¡Adelante!

 

La farsa maderista está para finalizar su último acto, y este acto es de tragedia; los arcos triunfales que alumbró el sol de junio de 1911 son en el crepúsculo del momento siluetas de guillotinas y de horcas, y aquellas multitudes delirantes que arrojaban flores al paso del “libertador”, recogen en este momento las piedras de las calles para lapidar al héroe de un día; el “héroe”, sobresaltado, como quien se encuentra presa de una angustiosa pesadilla, convoca a su derredor a todos los hombres que hay en México para que le ayuden como esbirros, y todos le escupen y le vuelven la espalda; en las pobrísimas barriadas proletarias de la ciudad de México, las masas desheredadas se conciertan para el saqueo; miles de burgueses extranjeros fortifican los edificios de la ciudad de México, en un intento inútil de defensa, provocando con su insensata actitud las rugientes cóleras de las masas por tantos siglos explotadas; el Palacio Nacional está rodeado de cañones y erizado de bayonetas; Alfonso Miranda[1] con dos mil hombres se acerca a la ciudad de México; las fuerzas de Zapata invaden los pueblecillos del Distrito Federal; Madero proyecta establecer en Tepic los poderes de la federación, para tener a su alcance el puerto de San Blas, siempre que el lazo justiciero no logre alcanzar antes su cuello de bandido; la prensa burguesa, ante la marcha triunfante de la expropiación, grita al unísono: “¡salvemos la Patria!” lo que quiere decir: “unámonos para salvar nuestros intereses de las manos del proletariado en rebeldía”; ¡Tierra y Libertad! gritan los nuestros enarbolando la Bandera Roja; ¡Tierra y Libertad! gritan los vazquistas sosteniendo la pobre bandera del personalismo; ¡Tierra y Libertad! gritan los hombres de Zapata; el grito es unánime como nacido de una unánime aspiración: ¡la posesión de la madre tierra!; Porfirio Díaz declara que la rebeldía del pueblo mexicano está inspirada en ideas comunistas, y ante esa verdad, aunque dicha por un bribón, Madero se espanta y dice al pueblo: “vuestra situación social y económica no podrá modificarse de un modo tan brusco”, y, como los frailes, aconseja la paciencia, la mansedumbre; paciencia, cuando el estómago grita: ¡arrebatad!; ¡tengo hambre!; paciencia, cuando la compañera tirita de frío y las lágrimas de los niños piden pan; y las multitudes encrespadas saquean y comen y se visten en medio del aplauso de todos los corazones generosos; por aquí rueda la cabeza de un burgués; por allá la de un jefe político; más allá la de un esbirro; por otro lado la de un cura; los movimientos militares de las tropas de la federación son como los movimientos de un pez en una tina de atole; los puentes son volados con dinamita; las poblaciones se resisten a dar informaciones a los esbirros sobre los movimientos de los revolucionarios; para el federal no hay provisiones; y para sus caballos no hay pasturas; la fiebre diezma a los esbirros en las tierras del sur, mientras el frío los aniquila en las tierras del norte; las pobres personas que dormían a la intemperie se alojan tranquilamente en los confortables palacios que los burgueses extranjeros han dejado al huir por millares del país; el arrendatario campesino no paga ni renta al amo, ni contribución al Gobierno; la catástrofe está en marcha, desmelenada, grandiosa, aplicando su antorcha a todo lo podrido, ¡adelante, tempestad; huracán, adelante!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 81, 16 de marzo de 1912



[1] Alfonso Miranda. Originario de San Pablo Oxtotepec, ciudad de México. Comerciante de carbón y leña. En marzo de 1911 se levantó contra Porfirio Díaz con su hermano Joaquín y empezó a actuar en la región de Sultepec, Temascaltepec y Tenancingo, al sur oriente del Estado de México. En 1911 fue el representante de Ambrosio Figueroa en las pláticas con Emiliano Zapata, tras las cuales los revolucionarios de Guerrero y Morelos acordaron unir fuerzas. En mayo de 1911 participó en la toma de Iguala. En agosto del mismo año apoyó, con Jesús H. Salgado, el Plan de Texcoco, encabezado por Andrés Molina Enríquez. En 1914, Miranda y su hermano se sumaron al huertismo y fueron fusilados por orden de Zapata cuando intentaban convencer a los zapatistas de unir fuerzas con el gobierno para combatir la intervención estadunidense que había tomado Veracruz en abril de ese año.