La Revolución

 

Los días del reinado de Madero están contados; Pascual Orozco, quien había permanecido fiel a Madero, no por honradez, sino por miedo, se decidió al fin a rebelarse contra su amo; Ambrosio Figueroa,[1] el jefe de los esbirros del sur que tanta sangre inocente han derramado, ha hecho lo mismo que Orozco; Madero, aislado, loco, ha hecho extensiva a toda la República la suspensión de garantías constitucionales; la proximidad de las fuerzas de Zapata a la ciudad de México ha provocado gran consternación, y mientras la milicia se ocupa de levantar obras de defensa, el pueblo invade las calles recorriéndolas tumultuosamente pidiendo la cabeza de Madero; éste, aterrorizado, cree calmar los ánimos mudando ministros como de camisa; Orozco se declara “generalísimo” y en un manifiesto a la Nación sale con la babosada de que este movimiento traerá consigo el imperio de la Constitución de 1857, la constitución burguesa que ampara a los capitalistas y deja al proletariado atado de pies y manos a merced de la explotación y la tiranía; Luis Terrazas, hijo del general Luis Terrazas que posee en el estado de Chihuahua la friolera de doce millones de acres de tierra, ha regalado a Orozco $10 000, asegurando darle $90 000 más en pocos días, para que no sean tocadas las tierras de su padre; se confirma la noticia de que la revuelta de Vázquez Gómez y Orozco, está vendida a los grandes capitalistas del estado de Chihuahua, quienes han contribuido con un millón de pesos para que el gobierno que emane de este movimiento no hostilice a la burguesía, pero los libertarios no permitiremos que suba otro bandido; Ernesto Madero, ministro de Hacienda, declara que están listos 75 000 soldados más para sofocar la Revolución; los banqueros del este de los Estados Unidos ayudan a Vázquez Gómez; el movimiento revolucionario, ahora, es más amplio y formidable que bajo el gobierno de Porfirio Díaz; puede decirse que Madero no cuenta más que con su gabinete; rurales y federales se pasan a las filas revolucionarias con armas y bagajes; los hacendados han abandonado por completo “sus” propiedades, muchas de las cuales son ocupadas en el acto por multitudes ansiosas de trabajar la tierra; reina el caos más completo en las esferas del poder, y aprovechándose de este caos, los revolucionarios, los verdaderos revolucionarios, los que no luchan por elevar a nadie a la Presidencia de la República, sino por la expropiación, activan la propaganda por medio de la palabra y de la acción; las mejores haciendas del estado de Durango están en poder de los habitantes de la región; los más fértiles terrenos del estado de Jalisco están igualmente en las manos de los trabajadores; en el estado de Puebla, los revolucionarios invaden las haciendas, se posesionan de ellas y las trabajan y las administran por sí mismos, sin necesidad de ser sabios; en el estado de Guerrero sucede otro tanto; en la región del Yaqui, están siendo expulsados por los nativos los que tenían acaparados sus terrenos. ¡La tierra! Esto es lo que ocupa por entero el pensamiento de las multitudes. ¡Adelante!

No hay que luchar por encumbrar a nadie para no sufrir nuevos chascos. Lo que no se consiga con las armas en la mano, en el momento de la lucha, no se conseguirá después. Tomadlo todo, proletarios, para que cuando se disipe el humo de las armas de fuego ya estéis todos posesionados de la tierra y de todo cuanto existe. No me cansaré de repetiros que es una estupidez luchar por promesas. A éstas se las lleva el viento porque no son más que palabras. ¡Tomad! ¡Expropiad de una vez!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 80, 9 de marzo de 1912



[1] Ambrosio Figueroa (1869­1913). Militar guerrerense afiliado al maderismo. Combatió a los zapatistas como gobernador de Morelos, y se alzó luego contra Madero. Reconoció al gobierno huertista, aunque después se rebeló contra él, al lado de sus hermanos Francisco y Rómulo.