Lázaro Gutiérrez de Lara

 

Considero mi deber, y uno de los deberes más sagrados, hacer la crítica de las acciones públicas de los hombres que a sí mismos se dan el título de jefes o de amigos de la clase trabajadora. Uno de estos llamados que quiere llegar a jefe es Lázaro Gutiérrez de Lara. Este hombre figuró en la huelga de Cananea, en 1906, cuando los burgueses americanos, de la manera más cobarde y más vil y vergonzosa para ellos, asesinaron a una multitud de obreros mexicanos que reclamaban la jornada de ocho horas y el ser pagados de la misma manera que se acostumbraba hacer con los americanos. Muchos camaradas cayeron en las garras de la tiranía y fueron pasados por las armas; los más afortunados fueron llevados a Ulúa. Gutiérrez de Lara, sin embargo, no sufrió persecución. Se le tuvo arrestado unos cuantos días, hasta que llegó un telegrama de Porfirio Díaz ordenando su libertad. En seguida voló De Lara a México, tuvo una conferencia con Díaz, y vino a Los Ángeles en el invierno de 1906, poniéndose a las órdenes del entonces Cónsul Antonio Lozano,[1] quien le dio el cargo de espía del Gobierno de Porfirio Díaz, para vigilar los pasos de los refugiados políticos, y para indagar por mi paradero, principalmente, pues entonces se me buscaba por mar y tierra y el Gobierno de Díaz tenía ofrecido por mi cabeza la suma de cuarenta mil pesos mexicanos. De Lara recibía sueldo como espía del Gobierno, según él mismo lo confesó, bajo juramento, ante la comisión investigadora que el Congreso Americano ordenó que se formara para examinar las múltiples quejas que algunos diputados habían recibido de las arbitrariedades, atentados, atropellos de que habíamos sido objeto muchos de los refugiados que habíamos salido de México para no sufrir una muerte segura en las manos de los esbirros del salvaje Porfirio Díaz. Esa comisión trabajó a mediados de 1910, con Librado Rivera estaba yo sufriendo una sentencia inicua, por supuesta violación de leyes de neutralidad, en la penitenciaría de Florence, Arizona.

De Lara fue maderista furibundo, cuando el farsante Francisco I. Madero hacía su gira de propaganda electoral en 1910. Cuando salimos en libertad, comenzamos a publicar Regeneración en septiembre del mismo año, entonces, se volvió antimaderista. Poco después, volvió a ser maderista, pero ocultando, como su compinche Antonio I. Villarreal, sus tendencias, aparentó luchar por la clase trabajadora, y, declarando que iba a tomar el lugar que había dejado vacante nuestro querido hermano Praxedis G. Guerrero, recogió fondos de los trabajadores en la Plaza de los Mexicanos de esta ciudad, y por medio de unas vistas en un salón. Hizo algún dinero y se largó a El Paso. Esto ocurría en febrero del año pasado. El compañero Prisciliano G. Silva[2] tomó con un puñado de valientes la plaza de Guadalupe, estado de Chihuahua, donde capturó al enemigo muchos rifles, muchas municiones de boca y de guerra, mucha ropa, muchos zapatos, buenos carros, etcétera. De Lara, entretanto, llevaba vida íntima con los maderistas que formaban en El Paso una Junta Revolucionaria, y cuando supo que nuestro compañero Silva había tomado Guadalupe, fue a presentársele con unos cuantos acompañantes, ofreciendo sus servicios a la causa del Partido Liberal Mexicano. Silva lo admitió. Pocos días después, el miserable de Madero, que iba presentando las posaderas a la columna del esbirro Rábago,[3] envió un mensaje a Silva, pidiéndole ayuda para salvarse de una muerte segura. Silva le envió todo lo que necesitaba y hasta un carruaje para el propio Madero. El encargado de conducir los elementos que necesitaba Madero fue el propio De Lara. Ya se sabe que Madero pagó con una negra traición la generosidad de Silva. Madero desarmó a nuestros compañeros y Gutiérrez de Lara aconsejó obediencia al Chato, quien lo premió nombrándolo capitán.

Con el grado de capitán se encontró De Lara en el combate de Casas Grandes al frente de su compañía. Los federales cargaron con terrible furia, y como De Lara observara que caía una fuerte lluvia de acero, gritó a sus compañeros de esta manera, según lo relató toda la prensa que hablaba de la Revolución: “muchachos, esto es horrible: es mejor que icemos bandera blanca”. Los compañeros de De Lara le dijeron palabras duras y respondieron, con bravura, el ataque de los federales. De Lara se dejó caer del caballo, fingiéndose muerto, para no recibir un balazo. Madero, indignadísimo, expulsó de su ejército al flamante capitán. El aventurero Garibaldi[4] declaró en un periódico del este que él aconsejó a Madero que se le formase a De Lara un Consejo de Guerra para fusilarlo, a lo que Madero se rehusó.

De entonces a acá, De Lara, para poder vivir, pues no se le conoce ocupación de ninguna clase, se ha metido a organizador de trabajadores. En compañía del pederasta Antonio I. Villarreal, del famoso Paulinín[5] (el de las tierritas que nunca dio a las pobres personas que se las pagaron)  y de otros zaragates, fundó una miserable unión de trabajadores del tipo de la American Federation of Labor,[6] que, como se sabe, está dominada por la burguesía y es perfectamente inútil para lograr la grande aspiración de los desheredados: la emancipación económica, política y social.

El fracaso más estruendoso fue el resultado de la empresa de estos señores, fracaso que se debió a las circunstancias especiales en que se encuentra México, donde los proletarios saben bien que las uniones del tipo de la American Federation of Labor no sirven para otra cosa que para aniquilar en el trabajador el espíritu de rebeldía. El momento más inoportuno para entregarse a esa clase de trabajillos en México es el presente en que el pueblo ha perdido el respeto a la Ley, a la Autoridad y al Capital. Pretender extirpar de los cerebros de los proletarios la idea de la expropiación de los bienes de los ricos y de la posesión y disfrute común de todo cuanto existe es obra criminal. Ésa es la obra de Gutiérrez de Lara, de Paulino Martínez, de Antonio I. Villarreal y de otros de cuyos nombres no quiero acordarme.

El domingo pasado habló De Lara en la Plaza de los Mexicanos. Habló de lo mismo: de organizar uniones de trabajadores; pero no de uniones revolucionarias como la IWW, sino de uniones del tipo de la American Federation of Labor, y es por eso por lo que doy la voz de alarma a los mexicanos para que no se dejen embaucar. De Lara es socialista político, y partidario, por lo mismo, de la boleta electoral. Esos socialistas políticos son tan burgueses como Terrazas, como cualquier otro burgués. La boleta electoral debe ser restregada en los hocicos de los que hablan de elecciones por los trabajadores conscientes. Con la boleta electoral se echa uno encima sanguijuelas y tiranos. ¡No más Gobierno!

El gobierno socialista es tan brutal como el gobierno republicano o monárquico, desde el momento en que tiene polizontes, soldados, jueces, diputados, carceleros y verdugos. En Milwaukee, Wisconsin, hubo gobierno socialista hasta hace unos cuantos meses, y la tiranía durante la administración socialista fue la misma que la que existe bajo cualquier Gobierno. El número de personas sin trabajo no disminuyó bajo el reinado socialista, y la propiedad privada fue tan protegida por el gobierno socialista como lo hubiera sido por otro Gobierno. Gobierno, cualquiera que sea el adjetivo que se le aplique, es tiranía, es explotación, es perro del Capital. ¡No hay que esperar nada de los Gobiernos!

Mexicanos: no permitáis que se os embauque. Todo aquel que os hable de boleta electoral, de representantes del pueblo amigos de la clase trabajadora; de gobiernos paternales; de uniones que reconocen el principio de propiedad privada, son vuestros peores enemigos. Gozaréis de verdadera libertad cuando la tierra, los medios de producción y de transporte estén en vuestras manos, para trabajar en común y consumir en común.

Los socialistas políticos dicen que cada quien debe consumir según lo que produzca, de manera que los más inteligentes y los más hábiles y los más fuertes serán los aprovechados, y quedará dividida la humanidad en dos clases, como ocurre actualmente. Nosotros, los libertarios, decimos que cada quien debe trabajar según sus fuerzas y aptitudes, y debe consumir hasta llenar todas sus necesidades. El Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911, contiene los principios por los

cuales luchamos los libertarios, los que no andamos a caza de empleos, desde el momento en que somos antiautoritarios, esto es, enemigos de la Autoridad.

Lázaro Gutiérrez de Lara es el peor enemigo que tiene la clase trabajadora. En Cananea, hizo traición a la clase trabajadora; en Los Ángeles, sirviendo de espía pagado por Porfirio Díaz para encarcelar revolucionarios que luchan en pro de la clase trabajadora, hizo traición igualmente a los desheredados; en Guadalupe, al aconsejar obediencia a Madero, al aliarse con ese burgués y al ayudarlo a desarmar a los nuestros, hizo traición a la clase trabajadora; en diversos estados de la República Mexicana, al andar sosegando los ánimos de los trabajadores con prédicas de unionismo amarillo, hizo traición a la clase trabajadora; ahora llega a Los Ángeles… a hacer traición a la clase trabajadora.

No os dejéis embaucar. Acordaos, mexicanos, que siempre os hemos dicho la verdad y siempre os hemos dado fraternales consejos. Nosotros no os pedimos que inscribáis nuestros nombres en boletas electorales, ni os empujamos al lodazal del unionismo amarillo.

Vuestro hermano.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 93, 8 de junio de 1912



[1] Refiérese a Antonio Lozano, cónsul de México en Los Ángeles. En noviembre de 1906 contrató a la Pacific Cooperative Detective Association para vigilar a los miem­ bros del PLM. Coordinó la violación de correspondencia de los integrantes de la JOPLM que permanecieron en la cárcel del condado de 1907 a 1909.

[2] Prisciliano G. Silva. Militante del PLM, residente de El Paso, Texas. En su casa se llevaron a cabo los preparativos de la abortada toma de Ciudad Juárez en 1906. Al lado de su hermano Benjamín, Leocadio Treviño y José M. G. Ramírez, participó en el ataque de Viesca, en junio 24 y 25 de 1908, antes de ser arrestados en El Paso por la policía de la ciudad. Liberado antes del levantamiento maderista, fue secretario del grupo Regeneración de El Paso, formado el 13 de noviembre de 1913; participó en el grupo de Praxedis G. Guerrero que tomó Janos, Chihuahua, en los últimos días de 1910. Para el 11 de febrero de 1911 estaba en posesión de Guadalupe, Chihuahua, con 100 hombres. Desde ese lugar envió material de guerra a Francisco I. Madero, por conducto de Lázaro Gutiérrez de Lara. Su negativa a reconocer la jefatura de Madero ocasionó su arresto. Una vez libre, siguió operando en la misma zona hasta el 2 de agosto de 1911, cuando derrotado y herido fue trasladado a Ciudad Juárez. Después de que sus tropas fracasaron en el intento de liberarlo, fue trasladado a la ciudad de México junto con otros miembros del PLM, Jesús M. Rangel y Eugenio Alzalde. En la ciudad de México, Juan Sarabia logró que se uniera al maderismo.

[3] Refiérese a Antonio M. Rábago (1861­1915). Militar guanajuatense. Inició su carrera como capitán de Rurales en 1878. Sirvió en los regimientos 4º y 10º del ejército federal. En 1911 fue destacado en Chihuahua para combatir a los revolucionarios maderistas y liberales. Durante el gobierno de Madero fue nombrado 2º Jefe de la División de Operaciones del Norte, cargo desde el que enfrentó el alzamiento orozquista en distintos puntos de Chihuahua. Sirvió al gobierno de Huerta como comandante militar de Tamaulipas.

[4] Refiérese a Giuseppe Garibaldi (1879­1950). Hijo del unificador de Italia. Tras una estancia en Panamá, se estableció en Chihuahua donde se unió a la rebelión maderista, en cuyas filas alcanzó el grado de coronel. En 1912 se desempeñó como agente de Madero en el extranjero, y se ocupó a su regreso de combatir la rebelión orozquista. Tomó parte en la guerra greco-turca de 1913 y al año siguiente se unió al ejército italiano que combatía en la Primera Guerra Mundial. Opositor de Mussolini, se exilió en los Estados Unidos, donde murió.

[5] Paulino Martínez. Periodista. Nació en Celaya, Guanajuato, el 22 de junio de 1862. Participó en la conspiración del general Trinidad García de la Cadena y Mariano Escobedo contra Porfirio Díaz. En 1888 publicó El Chinaco, tras la clausura y confiscación de su imprenta se refugió en Laredo, Texas, donde volvió a sacar su periódico. Participó en el movimiento antiporfiriano de Catarino Garza, Ignacio y Cecilio Garza, Emeterio Chapa y Jesús Ruiz Sandoval y fue encarcelado en San Antonio, Texas, por violación a las leyes de neutralidad. A su salida publicó La Voz de Juárez y las Memorias de Lerdo, ambas en San Antonio; 12 años después regresó a México y refundó La voz de Juárez en la ciudad homónima. En 1906 entró en la cárcel, su fianza fue pagada por Francisco I. Madero; defendió la huelga de Río Blanco y dio asilo a sus dirigentes José Neira y Ramírez; publicó El Insurgente en 1908. En octubre de 1909, salió de México y llegó a San Antonio. En 1910 publicó El Monitor Democrático, Periódico político liberal, por el pueblo y para el pueblo. Cercano a Madero, quien le encargó la negociación con los Flores Magón, colaboró en la fundación del Centro Antirreeleccionista. Sin embargo, rechazó los Tratados de Ciudad Juárez. Presidió la delegación zapatista a la Convención de Aguascalientes. Murió asesinado a petición de Francisco Villa el 13 de diciembre de 1914 en San Bartolo Naucalpan.

[6] American Federation of Labor (AFL). Asociación obrera fundada por Samuel Gompers en 1886. Su orientación política apuntaba hacia un sindicalismo conservador. Junto a los Industrial Workers of the World (IWW) y el Partido Socialista norteamericano, la AFL formó parte, entre 1905 y 1910, de una corriente de apoyo a la revolución mexicana, por lo que mantuvo una relación cercana al PLM. Al hacerse patente el carácter radical de la propuesta revolucionaria pelemista, esta central obrera rompió relaciones con la JOPLM y, en adelante, estrechó sus vínculos con el movimiento maderista. Durante la lucha revolucionaria mantuvo relación con la Casa del Obrero Mundial, a partir de que esta pactó una alianza con el gobierno de Venustiano Carranza. Al inicio de la Primera Guerra Mundial, promovió la conformación de una central obrera panamericana, controlada desde los Estados Unidos, en la que México y el sindicalismo corporativo de la Confedración Regional Obrera de México (CROM) cumplían con un papel estratégico.