En defensa de los mexicanos

 

Los mexicanos que trabajan para la compañía azucarera de Lamar, Colo., han tenido que salir de dicho lugar, porque los burgueses no les pagaron su trabajo. Uno de los mexicanos, hombre digno, le escribió una carta al Cónsul Mexicano diciéndole tal vez algunas verdades por el desprecio con que vio el infortunio de esos trabajadores, que después de haberse deslomado, no recibieron un solo centavo para comprar un pedazo de pan para sus familias.  Ese digno mexicano, fue encarcelado, según se nos informa, por orden del Cónsul. ¡Y todavía se preguntan algunos cómo se ha de poder vivir sin autoridad!

 

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Un mexicano, J. B. Rojas, se encuentra preso en la cárcel de La Junta, Colo. Considerándose inocente, y no teniendo a quien ocurrir en demanda de auxilio, se acordó  de que el pueblo mexicano suda, padece hambre y miseria para pagar contribuciones que se convierten en sueldos más ó menos espléndidos con los que engordan una infinidad de parásitos grandes y chicos llamados funcionarios, y entonces se le ocurrió solicitar la ayuda del Cónsul Mexicano residente en Denver, Colo., para que lo sacase del atolladero. El dicho Cónsul ni siquiera se ha dignado contestar al infortunado prisionero. La Autoridad no sirve para proteger al débil, sino para defender los intereses de los ricos.

 

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Un compañero nos comunica sus impresiones en Abilene, Tex. Dice que entró a una fonda americana a tomar algún alimento. El miserable dueño de la fonda le dijo que entrara a comer a la cocina, pues los mexicanos no podían sentarse al lado de los americanos. Por la noche, el compañero quiso divertirse viendo las vistas en un salón de cinematógrafo, y allí pudo observar que hay un rincón donde acomodan a los mexicanos para que no se “rocen” con los angelitos ciudadanos de este “gran” país.

 

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Los Ángeles County Jail, enero de 1912. —A la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano: Salud.— Me encuentro en esta Bastilla de este llamado país libre por el “delito” de ser liberal, y deseo que mis hermanos de todo el mundo sepan que estoy siendo víctima de un incalificable atropello, pues sin causa alguna justificada se me tiene preso, dizque por violación de unas leyes llamadas de neutralidad, pero que deberían llamarse de parcialidad, porque sirven perfectamente a la burguesía para estorbar el avance del movimiento revolucionario mexicano. Estoy herido; tengo unas balas dentro de mi cuerpo, balas disparadas por esbirros de Porfirio Díaz contra quienes combatí en los campos de la acción. Pasé a curarme a este lado y me arrestaron desde abril del año pasado. No se me atiende en mi enfermedad; apenas si se me da de comer; no quieren enviarme al hospital siquiera para que me saquen las balas. ¡Y todo esto sucede en ese país civilizado! ¡Que ironía! Estoy seguro de que sería mejor atendido si mi fortuna me hubiera hecho caer en medio de una tribu del África Central. El día 20 de este mes mandé llamar al Cónsul Mexicano, un sujeto apellidado Baca,[i] para pedirle que abogara por mí para que se me pasase a un hospital, o al menos, para que me visitase un médico que atendiera a mis heridas. No vino el Cónsul; en su lugar envió al Vicecónsul, quien en lugar de atenderme comenzó por decirme que yo era culpable, que yo estaba de acuerdo con los miembros de la Junta, que me diera por culpable, y cosas por el estilo. Le contesté que ése no era su negocio, y no conseguí nada. Hermanos obreros de todo el mundo: mirad las injusticias que cometen con nosotros los cónsules quienes parece que solamente tienen por misión perseguir a los revolucionarios. ¡Viva Tierra y Libertad! ¡Mejor muerto que vendido! ¡Mueran los tiranos! Hermanos de la Junta: esta nota está escrita por este pobre prisionero, y deseo me la publiquéis en el periódico de los proletarios. —Salud y Revolución Social.— Pedro Solís.[ii]

 

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Un mexicano residente en Imperial, Cal., nos comunica haber inaugurado las autoridades de la región una escuela especial para niños negros y mexicanos, pues los más de los americanos son muy estúpidos, muy patriotas, muy orgullosos de tener blanco el pellejo, y no quieren que sus hijos se “rocen” con los muchachitos mexicanitos y negritos. De esa manera, desde niños los americanos comienzan a sentir desprecio y odio para las demás razas humanas. ¡Así se educa en este civilizadísimo país!

 

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Los mexicanos residentes en Bryn Mawr, Cal., se quejan de que el administrador de correos de la localidad les arroja las cartas en montón cuando van a pedir su correspondencia, dando por resultado que a veces se quedan con las cartas otras personas que no son las interesadas. Un poco de más atención para con los mexicanos, señor administrador, pues no trabaja ud. gratis, y son esas personas a quienes desprecia ud. quienes lo mantienen pagando contribuciones, comprando estampillas de correos, etcétera.

 

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El Superintendente de la Penitenciaría de Santa Fe, Nuevo México, no permite que Regeneración entre al presidio a llevar alguna esperanza y algún consuelo a los mexicanos. Sabemos que los presos mexicanos son tratados allí de una manera inquisitorial. Siempre se les tiene en castigo, en una celda oscura, colgados de las muñecas. Hay otro suplicio: el del barril, donde amarran a los mexicanos y les dan palos hasta que se sacian los verdugos. Para los presos americanos no hay castigos; solamente los pobres mexicanos son los que sufren. No cabe la menor duda de que es este un país muy atrasado. Los presos, señores carceleros, deben ser tratados humanitariamente. Ellos no están en la cárcel por su gusto, sino porque las condiciones en que vive el proletariado, la injusticia ambiente, el mal ejemplo dado por la burguesía ladrona y por las autoridades despóticas, el hambre, la desesperación que se apodera del ser humano al darse cuenta de que está sometido contra su voluntad al capricho del burgués que paga lo que se le antoja, todo eso contribuye a que algunos hombres cometan lo que se llama delito. Es la sociedad maldita la que empuja a presidio a esos hombres; la sociedad es la culpable y ella debería sufrir el castigo.

 

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Juan Valdez, Fortunato de la Rosa, Jesús Magaña y Antonio Vera, trabajadores mexicanos, venían rumbo a Los Ángeles en busca de trabajo, desde el estado de Utah, célebre por la indecente gente polígama que por allí pulula. Al pasar por un lugarejo llamado Midvale, pidieron permiso para dormir. Se les puso en un bodegón de fierros viejos. Al día siguiente se supo en la población que había habido algunos robos rateros durante la noche, y los mexicanos fueron señalados como sus autores. Con lujo de crueldad fueron arrestados por los guardianes del Capital. La inocencia de los mexicanos era manifiesta, pues se les acusaba de haberse robado gallinas, ropa y no se sabe qué más, pero nada se encontró  en poder de esas víctimas del odioso sistema capitalista. Sin pruebas fueron sentenciados a diversas penas, solamente por haber protestado contra el atentado de que estaban siendo objeto. Esos trabajadores están en la cárcel por el“delito” de ser mexicanos, y de vivir en este civilizado país.

 

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Diariamente recibimos quejas de trabajadores mexicanos contra manejos del Cónsul Mexicano en esta ciudad. Se nos dice que este Cónsul no atiende para nada a los mexicanos. En la oficina del Consulado hay un Guillermo Prieto[iii] que, se nos dice, no trata bien a los pobres. Publicamos esta nota para ver si se corrigen un poco esos funcionarios. El dinero con que comen  es dinero sacado a los pobres por medio de contribuciones y gabelas de todo género, y deberían estar, en cierto modo, agradecidos a las pobres gentes que, en este siglo del progreso, todavía no saben que es la peor de las estupideces echarse amos encima  y pagarles, además. Así, pues esperamos que, en lo sucesivo, atenderán un poco mejor a los pobres mexicanos que se acercan a las oficinas de los consulados para que se les ayude, ya a exigir que los burgueses les paguen sus salarios, ya a defenderlos de la arbitrariedad de las autoridades, o con cualquier otro objeto.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 74, 27 de enero de 1912


[i] Francisco Baca Martínez. Partidario de Francisco I. Madero, se refugió en California al final del Porfiriato. Fue nombrado Cónsul de México en Los Ángeles por el gobierno maderista.

[ii] Pedro Solís. Originario de Aguascalientes, Ags. Suscriptor de Regeneración desde, al menos, principios de 1906. Delegado especial de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano (JOPLM) en Baja California. Fue arrestado en Los Ángeles, el 12 de mayo de 1911, en compañía de Juan Bautista y Rosendo Robles. Blas Lara Cáceres, en una carta a Ethel Duffy Turner del 22 de diciembre de 1955, narra una visita a la cárcel de Los Ángeles: “a ver a Pedro Solís, herido de un hombro en Tijuana y como se negó a ser testigo contra la Junta, Robinson lo remitió al Hospital del Condado donde le envenenaron la herida y murió pronto. Afuera podía haberse curado hasta con puños de tierra, porque la herida no era grave”. La negativa de Solís a colaborar con las autoridades está documentada en la correspondencia del entonces cónsul mexicano Antonio Lozano con sus superiores y en el informe del fiscal A. I. McCormick al fiscal general, del 20 de mayo de 1911. Solís fue incluido en la acusación formal en contra de Ricardo Flores Magón, Librado Rivera, Antonio de Pío Araujo, Anselmo L. Figueroa, Richard Ferris y Carl Ap Rhys Pryce, por conspirar para violar las leyes de neutralidad, el 13 de junio de 1911.

[iii] Guillermo Prieto Yeme. Escritor. Trabajó para el consulado mexicano en Los Ángeles en 1912. En 1928 publicó en San Antonio la novela El acertijo mexicano, sobre la guerra cristera. En 1939 tradujo El país de los altares ensangrentados, del estadunidense Francis Clement Kelley, versión católico-estadunidense del conflicto religioso mexicano. En 1931 escribía guiones para películas en español realizadas en los Estados Unidos, como La dama atrevida y La llama sagrada.