El odio a la ley

 

Después de la bravata de Madero de que no saldría de México sino en carro fúnebre, ahora dice que, en caso de que la Revolución ocupase la ciudad de México dando fin con la organización material del gobierno constituido, él iría a las montañas para sostener indefinidamente su legalidad hasta obtener el triunfo o la muerte.

Esta nueva bravata tampoco tiene chiste, pero sí lo tiene, y grande, lo que dice La Prensa, diario burgués de la ciudad de México, que, al comentar la pretendida legalidad del gobierno de Madero, dice en un rapto de sinceridad: “En 1858, don Benito Juárez representaba algo más que su legalidad, que es cosa no sólo insignificante, sino despreciable para un pueblo acostumbrado a mostrar indiferencia, aversión ó desprecio por las leyes”.

La Prensa viene a confirmar lo que ya hemos dicho varias veces: que en México hay materia prima para una Revolución que llegue al comunismo. La ley es, según el mexicano, algo que encierra males y solamente males para los pobres, y la odia por eso. Sabe que la ley le hace pagar las contribuciones; lo confina en los cuarteles; lo expulsa del terreno que ha regado con su sudor; lo lanza de su casa cuyo valor ha pagado varias veces al dueño en forma de alquiler; lo entrega indefenso a la rapacidad de los burgueses; lo arroja a la cárcel; lo aplasta; lo asesina.

Menos corrompido por la civilización burguesa, el mexicano pobre no siente respeto por la ley, como no se siente respeto hacia un animal feroz. Para el mexicano la ley es opresión e injusticia: la prueba de ello es que apenas se habla de la ley, palidecen aun las personas sobre cuyas conciencias no pesa ninguna falta. Por eso el mexicano, en lugar de dejar a la ley la solución de sus conflictos, apela a la violencia.

Esta grande virtud es la que los políticos tratan de extirpar hablando repetidamente de que todo debe ser arreglado dentro de la ley, y a los que creen en esa prostituta que se llama la Ley es a quienes se dirige Madero en sus últimos pataleos, pretendiendo hacer creer que él sostiene la legalidad porque fue “electo” Presidente. Lo mismo pudo haber sido dicho por Porfirio Díaz, y lo mismo dicen todos los tiranos cuando algún aspirante al poder les disputa el trono.

Los mexicanos no debemos perdernos en discusiones sobre si es legal ó no es legal un Gobierno. Ilegal o legal, el Gobierno es malo.

¡Abajo el Gobierno! debe ser nuestro grito, hasta que haya desaparecido la odiosa Autoridad.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 90, 18 de mayo de 1912