Las huelgas

 

La prensa diaria de la ciudad de México informa que el movimiento huelguista crece en todos los centros industriales de la República Mexicana. Obreros de todos los oficios, y, principalmente los de las fábricas de hilados y tejidos, abandonan sus trabajos todos los días uniéndose a sus compañeros para pedir aumento de salario y disminución de horas de trabajo, aparte de mejor tratamiento por parte de los patronos y otras mejoras de menor cuantía.

El gobierno de Francisco I. Madero, que al principio se mostró tan hostil a las huelgas que hasta llegó a injuriar en escritos a los huelguistas, y que, por medio del bandido Ernesto Madero,[i] amenazó con penas severísimas a los obreros de la comarca de la Laguna si se declaraban en huelga, ahora ante las demandas de los obreros, algunas de las cuales comprenden, además del alza de los salarios y la disminución en ocho de las horas de trabajo, la participación de un veinticinco y aun un cincuenta por ciento en las utilidades anuales de las compañías, prefiere mostrarse “amigo” de la clase trabajadora por cuya suerte finge interesarse, él, el negrero que mata de hambre a sus esclavos en sus haciendas de Coahuila.

Madero ha enviado circulares a todos los gobernadores de los estados para que a su vez las transcriban a las autoridades inferiores de los mismos, para que informen a los dueños de negociaciones que el gobierno desea que se verifique una convención de capitalistas para estudiar los mejores medios que puedan ser puestos en práctica para dar fin al conflicto cada vez más agudo entre el trabajo y el Capital.

Los trabajadores, entretanto, siguen en huelga y son ya muchos miles los que han declarado que prefieren morirse de hambre a volver a reanudar sus trabajos en las condiciones en que venían haciéndolo.

Con toda sinceridad aconsejamos a esos proletarios que no piensen más en la huelga de brazos cruzados. Su bienestar y su libertad no dependen de la ganancia de unas cuantas monedas más al día por un trabajo de ocho horas diarias, porque si el salario aumenta, la burguesía se desquita subiendo los alquileres de las casas, de los artículos de primera necesidad y de las prendas de ropa, con lo que resulta verdaderamente irrisorio el triunfo de los trabajadores.

Lo que los trabajadores que están en huelga deben hacer es desconocer resueltamente el derecho de propiedad individual, pues mientras pueda un individuo o un puñado de individuos tener a los demás en dependencia económica, no podrán curarse los males que afligen a la humanidad. Derribar el Capital es la necesidad del momento. Los obreros en huelga deben tomar ejemplo de los campesinos que, en lugar de declararse en huelga como ellos, toman posesión de las tierras que venían cultivando para los hacendados. Los obreros deben tomar posesión inmediata del taller, de la fábrica, etcétera, y seguir trabajando sin necesidad de amos ni de capataces. Volar con dinamita las fábricas, como lo han hecho algunos trabajadores que se han visto desairados por los patrones, debe ser una medida extrema que ha de emplearse cuando sea imposible sostener la expropiación; pero siempre que sea posible, es mejor no destruir la maquinaria, sino aprovecharla en la producción; pero sin reconocer a los burgueses ni a los cobradores de impuestos de ningún Gobierno. Todo lo que se produzca debe ser para los trabajadores.

Conque, compañeros que estáis en huelga: la solución del Problema del Hambre no está en que vuestros amos os den unos centavos más de salario, sino en acabar con el sistema de salarios, y eso se consigue por medio de la expropiación. No permitáis que el Gobierno se mezcle en vuestros asuntos, porque el Gobierno es el peor enemigo de los trabajadores y siempre estará a favor de los intereses de la burguesía. Su intervención lo hace precisamente más sospechoso. En el asunto de que estamos tratando, el Gobierno  quiere dos cosas: crearse prestigio entre el elemento obrero fingiendo interesarse por la suerte de los pobres, sin que éstos, por lo demás, lleguen a recibir nunca ningún beneficio, y al mismo tiempo, favorecer realmente los intereses de la burguesía.

Los trabajadores deben ponerse en guardia. No hay que dejar más la solución de nuestros problemas a las clases intelectuales y ricas, que son las naturales enemigas del proletariado.

Solos los desheredados, con nuestras propias fuerzas, sin respetar la ley, rebelados contra la Autoridad, podemos echar garra a la propiedad de los ricos y matar al que se oponga a la expropiación, quienquiera que él sea.

Compañeros huelguistas: a expropiar.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 73, 20 de enero de 1912



[i] Ernesto Madero Farías (1872-1958). Empresario coahuilense, tío de Francisco I. Madero. Director de la Compañía Metalúrgica de Torreón y de la Compañía Carbonífera de Sabinas. Amigo cercano de José Yves Limantour, medió extraoficialmente entre el gobierno porfirista y la rebelión maderista. Durante el interinato de León de la Barra ocupó la Secretaría de Hacienda, cargo que conservó durante la presidencia de su sobrino. Tras el golpe huertista se exilió en La Habana y posteriormente en Nueva York.