Para los que “dudan”

 

Mientras algunos llamados revolucionarios “dudan” que pueda existir en México un movimiento económico, que cada vez va radicalizándose más y más con tendencias marcadas al comunismo, los mexicanos continúan su obra revolucionaria, solos o casi solos, cuando deberían contar con el apoyo de todos los hombres y de todas las mujeres de buena voluntad del mundo entero. Una buena parte de la prensa libertaria de muchos países hace esfuerzos plausibles por sacudir la indiferencia de las multitudes en sus respectivas localidades, para que presten a los que luchan en México la ayuda necesaria para sostener la desigual contienda; pero pocos responden a los diferentes llamamientos que se les hacen, olvidando los indiferentes que la primera condición del triunfo de la emancipación económica, política y social del proletariado es la solidaridad.

En fin, dejémonos de quejas y sigamos nuestra marcha, hermanos mexicanos.

Los lectores asiduos de Regeneración están informados del formidable movimiento económico que sacude en estos momentos al estado de Oaxaca. Al saberse en la ciudad de México lo que allí ocurre, los diputados por el estado de Oaxaca al Congreso de la Unión enviaron un mensaje al licenciado Alberto Montiel,[1] gobernador del estado, pidiéndole les dijera en qué manera podrían ellos ayudarle en la obra de la pacificación del estado. El gobernador contestó de esta manera:

Oaxaca, 18 de Mayo. Señores Diputados Vicente Luengas, Manuel H. San Juan y demás signatarios. Cámara de Diputados. México. Socialismo anarquista, rebelión armada de terrazgueros contra hacendados, incitando malas pasiones y encendiendo criminales deseos, han conmovido una porción de nuestro Estado, limitada a los distritos de Zimatlán, Ocotlán, Ejutla y Miahuatlán, ejercitando actos de mero bandidaje dentro de las propiedades, y derramamiento de sangre, algunas veces de nuestros hermanos. Con los pocos elementos de que dispone el Gobierno, he procurado sofocar la rebelión, cuyas proporciones han disminuido notablemente; sin embargo, para asegurar la paz y tranquilidad duraderas, necesítase auxilio de fuerza armada. Agradezco loable y patriótica cooperación. Alberto Montiel. Firmado.

Cuando se recibió el despacho transcrito [dice El Imparcial], un grupo de señores Diputados acordó acercarse al señor Presidente de la República, para pedirle el apoyo del Gobierno para sofocar la rebelión en Oaxaca. Estuvieron cerca de las seis de la tarde en Chapultepec, los señores Senador Aurelio Valdivieso, Diputados Manuel H. San Juan, Francisco Modesto Ramírez,[2] José Reyes Spíndola,[3] Constancio Peña Idiáquez, José García Ramos,[4] Joaquín Ogarrio,[5] Andrés Cruz Martínez, Ángel Pola,[6] Fernando de Gyves[7] y Manuel Fernández Ortigosa.

El señor Presidente recibió a los señores Diputados en la terraza alta del castillo, usando de la palabra el señor doctor Valdivieso, quien dijo, poco más ó menos: “Si no fuera porque el movimiento de rebelión últimamente registrado en Oaxaca, puede asumir proporciones importantes, no distraeríamos la atención de usted, señor Presidente”. Habló en seguida de la actitud de los alzados, diciendo que ahora su grito era el de “¡Mueran las haciendas!” y que se habían contraído únicamente a robar las fincas; pero que posible es que lleguen a las poblaciones. Manifestó, además, que con el envío de las fuerzas federales al Estado, la situación se remediaría, y que en nombre de aquella entidad pedían su apoyo al Ejecutivo para sofocar la revuelta.

El señor Presidente Madero contestó que con todo gusto prestaría su apoyo al Estado de Oaxaca, y que ya se había ordenado la violenta salida de doscientos rurales para aquella región; pero que si se necesitaban fuerzas en mayor número, se enviarían inmediatamente.

Las informaciones privadas que obtuvimos ayer, sigue diciendo El Imparcial, nos proporcionaron datos acerca del número de rebeldes y de sus proyectos. Los indios que se han lanzado en armas al grito de “Mueran las haciendas”, ascienden a dos mil. Parece que su centro de operaciones es la hacienda de Yaxe, situada en el Distrito de Ocotlán. Los rebeldes llegaron hasta el pueblo de Jalpan, situado a tres horas de camino a pie de la ciudad de Oaxaca. Los rebeldes han prometido destruir las poblaciones de Ejutla y Miahuatlán, si llegan a apoderarse de ellas.

Dentro del criterio burgués, El Imparcial, del 20 de mayo, comenta la situación en el estado de Oaxaca en su sección Editorial. Copiamos íntegro el artículo que revela el terror pánico que se ha apoderado de los burgueses. Dice así:

Mientras en los desiertos del norte las fuerzas federales y las revolucionarias de Pascual Orozco, se aprestan a librar un nuevo encuentro que enrojecerá, una vez más, con sangre de hermanos el suelo de la Patria, en el Estado de Oaxaca acaba de estallar una nueva rebeldía, que viene a complicar con un nuevo elemento de discordia este tan premioso problema de la pacificación nacional.

¡Y qué rebelión la de Oaxaca! Basta escuchar el grito de los sublevados para penetrarse del terrible carácter que ha asumido el levantamiento. ¡Mueran los hacendados!, claman, y a esta voz, que es una invitación al desposeimiento, el número se acrecentará —¿quién lo duda?— con la incitante esperanza del botín. Es un estallido de anarquismo agrario, que tiene raíces muy hondas, que abonadas por las prédicas disolventes que se llevaron a término hace dos ó tres años —con motivo de la elección presidencial de 1910— había que arrojar al aire este ramaje de siniestras perturbaciones.

En Oaxaca la cuestión agraria está complicada con circunstancias locales y reviste una agudeza que no tiene, seguramente, en ningún otro Estado de la República.

La vieja cuestión de los ejidos, las controversias entre las municipalidades y los terratenientes, el inextinguido espíritu comunista, todo ha contribuido a mantener vivo un fuego que el menor soplo podía convertir en incendio. ¡Y harto se ha soplado sobre esta bolsa! Harto se gritó antaño: ¡reivindicaciones!, ¡odio a la propiedad!, ¡guerra al poseedor!, ¡muerte a los mejor favorecidos en el reparto de la riqueza social!, harto se recomendó el despojo y se insinuó la captación de la fortuna particular, para que nos sorprendamos ahora de tocar las consecuencias de la temeraria aventura.

Hace más de cincuenta años que un hombre de gran penetración, don Francisco Pimentel,[8] había puesto de resalto la manifiesta hostilidad que, en el fondo, anima a nuestros indígenas de los campos, especialmente a los surianos, hacia los propietarios agrícolas. De esa hostilidad se han aprovechado frecuentemente los agitadores para provocar los movimientos agresivos populares de que está llena de ejemplos la historia de esas comarcas. Ha bastado remover ese pozo para que surgieran a la superficie el antiguo deseo irreductible, con la violencia propia a la desorganización que se deja sentir en los momentos actuales, con los apetitos que ha llevado, disuelta en sus aguas, la corriente revolucionaria.

¿Cómo no han de responder, a su modo los “de abajo”, a las convulsiones demagógicas a que se han entregado los “de arriba”? ¿Cómo exigir de ese ochenta y siete por ciento de individuos incapacitados para el ejercicio de la libertad —según declaración del señor Moheno,[9] que guardamos como oro en paño— más de lo que se exige a los socializantes y anarquizantes de “saco” y “bomba”… en la cabeza?

Y es que el momento es de conflicto, es de brega, es de dolorosísima crisis en el terreno a que acuden todos los grupos en defensa de sus intereses económicos. No lo decimos nosotros; lo dice un alto empleado de la Administración pública, personalidad de relieve en el partido que apoyó la revolución maderista, y encargado, precisamente, de equilibrar y poner de acuerdo a fuerzas hoy en desavenencia; lo que dice el señor licenciado Carlos Moya Zorrilla, Director del Departamento del Trabajo, en una carta que ayer publicamos y a la que, más tarde, hemos de hacer necesarios comentarios. “Dada la indisciplina e insubordinación —escribe este caballero— que existen hoy en todas las clases sociales”.

Palabras que hemos recogido y que algo significan para los que desde hace un año nos hemos consagrado sólo a “documentarnos” para el día en que por fin se haga justicia a las cosas y a los hombres.

La rebelión en Oaxaca es grave; no puede, no debe ocultársele al Gobierno. Es grave, no sólo por el carácter impetuoso y batallador de los habitantes de aquella porción nacional, no sólo por las dificultades que el terreno opone a su represión, sino por lo “contagioso” del programa proclamado. La lucha tiene los rasgos de una lucha de clases, que ojalá no se torne —que bien pudiera suceder— en una lucha de razas.

El “mueran los hacendados” repercutirá gozosamente entre millares y millares de individuos que se creen con derecho a una tierra de que, según su criterio, se les ha despojado; las promesas que —al decir de algunos— encierra el Plan de San Luis, se perfilan claramente, y al saqueo de las pro­ piedades, de que ya se ha dado cuenta, seguirá el adueñamiento de los dominios por los sublevados. ¿Qué mejor ejemplo de reivindicaciones?

El problema agrario que la revolución agitó tan hondamente, y del que las conmociones de Morelos y Oaxaca no son más que movimientos reflejos, está revestido de incontables peligros. Acaso el más serio de ellos es la dificultad de resolverlo en la brevedad de tiempo que reclaman los impacientes.

De aquí que tengamos por muy serio el levantamiento de Oaxaca, y que lo veamos como un síntoma de un estado social altamente dañoso a los grandes intereses nacionales, entre los cuales figura en primer tér­ mino la eliminación de los factores contrarios a la completa pacificación de la República.

Creemos sinceramente que el Gobierno Federal hace mal en conce-

derle tan poca importancia al levantamiento en aquella zona; doscientos rurales que ofreció enviar para combatir la revuelta, son pocos para combatir el número de levantados.

Tal vez no se les ha tomado en consideración porque no gritan ¡viva Zapata ó viva Orozco!, pero a poco que SIN EGOÍSMO se medite, se convencerán los hombres del Gobierno de que es peor, más terrible, más fatídico que esos gritos, el grito de “¡ABAJO LA PROPIEDAD!”

El artículo de El Imparcial confirma lo que repetidas veces he afirmado: que el pueblo mexicano es comunista por instinto; que odia a la clase burguesa; que desprecia la ley; que siente horror por la Autoridad. Naturalmente hay personas ciegas que todavía quieren presidentes, jueces y demás polilla; pero con el tiempo tendrán que contagiarse de la rebeldía de los buenos y los mexicanos darán al mundo el sano ejemplo de cómo es posible vivir sin Gobierno; de cómo se puede vivir libremente con sólo respetar la libertad de los demás.

Adelante, mexicanos: seguid asombrando al mundo inteligente. No importa que la prensa burguesa os llame bandidos. Los bandidos son los burgueses que quieren para ellos solos todo lo que hace agradable la vida.

No respetéis la propiedad individual; no respetéis la Autoridad; haced que todo sea de todos. En una palabra: adoptad los principios igualitarios consignados en el Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911, enarbolad la Bandera Roja, que es la bandera de todos los proletarios de la tierra y gritad bien alto: ¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 92, 1 de junio de 1912



[1] Alberto Montiel. Abogado oaxaqueño. Conservador. En 1901 fue fundador de la Asociación Juárez, que reunía miembros de la clase dominante de Oaxaca y a algunos representantes de clases medias. Electo diputado por Teotlitlán en 1911. Designado gobernador interino de Oaxaca a la muerte de Benito Juárez Maza, ocurrida el 24 de abril de 1912. Su interinato, en el que dio apoyo a adictos a Félix Díaz, duró sólo tres meses.

[2] Francisco Modesto Ramírez. Diputado por Ixtlán en la Legislatura soberanista de Oaxaca, en 1915.

[3] José Reyes Spíndola. Diputado a XXVII Legislatura Local de Oaxaca (1913-1915), por los distritos de Etla y Cuicatlán, Oaxaca.

[4] José García Ramos. Político oaxaqueño. Diputado local por Etla y Cuicatlán durante el periodo 1905-1907 y diputado federal en la XXVI Legislatura. En 1912 presidió el Club Democrático Miahuateco, que apoyaba la candidatura de Aurelio Valdivieso para la gubernatura de Oaxaca. En 1914 organizó y dirigió a las Fuerzas Defensoras del Estado en el distrito Miahuatlán. Volvió a ser diputado local en 1922.

[5] Joaquín Ogarrio. Diputado por Juchitán, Oaxaca. XX Legislatura local.

[6] Ángel Pola Moreno (1861-1948). Periodista, librero y editor chiapaneco. Se inició en el periodismo como corresponsal de El Socialista. A lo largo de su dilatada trayectoria se desempeñó como colaborador de El Monitor del Pueblo, Diario del Hogar, El Monitor Republicano, El Partido Liberal y El Imparcial, entre otros rotativos. Fundador del periódico El Noticioso. A comienzos del siglo XX editó y publicó la Biblioteca Reformista, con escritos fundamentales de Juárez, Melchor Ocampo, Lerdo entre otros protagonistas de la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa. Se desempeñó como diputado durante la presidencia de Francisco I. Madero. Fue condecorado en 1944 como decano del periodismo mexicano.

[7] Fernando de Gyves. Presidente municipal de Ixtepec, Oaxaca, entre 1901 y 1902. Protegido de Manuel Romero Rubio. Latifundista y jefe político de Juchitán. Vinculado con el grupo de los Científicos oaxaqueños, encabezado por Rosendo Pineda y Emilio Pimentel. Construyó un imperio ganadero con base en el abigeato. Ejecutor de venganzas políticas del grupo al que perteneció.

[8] Francisco Pimentel (1832-1893). Filósofo y lingüista aguascalentense de orígenes aristocráticos. Colaborador del Diccionario Universal de Historia, Geografía y Estadística. En 1864 publicó el estudio titulado Memoria sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México y medios de remediarla, al que aquí se alude.

[9] Querido Moheno (1873-1933). Abogado, periodista y político chiapaneco. Colaboró con el periódico maderista Nueva Era. Se desempeñó como diputado en la XXVI Legislatura, cargo desde el que criticó acerbamente a Francisco I. Madero. Secretario de Relaciones Exteriores durante el régimen huertista. Tras el triunfo constitucionalista se exilió en Estados Unidos, Cuba y Centroamérica.