El Gobierno temblando

 

Al trote andan gobernantes, políticos y burgueses en busca de medios para apaciguar al proletariado mexicano y no encuentran más que éste: el reparto de tierras. Todos, gobernantes, políticos y burgueses han comprendido al fin que no pueden entretener por más tiempo a los desheredados mexicanos con simples palabras. Los proletarios tienen hambre real, hambre física y no se conforman con palabras. La palabra “libertad” no tiene para ellos ningún sentido cuando en sus hogares no hay fuego, cuando las mujeres tiritan bajo los hilachos mugrosos, cuando los niños gritan y lloran pidiendo pan en cualquier rincón de las negras pocilgas. Las palabras “Sufragio Efectivo, No Reelección”, “Libertad de Imprenta”, “Derecho de Reunión”, etcétera, etcétera, no tienen valor alguno para el que encorvado en el surco sabe que la tierra que fecunda con su sudor no es suya; para el que con la cuchara en la mano, pone las piedras del edificio que jamás habitará; para el que, respirando el aire de muerte del taller y de la fábrica, se ha dado cuenta de que lo que producen sus manos creadoras no será para él ni para los suyos; para el que con las montañas sobre su cabeza, se ha convencido de que el mineral que arranca a la roca irá a resonar, convertido en monedas, en otros bolsillos que no son los suyos, o servirá para constelar de medallas y de cruces los pechos de los bandidos de uniforme o para adornar los brazos, las gargantas y los peinados de las burguesas altaneras e inútiles. Por eso se rebela el proletario; por eso incendia y mata y lucha y se sacrifica derramando su sangre, sembrando el terror entre los que ayer le escupían al rostro y lo pateaban y lo humillaban. ¡Adelante, hermanos!

Tan enérgica actitud del proletariado mexicano tiene en vela al Gobierno de Madero. Los consejos de ministros se suceden repetidamente para tratar de resolver el Problema Social, pues cuando el trabajador se humilla hasta el grado de pedir como una gracia o favor lo que le pertenece en justicia, los ricos, los políticos y los gobiernos sonríen y se burlan del cobarde; pero cuando al gemido suplicante lo sustituyen el grito de coraje y la acción revolucionaria del proletario, entonces los soberbios, los poderosos, los altaneros se ven obligados a aflojar la garra, a sonreír a los que por siglos y siglos fueron sus doloridas víctimas: los humildes.

En los últimos consejos de ministros, con la precipitación denunciadora del terror pánico que se ha apoderado de la canalla dorada ante la actitud viril del proletariado mexicano, se han discutido proyectos de ley para dotar de ejidos a todos los poblados de la República; para indemnizar a los trabajadores de los accidentes sufridos con motivo del trabajo, y para mejorar, en general, la situación del trabajador. Ya hablé de todo esto en el número anterior de Regeneración. Afirmé que, para dotar de ejidos a todos los poblados que se cuentan por decenas de miles en toda la República, sería necesario que el Gobierno comprase a los grandes terratenientes la tierra necesaria para el objeto indicado, lo que implicaría el gasto de miles de millones de pesos que el Gobierno sacaría de los proletarios en forma de contribuciones pesadísimas que harían más dura aún la situación de los pobres. Esto no resuelve, por lo mismo, el Problema del Hambre, y no es más que una engañifa, una burla del Gobierno al dolor de los humildes, revestida con el ropaje de una bondad aparatosa, como todo lo que lleva el sello oficial.

Por lo que respecta a indemnizaciones por los accidentes con motivo del trabajo y a la mejoría de la situación del trabajador, son pamplinas con que adormecen a los trabajadores los interesados en que se perpetúe el actual sistema basado en la desigualdad económica, política y social. La solución está en abolir el salario, y para ello es preciso que los trabajadores, sin la mediación del Gobierno, antes bien, destruyendo toda forma de Gobierno, arrebaten de las manos de los ricos la tierra, las provisiones, las casas, los medios de producción y de transporte, haciendo de todo ello propiedad común, como se explica en el Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911.

Los trabajadores mexicanos deben comprender que si el gobierno, los políticos y los burgueses se preocupan ahora por la suerte de los pobres, eso se debe a que estos dejaron a un lado las súplicas y tomaron las armas, argumento eficaz para abatir orgullos, para aplastar altanerías, para humillar soberbias; pero deben entender igualmente los trabajadores que la burguesía, el Gobierno y los políticos no harán nunca nada bueno para el trabajador, sino que simplemente procurarán desviar a éste del camino de la acción directa para encerrarlo en el corral de la legalidad. La salvación del trabajador está en el empleo de la acción directa, esto es, la lucha sostenida entre él y el patrón, sin intervención de la Autoridad, sin sanción de la ley, por encima de la Autoridad y por sobre la ley, porque desde el momento en que el Gobierno interviene en las luchas obreras debe tenerse por seguro que la burguesía saldrá triunfante, pues la misión del Gobierno es cuidar los intereses de la clase capitalista.

El miedo y no otra cosa ha hecho al gobierno preocuparse por la suerte del humilde, como se ve por el siguiente trozo que copio del periódico burgués La Prensa, de la ciudad de México, correspondiente al 22 de mayo, en que habla de los repetidos consejos de ministros sobre la cuestión de tierras y trabajo:

Por datos que nuestros repórters han recogido, sabemos que la cuestión principal que se trató [en el consejo de ministros] fue la de que se proceda cuanto antes a presentar el proyecto de ley ó iniciativa a las Cámaras de la Unión a fin de que pronto sea votada la relativa a ejidos que venga a terminar con el vital pretexto de muchos indígenas para mezclarse en la actual revuelta, pues una vez que a los pueblos les sean devueltos sus terrenos, cuyo despojo ha originado el general descontento de esta sufrida raza, el gobierno cree firmemente que dominará en gran parte la actual revuelta, puesto que infinidad de revolucionarios de buena fe, depondrán las armas, para dedicarse a cultivar sus tierras cuando estén en posesión de ellas.

Que se trata simplemente de un engaño a las masas desheredadas con la cuestión de los ejidos a los pueblos es evidente. Suponiendo que cada persona tuviera a su disposición un pedazo de tierra, ¿qué hará con ella cuando no solamente carece de herramientas y animales para cultivarla, sino también de provisiones para sostenerse y sostener a su familia hasta que se levante la primera cosecha? El Gobierno simplemente trata de calmar los ánimos en el momento para hacerse fuerte y entonces ahogar en sangre las aspiraciones de los humildes. ¡No le demos esa oportunidad, hermanos! ¡Guerra sin cuartel a la Autoridad, quien quiera que sea el que la represente!

No sólo la cuestión de los ejidos trae entre manos la gente del Gobierno para acabar con la Revolución: a tamborazos está anunciando ahora que pronto comenzará el reparto de tierras, comenzando por los estados de Guanajuato y Durango; pero se trata de terrenos baldíos, perfectamente inservibles, localizados lejos de los poblados y de las vías de comunicación; son los terrenos nacionales que la avaricia burguesa ha despreciado, porque no tienen valor alguno; porque para hacerlos productivos se necesita la inversión de grandes capitales en obras de irrigación, desmonte, adaptamiento de la tierra a usos agrícolas, construcción de carreteras, casas, etcétera, etcétera. Los terrenos que se van a repartir en el estado de Durango están distantes cincuenta kilómetros de la población más cercana, Santiago Papasquiaro, y miden setenta mil hectáreas, fraccionados en lotes no mayores de 200 hectáreas. La Secretaría de Fomento, en documento oficial que fue publicado por La Prensa en su edición de 21 de mayo, dice:

Dispone esta Secretaría que la Dirección Agraria proceda desde luego a fraccionar dichos terrenos [los terrenos baldíos que están a cincuenta kilómetros de Santiago Papasquiaro] en lotes que no excedan de 200 hectáreas de superficie, PARA VENDERLOS o ARRENDARLOS, a los mexicanos que lo soliciten.

¡Vaya un reparto! Para comprar tierra se necesita tener dinero, y cualquiera que tenga dinero no cometería nunca la locura de ir a fertilizar un desierto, cuando sobran tierras buenas de venta. ¿Qué ganan los desheredados con esos repartos a tanto la hectárea?

Burla, burla cruel es la que hace el Gobierno de los pobres, y esa burla, desheredados, hay que vengarla. Hay tierras buenas suficientes para mantener a los quince millones de habitantes que tiene México, pero esas tierras se encuentran en poder de unos cuantos bandidos llamados hacendados. Quitadles esas tierras vosotros mismos, desconociéndoles todo derecho a retenerlas, y aprovechaos de las herramientas para trabajarlas, y de las provisiones para que no sufráis hambre antes de levantar la primera cosecha. La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos; no confiéis a nadie, ni a los que se dicen vuestros amigos, la solución de vuestros problemas. No paguéis tributo o contribución a nadie; no paguéis los alquileres de las casas; haced de todos todo cuanto existe, como aconseja el Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911.

Mexicanos: nuestros verdugos tiemblan. No hay que someterse por ningún motivo hasta que hayan desaparecido el último burgués y el último representante de la Autoridad, pues mientras quede algo de esa sarna seremos esclavos. ¡Adelante! ¡Imitad a los revolucionarios de Oaxaca, de Guerrero, de Morelos, de Puebla y de tantos otros estados más que no piden, sino que toman!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 92, 1 de junio de 1912