Manuel Sarabia

 

En el periodiquito de este vividor veo que se me obsequia un puñado de estiércol.

Este individuo, que salió de este país escondido bajo las enaguas de su mujer, me llama cobarde. ¡Él, que se marchó a Europa a gozar de la vida sabiendo que su desaparición nos costaría a Librado Rivera y a mí tres años de presidio! Eso fue cuando se nos iba a juzgar en las cortes de Arizona, Estados Unidos, por violación a las leyes de neutralidad, las alcahuetas leyes que el Gobierno y la burguesía de este país tienen suspensas sobre las cabezas de los revolucionarios mexicanos.

Me llama cobarde ese degenerado que por miedo a la miseria se vendió miserablemente a una mujer rica. ¡Pobre diablo!

Quiere estar bien con Madero, y no encuentra nada mejor para captarse la simpatía del Chato que insultarme.

Dice que está pobre, y sin embargo, ha viajado por Europa en coches de primera; ha atravesado los mares con pasaje de primera; se mueve de un lugar a otro cuando a bien lo tiene; para en buenos hoteles; alquila residencias aristocráticas en los lugares veraniegos de moda.

Cuando Praxedis G. Guerrero le preguntó por qué había huido dejándonos en las garras de las autoridades de este país, contestó: “Ahora me debo a mi esposa: no quiero permanecer tres años en la prisión, para al cabo de ellos salir convertido en un guiñapo humano”.

¿Y si se tratase del sacrificio de la vida? ¿Quién es el cobarde?

Sarabia estuvo preso unos cuantos meses en la cárcel de esta ciudad. Ahí tuvimos oportunidad, Librado Rivera y yo, de sorprenderlo acariciándose con Antonio I. Villarreal, el conocido afeminado.

Poco a poco iré exhibiendo a este animalito. Por lpronto, basta con lo expuesto.

Compañeros: a boicotear el papelucho de ese braguetero.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 80, 9 de marzo de 1912