El miedo del Gobierno

 

Cuando un Gobierno lanza una mirada piadosa sobre los que sufren, no lo hace ciertamente porque se preocupe por el bienestar de los de abajo, sino para calmar la cólera popular que está a punto de derribarlo.

El Gobierno se ha dado cuenta de que el movimiento revolucionario no puede terminar por medio de amnistías o perdones, ni por medio de halagos a los jefecillos revolucionarios, ni por medio de la fuerza. El Gobierno se ha dado cuenta de que está enfrente de un fenómeno de carácter económico y social, de una verdadera Revolución que tiene su origen en la justa rabia de los desheredados contra los ricos, y, para calmar la efervescencia revolucionaria, ya que sus esbirros no han logrado ahogarla en el mar de sangre que se ha derramado, recurre a la política; ¡pero qué tarde; cuando los trabajadores ya no se dejan engañar!

Se trata de unos proyectos de ley para mejorar la situación del proletariado mexicano. He aquí lo que dice El Imparcial del 7 de este mes:

Ayer al medio día tuvo lugar en el Palacio Nacional un Consejo de Ministros, para el que antier citó a sus Secretarios de Estado el señor Presidente de la República. Los asuntos discutidos en este consejo fueron tres interesantes proyectos de ley que el Ejecutivo remitirá a fines de la corriente semana o a principios de la próxima, al Congreso, para su aprobación.

Los proyectos de ley discutidos después en el Consejo fueron: uno, sobre la concesión de ejidos a todos los poblados de la República; otro, sobre accidentes del trabajo, no siendo este proyecto de ley sino la adaptación para todo el país de la legislación que sobre la materia puso en vigor el General Reyes en el Estado de Nuevo León. El tercer proyecto se refiere a mejorar la situación de los jornaleros y en él se trata de la supresión definitiva de las tiendas de raya, de la prohibición de largas cuentas con los hacendados, que pasan de generación a generación a los jornaleros, y sobre el mejoramiento moral y material de esta clase de nuestro pueblo.

Esto se debe, desheredados, a que el Gobierno tiene miedo y trata de halagar a los proletarios, de atraerlos, para que no piensen más en arrancar de las manos de la ladrona burguesía la tierra y la maquinaria de producción.

Se trata, pues, de desviar al proletariado mexicano del camino de la expropiación por medio de la violencia, para que confíe en la bondad del Gobierno, deponga su actitud hostil, se someta y triunfe la burguesía.

Es seguro que la Cámara de Diputados aprobará los proyectos de ley; pero como el Gobierno no puede atacar nunca el derecho de propiedad individual, los beneficios que tales proyectos pudieran acarrear son perfectamente ilusorios. Veamos, por ejemplo, la cuestión de la concesión de ejidos a todos los poblados de la República: el Gobierno no podrá adquirir el terreno necesario para la concesión de ejidos más que por un medio: comprando la tierra a los hacendados, a precios crecidísimos, puesto que se trata de tierras y montes que rodean a los poblados, y, por lo mismo, son los más caros. ¿Cuántos poblados hay en México? Miles y miles de poblados, y se necesitarían miles de millones de pesos para surtirlos de ejidos, miles de millones de pesos que tendrían que salir del sudor de los pobres, pues para

pagar esas cantidades fabulosas, necesitaría el Gobierno aumentar los impuestos, y, por lo tanto, agravar la situación de las masas de desheredados.

Debemos convenir, hermanos de miseria, en que por los medios legales es imposible llegar a resolver el Problema del Hambre. Este formidable problema sólo puede ser resuelto por medio de la expropiación, atropellando la ley, aplastando a la Autoridad, haciéndose justicia, en suma, por la propia mano sin confiar en gobiernos paternales ni en leyes bienhechoras. El Gobierno de Madero os engaña cruelmente haciéndoos creer que puede aliviar vuestra situación. Ni siquiera eso puede hacer. El Gobierno de Madero trata de haceros deponer las armas con promesas que él mismo sabe que no podrá cumplir, como no ha podido cumplir todas las que ha hecho con anterioridad, y no las ha podido cumplir precisamente porque no ha querido atropellar el principio de propiedad individual.

Los demás proyectos de ley para mejorar la condición del proletariado mexicano deben ser vistos con desprecio por los trabajadores, pues envuelven igualmente un engaño y una burla brutal a los que tienen hambre de pan y de justicia. Se aprobarán proyectos de ley sobre accidentes del trabajo; pero como los accidentes no son los únicos que ponen en peligro la salud y la vida de los trabajadores, sino que el trabajo mismo, por lo excesivo de su duración, por las circunstancias en que se lleva a cabo, por la mala alimentación del trabajador que gana apenas lo indispensable para tenerse en pie, hace que el proletario se deforme físicamente, se embrutezca y contraiga enfermedades que le acortan la vida y las trasmite por herencia a su prole. Los accidentes del trabajo son casos aislados, pero la degeneración de la especie y el exterminio de la clase trabajadora por las condiciones en que se hacen los trabajos llevan miles de víctimas al sepulcro, al presidio, al patíbulo, al suicidio, a la locura.

No, desheredados; nada de mejoras que son puro engaño. El mal no reside en el hecho de que no se indemniza a los que sufren accidentes en el trabajo, ni se suprimen las tiendas de raya, etcétera. El mal reside en el sistema capitalista que tiene como base el principio de propiedad individual o privada. Matemos el principio, acabemos con la Autoridad, que es la que sostiene el principio, y el derecho de vivir habrá sido conquistado por primera vez en la historia del mundo.

No hay que dejarse engañar por el Gobierno que está dando una muestra de debilidad. No es por amor al pueblo por lo que se ha dignado bajar la vista para ver si sufren los proletarios: es por miedo, es

porque está perdido. Ahora, a ser más exigentes, a radicalizar más y más la obra revolucionaria. ¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 91, 25 de mayo de 1912