yardas, más de dos millas y media que el desahijador tiene que recorrer de rodillas, en cuclillas, arrastrándose, sufriendo las torturas del sol que le hierve la sangre y le atormenta los sesos, quebrantado, aniquilado, desfalleciendo. Un hombre no puede desahijar un acre en un día ni en dos y a veces ni en tres. Los más hábiles logran acabar la tarea en dos días y medio, y esos son unos cuantos, de manera que, por ese trabajo brutal, de presidiario, el trabajador gana cerca de

$0.75 centavos diarios, y aun a veces ni eso, porque se dan muchos casos en que la burguesía no paga a los trabajadores un solo centavo.

Todo el trabajo del betabel es pesado, pero sería cansado referir la manera en que cada uno se verifica. Basta con lo asentado para ver que los ricos nos roban y nos beben la sangre a los pobres. ¡Y todavía así hay quienes consideran a los patrones como a sus segundos padres!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 90, 18 de mayo de 1912