Los refugiados

 

364 refugiados americanos y de otras nacionalidades, pero estando en mayoría los americanos, trajo el transporte de guerra de los Estados Unidos, Buford, al puerto de San Diego, California, procedentes de diversos lugares de la costa occidental de México.

Muchos de estos refugiados vienen contando historias espeluznantes que sólo los bobos pueden creer. Aseguran haber sido torturados por los rebeldes; unos de ellos dicen que vienen, casi en cueros, porque no tuvieron tiempo ni para ponerse los calcetines; otros dicen que en México reina el salvajismo; otros más aseguran que fueron despojados de todo cuanto poseían. Por supuesto que todos los refugiados son burgueses o aspirantes a burgueses. No dudo que las poblaciones sublevadas hayan expropiado a estos burgueses; pero lo que se refiere a torturas personales infligidas por los rebeldes no pasa de ser una mentira cínica y estúpida. Ningún pueblo de la tierra es tan hospitalario como el mexicano, y esa buena costumbre que es un hermoso rasgo de solidaridad humana prevalece hasta la fecha entre aquel pueblo sencillo y sano. En general, el extranjero que pide un pedazo de pan o algún rincón para descansar es atendido por la gente pobre, que comparte gustosa con él sus humildes alimentos. Esto lo saben bien los americanos proletarios que han viajado por la tierra mexicana, y lo saben también los americanos proletarios que han llegado en busca de ayuda a los campos de trabajadores mexicanos en los Estados Unidos. En general, los proletarios alemanes, griegos, judíos, italianos, etcétera, que llegan a los Estados Unidos, son muy egoístas y no protegen a los trabajadores de otras razas. Los proletarios americanos saben muy bien esto, y, cuando sienten hambre, en lugar de ocurrir a los trabajadores de su raza o de otras razas, piden pan y hospitalidad a los proletarios mexicanos, seguros de que éstos siempre están dispuestos a atender al que sufre. El hombre menos observador habrá podido comprobar esta verdad.

No es, pues, creíble, que a estos extranjeros se les haya maltratado, a pesar de que algunos de ellos lo hubieran merecido por la explotación irracional a que se entregaban y el desprecio con que ven al mexicano que los hace ricos con su trabajo. ¿Que les han quitado sus bienes los mexicanos? Nada hay más justo que eso, puesto que esos bienes, así como los que poseen los burgueses mexicanos, son el producto del sudor de los trabajadores mexicanos, y en el caso de esos extranjeros, así como en el caso de expropiación a burgueses mexicanos, los mexicanos desheredados no han hecho ni hacen otra cosa que tomar lo que ha salido de sus manos y lo que la naturaleza concede a todo ser humano.

Bueno sería que esos señores refugiados tratasen con algún miramiento a aquellos proletarios que tanto se sacrificaron por ellos, hasta que se decidieron a quebrar el yugo.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 92, 1 de junio de 1912