Pedro Solís

 

Hace meses que habíamos venido hablando de la penosa situación que guardaba en la cárcel del condado de Los Ángeles nuestro infortunado compañero Pedro Solís, que herido, con las balas alojadas en su cuerpo, padecía terriblemente en su encierro, sin asistencia médica de ninguna clase, maltratado, mal alimentado y hasta mal aconsejado, pues se recordará que el segundo del Cónsul le aconsejaba que declarase ser culpable, cuando era inocente.

A Solís se le acusaba de violación a las leyes de neutralidad, las famosas leyes que cierran los ojos cuando Madero o algún bandido aspirante a la presidencia de alguna de las repúblicas de las Antillas, de la América Central o de las del Sur, arma expediciones en territorio americano para ir a hacer la guerra a gobiernos que no quieren poner a sus respectivos países a las plantas de los buitres de Wall Street, o son demasiado débiles para garantizar a los aventureros extranjeros el goce pacífico de sus rapiñas; pero que se muestran celosas e implacables esas leyes cuando los desheredados, los pobres, los que tienen hambre de pan y de justicia, tratan de derribar un sistema odioso sostenedor de privilegios, solapador de crímenes, y criminal él mismo porque perpetúa por medio de la fuerza la ruina y el dolor en los de abajo para que los de arriba gocen de la vida.

Solís había luchado en México contra los esbirros de la Dictadura de Porfirio Díaz, y en un combate recibió las heridas que más tarde, por falta de atención médica, debían llevarlo a la tumba. Si se le hubiera atendido a tiempo, Solís no habría muerto, pero las autoridades federales no hicieron aprecio de él. Hablamos repetidamente y en todos los tonos acerca de los males que aquejaban a Solís, y esas autoridades permanecieron sordas, lo mismo que el Cónsul Mexicano, Elías[1] y su sucesor, un tal Baca. El resultado ha sido la muerte de Solís, del hombre honrado, del sincero revolucionario que duerme el sueño eterno en esta Rusia americana.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 81, 16 de marzo de 1912



[1] Refiérese a Arturo M. Elías (1872­1934). Diplomático sonorense. Inició su carrera en el servicio exterior en 1903. Se desempeñó como cónsul de México en San Antonio, El Paso, Tucson, Phoenix y Los Ángeles, cargo desde el que colaboró activamente en la persecución de militantes del PLM. Emparentado con Plutarco Elías Calles, fue cónsul general de México en Nueva York en la década de 1920.