Los últimos pataleos

 

La frágil barquilla del gobiernito de Madero se hunde, naufraga, se pierde sin remedio. ¡Pobre Madero! ¡Pobre iluso!

Te creíste un Sol y tu agonía es la de la amarillenta lucecilla de una lámpara de aceite que parpadea por último en las sombras.

Engañar al pueblo: ése es tu delito. Prometiste al peón darle la tierra que riega con su sudor, y el peón te siguió abandonando el jacal donde quedaron los niños y la compañera esperando la vuelta del amado ausente. Miles te siguieron. ¿Cuántos de ellos volvieron? A estas horas, madres inconsolables, compañeras atribuladas, niños enflaquecidos esperan todavía el regreso del soldado de la libertad. Y los que volvieron, llegaron con las manos vacías…

¿Dónde está la tierra que prometiste a los pobres? ¿En qué han consistido las mejoras que ofreciste a la situación de los obreros?

¡Bien mereces esa muerte que te ha ofrecido Emiliano Zapata! ¿Recuerdas? Ha prometido colgarte del sabino más alto del Bosque de Chapultepec.

Porque sábelo: nadie tiene derecho a hacer que se derrame sangre humana tan sólo por conquistar un puesto desde el cual ejercer el pillaje al por mayor. Que corra sangre humana en buena hora, pero en beneficio de todos los hombres y de todas las mujeres que pueblan México.

¿Será el tuyo el último engaño que sufran los desheredados? Parece que no: un nuevo pirata de la política encoje en estos momentos los cuartos traseros para escalar, de un salto, el Sillón Presidencial. Ese pirata es Emilio Vázquez Gómez. Subirá tal vez, pero su reinado será tan corto como el tuyo, porque él, como tú, no podrá cumplir sus promesas de dar la tierra. El proyecto de ese político consiste en dividir la tierra en lotes y venderla… a los que tengan dinero para comprarla.

Madero, comprometido por todas partes, batido dondequiera, está dando los últimos pataleos. Para el primero de marzo piensa aumentar su Ejército con treinta mil reclutas, pues ese día se verificará el primer sorteo de acuerdo con la flamante Ley del Servicio Militar Obligatorio. Dadas las circunstancias en que se encuentra todo el país, el tal reclutamiento resultará un fiasco más que se irá a agregar a ese mar de fiascos en que naufraga el prestigio del dictadorcito.

En sus últimos pataleos, el tiranuelo acaba de hacer más amplia y más cruel la Ley de Suspensión de Garantías Individuales, facultando hasta al último esbirro para que ejecute sumariamente a cuanto rebelde o sospechoso sea arrestado. La orden del famoso general Juan Navarro:[i] ¡no quiero prisioneros!, ha sido puesta en vigor en todo el país. En la última semana, más de mil ciudadanos pacíficos fueron pasados sumariamente por las armas en el estado de Morelos solamente, sin contar con los asesinatos oficiales cometidos desde Sonora hasta Yucatán.

Lo dijimos desde el año pasado: Madero va a ser peor que Díaz, y si el pueblo, por un error que no queremos que cometa, eleva a Emilio Vázquez Gómez, éste será peor que Díaz y que Madero. ¿Por qué? Porque él y sus partidarios llegarán hambrientos al poder y defenderán sus puestos como lobos hambrientos. Abrigan en estos momentos apetitos desenfrenados de mando, de poderío, de riquezas, y si por desgracia para las libertades del proletariado llegasen esos hombres a dominar la situación, pueden despedirse desde ahora los pobres de cuanta ilusión se hagan de bienestar económico, de verdadera libertad.

No olvidar, mexicanos, que hay que tomarlo todo de manos de los ricos durante el presente movimiento. Todo jefe u oficial que no permita que la tierra y la maquinaria de producción quede desde luego en poder de los trabajadores debe ser fusilado en el acto. Si no obráis con energía, no seréis otra cosa que carne de cañón.

¡Ahora o nunca! ¡Viva la Bandera Roja! ¡A expropiar!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 77, 17 de febrero de 1912



[i] Refiérese a Juan J. Navarro Báez (1841­1934). Militar sonorense. Inició su carrera castrense en la campaña contra la intervención francesa. Luchó contra las rebeliones de La Noria y Tuxtepec. Jefe de operaciones militares del estado de Sonora durante la guerra del Yaqui, cargo en el que permaneció hasta 1908. Combatió la Revolución Maderista y, en 1911, se le encomendó la defensa de Ciudad Juárez. Tras la rendición del ejército federal se salvó de ser fusilado por la intermediación directa de Madero. Durante el gobierno de Huerta fue nombrado comandante militar de Colima. Se retiró en 1914.