¡Abajo los farsantes!

 

La Revolución gana terreno cada minuto. La “santa” propiedad, en cambio, pierde terreno a cada instante, sin decir nada de la señora

Autoridad que rodando de abismo en abismo, sin prestigio, se agarra en vano a la ley —pobre yerbajo incapaz de detenerla— o de la arbitrariedad, espada que tanto hiere al agresor como al agredido.

Los acontecimientos se han desarrollado con tanta rapidez que la caída de Madero no hará desesperar a los que están impacientes por ocupar el puesto de él y de sus favoritos; pero la Revolución continuará su marcha triunfal; no se detendrá por el mero hecho de sentarse en la Silla Presidencial un Vázquez Gómez o un Orozco.[1] En la sierra, en el llano, dondequiera haya un hombre de corazón, continuará la lucha contra el Capital, contra la Autoridad, contra el Clero.

Ya no se conforma el pueblo con promesas. Desde 1821 hasta la fecha, todos los ambiciosos han prometido; todos los que han tenido por mira llegar al poder han presentado al pueblo programas deslumbrantes que tendrían que ser llevados a la práctica cuando la Revolución triunfase, y en todos esos casos, sin faltar uno solo, los desheredados han sido burlados. Los aspirantes a gobernantes y los simples cazadores de empleos le han dicho al pueblo: levántate y te haré feliz, y el pueblo se ha levantado, ha derramado su sangre, se ha sacrificado, para que, llegado el día del llamado triunfo, los jefes se apoderasen de los grandes puestos, mientras los soldados, despojados de sus armas para que no constituyesen un peligro, eran despachados a sus hogares, donde los esperaban ansiosos los suyos, trasijados por el hambre, mordidos por el frío; pero con la esperanza “de un cambio” en sus tristes condiciones de vida. Ningún cambio se operaba: el héroe humilde de cien combates volvía a tomar el martillo o los instrumentos de labranza por cuenta de sus amos, exactamente lo mismo que lo hacía antes; las hijas del pueblo continuaban siendo carne de placer para los amos; la leva no había desaparecido con la subida del nuevo gobernante; el hambre seguía mordiendo las carnes de los proletarios; los hijos de los trabajadores se revolcaban en el mismo lodo y crecían en la misma ignorancia, exactamente lo mismo que los niños de la generación anterior.

Eso fue así, porque los proletarios tuvieron confianza en sus jefes y creían que podría darse el milagro de llegar a tener un Gobierno bueno, y ponían en manos de las clases directoras  de la sociedad, precisamente de las clases que son enemigas naturales de la clase trabajadora, la resolución de sus propios problemas. Noventa años de engaños por parte de la burguesía del dinero y de la intelectualidad han abierto los ojos, si no de todos, de un buen número de trabajadores, que han comprendido al fin que la tierra y la maquinaria de producción no pueden caer en manos del proletariado depositando en las urnas boletas electorales para nombrarse un verdugo, sino por la acción viril de los trabajadores armados del fusil y de la dinamita.

Proletarios que militáis en las filas del vazquismo y del orozquismo: por dondequiera que paséis, abrid almacenes y graneros para que se vistan y coman los pobres y poned la tierra y todas las industrias en las manos de los trabajadores. Solamente de esa manera no quedarán chasqueados los propósitos de esta gran Revolución. Si vuestros jefes y oficiales se oponen, ¡fusiladlos sin compasión! Vecinos de los pueblos y ciudades que están en manos de los rebeldes: no paguéis los alquileres de las casas que habitáis, y si los vazquistas u orozquistas quieren obligaros a que paguéis, ¡voladlos con dinamita, pues la Revolución debe ser para beneficio de los pobres y no de la burguesía!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 80, 9 de marzo de 1912

 



[1] Refiérese a Pascual Orozco (1881-1915). Nació en la Hacienda de Santa Isabel, Chih. Comerciante y arriero, simpatizó con el PLM, al que su padre estuvo afiliado. En octubre de 1910 se adhirió al maderismo y el 19 de noviembre se levantó en armas. Su participación en combates como los de Pedernales, Malpaso, Sierra Mojada, lo convirtieron en el jefe supremo de armas en Chihuahua. Participó en la toma de Ciudad Juarez en mayo de 1911. Madero lo ascendio a general brigadier y jefe de la primera zona rural. En agosto de 1911 aceptó su postulación al cargo de gobernador, la que retiró. León de la Barra lo envió a Sinaloa. Al proclamarse el Plan de Ayala fue designado jefe del movimiento agrarista en la República. A principios de marzo de 1912 asumio el mando de los reveldes en Chihuahua y 25 de marzo publicó el Plan de la Empacadora, con reivindicaciones laborales y agrarias. Aceptó financiamiento de la oligarquía encabezada por Enrique C. Creel. También mantuvo vínculos con los alzados dirigidos por Emilio Vázquez Gómez. Herido en Ojinaga en septiembre de ese año, se refugió en Estados Unidos. Regresó a México y dirigió algunos grupos de guerrilleros; algunos de ellos de proveniencia magonista, como el de Inés Salazar. En febrero de 1913 reconoció a Victoriano Huerta y marchó a la ciudad de México. Combatio a los revolucionarios en San Luis Potosí y buscó convencer a Zapata de que reconociera al gobierno usurpador. Combatió a los constitucionalistas; tras su derrota viajo a Veracruz. A la caída de Huerta se refugió de nueva cuenta en Estados Unidos y mientras negociaba con éste el reinicio de la contienda, murió asesinado por rancheros texanos en agosto de 1915.