¡Muera la Autoridad!

 

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! El burgués tiene razón, porque si desapareciera la Autoridad, en el mismo sepulcro caerían los privilegios del Capital para no levantarse más. La Autoridad es necesaria para perpetuar la desigualdad social, que garantiza al rico vivir en el ocio y condena al pobre al rudo trabajo y a la abyecta miseria. El burgués, pues, necesita que haya Autoridad, pues de lo contrario, tendría que tomar el arado, la garlopa o el martillo para ganarse su subsistencia y la de su familia.

Pero el pobre, ¿para qué necesita la Autoridad? La Autoridad nunca ha sido buena con él: la Autoridad ha sido para el desheredado la:

Todavía no sé que en algún país del mundo haya sido la Autoridad el escudo o el ángel guardián de los pobres, y eso es así, porque no puede servir a dos amos al mismo tiempo: al rico y al pobre. La Autoridad fue instituida para cuidar los bienes materiales de la clase rica que se veían amenazados por los hambrientos.

Los que no tenemos un terrón donde reclinar la cabeza no necesitamos la Autoridad. Por el contrario, la detestamos porque ella arrebata de nuestras filas a los más vigorosos de nuestros hermanos, para amontonarlos en los cuarteles y hacerlos empuñar las armas en favor de la burguesía, y en seguida nos cobra contribuciones para mantener esos soldados y todo ese enjambre de funcionarios grandes y chicos que forman lo que se llama: Gobierno.

Somos nosotros, los desheredados, los que no tenemos nada que nos roben, los que estamos obligados a pagar los gastos que origina el mantenimiento de la Autoridad cuando lo justo sería que esos gastos fueran pagados por los beneficiados, que son los burgueses.

El soldado con el arma al brazo, el gendarme con el garrote en la mano, el rural con el sable desenvainado, ¿han servido alguna vez para proteger al débil? ¿Se ha dado el caso de que el soldado, el gendarme o el rural se hayan interpuesto entre el amo y el trabajador para evitar que el primero chupase el sudor del segundo? ¿Cuando el pobre no puede pagar la renta del suelo o de la casa, han volado alguna vez en su auxilio el soldado, el gendarme o el rural para evitar el que sea puesto de patitas en la calle o el ser expulsado de la ingrata tierra que regó con su sudor? Y si indignados por la injusticia social que nos obliga a poner al servicio de los ricos la fuerza de nuestros músculos y la luz de nuestro cerebro, conspiramos y nos rebelamos, ¿se pone la Autoridad de nuestra parte, esto es, de parte de los débiles, de las víctimas de la voracidad capitalista? ¿No la vemos siempre con sus soldados, sus gendarmes y sus rurales repartir la muerte entre los pobres que se rebelan por un reparto más equitativo del pan?

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! Pero no me explico que el pobre, el desarrapado, el trabajador se encabrite y eche espumarajos de rabia cuando se le da este amistoso consejo: no elijas autoridades; gobiérnate por ti mismo.

Mirbeau dijo una gran verdad cuando exclamó: “de todos los animales, el más estúpido es el hombre, porque al menos los animales no eligen al carnicero que ha de degollarlos”.

Y los hombres hasta nos matamos en favor de quien ha de pasarnos a cuchillo cuando esté en el poder. ¡Así somos de estúpidos!

Demos nuestra libertad, demos nuestra tranquilidad, demos nuestra sangre; pero no para elegir verdugos, sino para acabar con ellos, para acabar con los burgueses, para fundar la Sociedad Libre de todos para uno y uno para todos.

No elevemos al poder ni a Vázquez Gómez ni a nadie. Seamos tan dignos como los animales que no eligen al carnicero que ha de degollarlos. Tomemos la tierra, la maquinaria de producción, los medios de transportación, las casas y las provisiones; concertémonos fraternalmente para la producción y el consumo en común y levantemos la frente, mexicanos, orgullosos de haber sabido resolver el Problema Social.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 82, 23 de marzo de 1912