Notas al vuelo

 

Me estoy entreteniendo con una entrevista que un fastidioso reportero de El Imparcial tuvo con el pobre diablo de Pascual Orozco hijo, el baboso dictadorcillo del estado de Chihuahua, a quien los federales le están dando puntapiés hasta por debajo de la lengua por su pretensión de querer ser un Napoleón, disponiendo batallas campales, cuando lo único que se puede hacer es guerra de guerrillas. Dice el reportero: “Es rústico en su trata (Orozco), pero se comprende que no posee mal fondo”.

Bueno; pues a volverlo del revés… para que lo de adentro quede para fuera y viceversa.

 

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“Desembarcamos en la estación, sigue diciendo el reportero, y de allí nos dirigimos al centro de la población (Jiménez) en coches, para quedar alojados en una quinta de encantador aspecto”.

Es el palacio del rústico del buen fondo… ¡Y yo que creía que eso de la guerra era cosa de andar a salto de mata, durmiendo con el pie en el estribo, comiendo tortillas duras o raíces a más no poder! Pues, no; estos señores revolucionarios se dan vida de príncipes, mientras las pobres masas, la eterna carne de cañón, duermen en el duro suelo, a la intemperie, careciendo de todo y dando su sangre para proporcionar fama y poderío a bribones que residen en quintas de “encantador aspecto”.

 

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Orozco, dice el reportero, invitó a éste a hablar en su pieza. He aquí cómo describe esa pieza el reportero: “Esa pieza es una elegante recámara dotada de muebles americanos y de gran cama de latón, en la que se ve una rica colcha y almohadas de seda”.

¿Quién de los proletarios que militan en el ejército de este bandido vive con tan refinado lujo?

 

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Pascual Orozco es un animal que tiene el hocico más duro que un mulo, por lo que el desdichado reportero sufrió la pena negra sacándole con tirabuzón pedazos de frases, migajas de palabras sobre sus intenciones, sus proyectos, sus esperanzas y demás. Dijo que el objeto de la Revolución es “atacar al actual gobierno y que el pueblo elija, en su oportunidad, a la persona que le agrade”.

¡Valiente objeto de la Revolución, “ñor” Pascual, el que “su mercé” le atribuye! Pues, no, amigote: el objeto de la Revolución es colgar de un farol, de un árbol, de un poste telegráfico, de cualquier parte, a los que aspiren de hoy en adelante a llegar a ser Presidentes, como “usté”, por ejemplo.

 

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Sabido es que el papanatas Pascual Orozco se levantó contra el Chato, porque éste no quiso darle cincuenta mil pesos. El reportero le preguntó si era cierto eso, a lo que él contestó con un ¡no! rotundo.

¡Claro; nadie es tan estúpido de ponerse el lazo en el pescuezo! Lo cierto es que Orozco había recibido con anterioridad cincuenta mil pesos como pago de sus servicios en la revuelta de Madero, pues estos caudillos no hacen nada gratis. Orozco pidió nuevamente al Chato una suma igual, y como éste se la negó, aquél volteó la chaqueta. ¡Pura cuestión de negocios!

 

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El reportero preguntó a Pascual si aceptaría las condiciones de paz de la Liga de la Defensa Social, de la ciudad de México, y, dice el reportero, “me dijo que si la primera cláusula era la renuncia del señor Madero, estaba bien; pero si se traía miras de política malsana, ni oiría siquiera a los comisionados”.

Como se ve, ya se le queman las habas a Pascualito porque se quite el Chato para ponerse él.

 

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“Amo la paz, siguió diciendo Orozco al reportero; créamelo usted. Pero ¿qué papel hubiera hecho, en qué situación habría quedado si no defiendo a mi pueblo que me lo pedía en masa?”

No se crea que Orozco se refiere a la clase trabajadora cuando dice la palabra “pueblo”, pues no han sido los trabajadores los que le pidieron que tomara las armas, sino los grandes millonarios de Chihuahua, los Creel, los Terrazas y otros más, quienes le han dado millones de pesos para que, al menos en el estado de Chihuahua, impida que se lleve a cabo la expropiación de la tierra y de la maquinaria de producción, que es la tendencia del movimiento revolucionario. Así, pues, Orozco es un traidor a la Revolución, y es un burgués él mismo, pues ya tiene minas, casas, tierras y muchas cosas más.

 

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Para conocer bien a este títere, lacayo vil de los burgueses mexicanos y extranjeros, véase lo que contestó al reportero, cuando éste le pidió su opinión sobre la intervención americana: “Temo a la intervención; dicen que es cosa inminente, pero yo no seré culpable de ella. Usted ha visto con cuántas seguridades viven los extranjeros en Chihuahua. Para nada los molesto y mi gente tiene ese encargo también”.

¿Se puede pedir mayor degradación en un hombre? Tiene miedo a la intervención de los Estados Unidos, y por eso permite que los burgueses extranjeros aprieten el pescuezo al proletariado de Chihuahua. ¿Qué se le esperaría al proletariado de todo México si este cobarde llegase a ser presidente?

 

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Haciendo alarde de su respeto a la propiedad, agrega el caudillejo: “la prueba de que gozan de consideración los extranjeros y de que no somos salvajes, es que hace poco pasaron para los Estados Unidos trescientos mil pesos en barras de plata procedentes de los minerales del estado Y YO HICE QUE SE RESPETARA LA PROPIEDAD”.

Es decir que, las barras de plata que los trabajadores de Chihuahua habían sacado de los senos de la tierra, y que, por lo mismo, eran de la propiedad de los trabajadores de Chihuahua, fueron traídas a los Estados Unidos para que, con su valor, los burgueses se den la gran vida, mientras los que extrajeron esos metales padecen hambre porque el don Orozco defiende los intereses de la burguesía. ¡A la horca con él, hermanos de Chihuahua!

 

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Y sigue haciendo alarde de su protección a la burguesía: “Algunas compañías han pedido carbón para sus fundiciones y éste ha venido de los Estados Unidos, garantizado por mí que llegara a su destino. Hasta la dinamita ha llegado sin novedad”.

Pues, a volarlo con ella por ser un perro del Capital.

 

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Dice Orozco que es impersonalista; pero ahora resulta por ahí una especie de gobierno revolucionario con el mismo don Orozco como Presidente y todos los badulaques que le siguen como ministros. Sólo para los pobres soldados no hay hueso que roer.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 92, 1 de junio de 1912