Nuestro proceso

 

Por fin se ha comenzado a ver en jurado nuestra causa, pero en circunstancias desventajosas para nosotros. Teníamos en lista muchos testigos residentes en distintos puntos de los Estados Unidos: no se nos permitió que esos testigos vinieran a declarar en nuestro favor. Pedimos que, al menos, unos cuantos de nuestros testigos residentes en Texas y Arizona vinieran a declarar en nuestro favor: tampoco se nos concedió.

Desde luego se comienza a ver que no se nos trata con imparcialidad, pues que, mientras para procurar llevarnos a presidio se gastan centenares de miles de dólares en mantener sujetos para que declaren en nuestra contra, no se gastan algunos miles para pagar los pasajes de testigos que vendrían a declarar en nuestro favor. ¡Eso sí, no faltará por ahí quien diga que la Autoridad es buena para los pobres!

Fuéramos bandidos que desde sus bufetes encarecen los artículos de primera necesidad; fuéramos los ladrones que en los bancos juegan con los depósitos que en ellos hacen los trabajadores; fuéramos los burgueses que explotan el sudor y el infortunio de los pobres, se nos habría dado toda clase de oportunidades para que la ley, la alcahueta de los ricos, se hubiera inclinado a nuestro favor. Pero somos pobres; somos, además, luchadores que nos esforzamos por abrir los ojos a nuestros hermanos de miseria y de cadenas; queremos que impere la justicia, no la escrita en códigos, porque esa es una meretriz, sino la verdadera justicia, la que no rezuma en el albañal de los libracos de la ley, la que está fundada en la libertad económica, política y social del ser humano, y, naturalmente, no teníamos que ser tratados como a los bandidos burgueses se les trata, sino como simples mortales, como pobres y como revolucionarios. ¡No importa: la aurora del nuevo día comienza a brillar!

Día cuatro

Poco antes de las diez de la mañana llegamos a las puertas del salón de jurados, donde nos esperaba una multitud de leales compañeros y simpatizadores mexicanos, que llevaban en el pecho el botón del Partido Liberal Mexicano y un listón rojo, algunos de estos con la siguiente inscripción: “Partido Liberal Mexicano.Tierra y Libertad”. Hubiéramos querido estrechar la mano de todos; pero eran muchos, muchísimos los amigos y tuvimos que conformarnos con saludar a todos en general. Allí supimos que algunos policías federales trataban de impedir la entrada de nuestros compañeros mexicanos al salón de jurados, medida arbitraria que originó la protesta de nuestros compañeros, pues los mexicanos no son el rebaño que se deja apalear y atropellar y ultrajar. En un tiempo fueron sumisos: ahora son hombres y mujeres que tienen dignidad y tienen vergüenza. El número de compañeras era crecidísimo. Muchas de ellas llevaban a sus pequeñuelos en brazos o en cochecitos de niños, y si los compañeros eran dignos, no menos dignas y valerosas eran las compañeras. Entre el público corrió la versión de que se trataba de juzgársenos en secreto, y la acción de la policía impidiendo la entrada al salón a nuestros hermanos mexicanos acabó de robustecer la versión.

No sé cómo expresar la emoción que me embargaba al ver aquel conjunto de productores de la riqueza social, ansiosos de presenciar el jurado de sus compañeros. Las compañeras ocupaban los asientos disponibles del salón, pero al apercibirse de que a los hombres no se les permitía la entrada por el hecho de que no había asientos, se levantaron en masa, protestando enérgicamente contra el atentado y salieron tumultuosamente del salón, declarando que ellas se saldrían para que los hombres pudieran presenciar la farsa que se iba a desarrollar en nuestra contra. Se había dado la orden de que nadie permaneciera de pie durante las audiencias, como si la ley, que tanto evocan los señores del “orden” burgués, dijera que solamente tienen derecho a oír los que están sentados. Pero así fue la orden y de allí se originaron las escenas que durante todo el día hicieron que anduvieran al trote los representantes de la Autoridad.

Los policías de todos los calibres deben entender que, si al mexicano no se le humilla, no tiene por qué protestar; pero si se trata de ultrajarlos, como se les ultrajó, saben defenderse. Así es que, si los policías, el juez y todos quieren que haya orden, que no lo alteren con órdenes que lastiman la dignidad del mexicano. Los mexicanos no tienen la culpa de que el Gobierno, después de derrochar cuatro millones de dólares para construir el edificio, haya resultado muy limitado de capacidad el salón de jurados. Los mexicanos saben que ellos son los dueños de ese edificio, porque no fueron ni los jueces, ni los policías, ni los burgueses los que lo edificaron, sino las manos callosas de generosos proletarios, y por lo mismo, es a los proletarios a quienes pertenece, y es una arbitrariedad el no permitir que entren al salón por el solo hecho de que tienen que estar de pie.

A pesar de todo, nuestros compañeros, en número de más de quinientos, ya que no pudieron entrar al salón, permanecieron firmes en los corredores para demostrar con su presencia que no estamos solos, que contamos con la simpatía de los trabajadores mexicanos. A todos nuestros buenos amigos, a las abnegadas amigas que soportaron la fatiga de estar esperando fuera del salón el resultado de las diligencias, damos las gracias, y esperamos que seguirán asistiendo para demostrar que si la llamada justicia nos persigue, en la conciencia de todo hombre y de toda mujer está la idea de que obramos bien, de que nuestros esfuerzos están encaminados al bien.

Todo el día se pasó en la fastidiosa tarea de constituir el jurado, y no habiéndose concluido, se cerró la audiencia para terminarla él.

Día cinco

Una multitud de amigos mexicanos nos esperaba a las diez y media de la mañana. Cuando llegamos, ya habían surgido algunos incidentes desagradables motivados por la testarudez de algunos policías que no quieren entender que tratar mal al mexicano es exaltarlo, porque el mexicano es digno; pero como estos policías están acostumbrados a dar de palos a los americanos, que son muy respetuosos de la Autoridad, creen que pueden hacer otro tanto con los mexicanos que no quieren Autoridad porque saben gobernarse por sí mismos.

Tanto el día 4 como el día 5, hubo choques entre la policía y la multitud de mexicanos compañeros y simpatizadores que llenaban los corredores y los asientos disponibles del salón de jurados. La prensa burguesa se ha guardado bien de dar cuenta de estos incidentes, porque no quieren que se desprestigie la señora Autoridad.

Por fin se concluyó de instalar el personal del jurado, y el fiscal Robinson[1] se dirigió al jurado haciendo declaraciones que tendían a que cada uno de los miembros del mismo se formasen desde luego una opinión contraria a nosotros. No se redujo a hablar sobre los hechos que, según la estúpida ley, constituyen el delito, sino que se empeñó, sudó, jadeó por hacer entender al jurado que somos unos criminales. Nadie pudo impedir que dicho individuo tratase de sugestionar al jurado, pues la libertad existe solamente para los de arriba, no para los de abajo, y nosotros formamos parte de la plebe… que en cualquier país, regido por presidente o por rey, es solamente carne de explotación, de presidio y de cañón. Así es que, el fiscal, se dio “vuelo” presentándonos de la manera que se le ocurrió.

Después de eso, fue llamado el primer testigo por parte del gobierno, un tal Martin.[2] Este individuo declaró ser espía pagado por el Gobierno Mexicano, y quedó pendiente en su declaración para el día 6. Este sujeto me recuerda a aquel famoso testigo que declaró en nuestra contra en Tombstone, hace tres años. Martin dice que le di armas, municiones de guerra y la mar de cosas para que se fuera a la Revolución… ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! Por la declaración de ese sujeto se ve que he violado quinientas mil veces las alcahuetas leyes de neutralidad.

Un incidente ocurrió por la tarde. Mi hija Lucía Norman, indignada por la cachaza con que Martin declaró que era un espía, que vigilaba nuestros actos, que estaba al servicio de un despotismo que quiere aplastar el movimiento de los desheredados, le dio, según se dice, una bofetada al tal Martin por ser UN ESPÍA. Toda la curia se puso furiosa, y fue obligada la jovencita a comparecer ante el juez, quien echó un responso morrocotudo, amenazando con penas severísimas al que diera otro bofetón a cualquier otro espía. Compañeros, ya lo sabéis: no hay que tocar un pelo a los señores que la hacen de espías, so pena de sufrir todo el rigor de la ley, la ley que protege espías y castiga impulsos generosos.

Termino aquí, porque se nos llega la hora de comparecer nuevamente ante el jurado hoy, día 6. Sobre lo que ocurra este día hablaré en el número próximo.

Compañeros: asistid todos. ¡Mexicanos: todos a la Corte!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 93, 8 de junio de 1912



[1] Dudley W. Robinson. Fiscal federal de Los Ángeles que inició el juicio contra la JOPLM en 1911 por violación a las leyes de neutralidad. Durante el juicio, presionó a los testigos para que declararan en falso contra los acusados, e incluso hizo desaparecer evidencias que podrían exculparlos.

[2] Peter Martin. Llamado también Pedro Martínez. Espía pagado por el Gobierno Mexicano, encargado de vigilar las oficinas de Regeneración en 1911. Durante el juicio contra la dirigencia del PLM, en calidad de testigo del Gobierno Americano, declaró en falso haber recibido dinero, armas y municiones de manos de Ricardo Flores Magón para ingresar a territorio mexicano e incorporarse a la revolución. Una vez en México, Martin fue descubierto por militantes del PLM y retornó a los Estados Unidos. En marzo de 1913 se retractó de las declaraciones contra la dirigencia liberal, pero su testimonio fue desechado por el jurado. Desde Regeneración se le acusó, en 1912, de envenenar a una mujer con la que estaba sentimentalmente vinculado.