Notas al vuelo

 

Asustadísimo, dice Madero en un manifiesto a la Nación: “Conciudadanos: ha llegado el momento en que todos los buenos mexicanos deben agruparse en torno del gobierno que ellos mismos designaron libremente”.

Pero resulta que los buenos escasean, y el pobre Chato se ha quedado como el que chifló en la loma.

Ahora, por lo que respecta a que los buenos mexicanos designaron libremente al Chato, es una mentira del tamaño del Popocatépetl. Fueron las bayonetas las que determinaron la elección presidencial. Y aun cuando hubieran elegido libremente al Chato, ¿estarían obligados los borregos electores a sostenerlo?

 

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Sigue hablando el Chatito: “Y no es que la situación sea tan grave como aparece en las noticias exageradas o falsas que se difunden con suma rapidez”.

No; no es nada lo del ojo…

 

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Sigamos oyendo al Chato: “Los que se han alzado en armas no operan en virtud de un plan definido, ni político ni militar”.

Precisamente eso es lo que constituye la grandeza del movimiento actual, que no es un movimiento político, sino de orden económico y social.

 

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Y rebuznando por todo lo alto, agrega el Chatito: “Pretender que el gobierno que presido pueda solucionar el problema agrario de la República bajo la presión de movimientos anárquicos y sin que la paz se haya previamente restablecido, es sencillamente insensato”.

Lo insensato sería que se hiciera la paz para que un señor gobernante hiciera al proletariado la gracia de darle su libertad económica.

¡Esa ya no pega, pobre Chato!

 

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Pero dejemos que continúe el Chato: “Los que se han alzado en armas son unos cuantos ambiciosos y despechados”.

Sí, unos cuantos, tan poquitos, que por no acabar con ellos piensa Madero no hacer resistencia en la ciudad de México, sino retirarse con los poderes de la federación a Tepic. Lo de siempre: “no es nada”, “el movimiento carece de importancia”, “mi gobierno es demasiado fuerte para sofocar la revuelta”, etcétera.

 

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Y más adelante: “yo no llamé al pueblo a la revolución para satisfacer mis ambiciones personales, sino para que aquel conquistara su libertad política”.

De manera que este zaragate piensa que, sin su llamado, no habría habido Revolución. La Revolución no la hacen los jefes, sino la miseria y la tiranía. En cuanto al desinterés del “caudillo”, ha quedado plenamente demostrado con el hecho de poner a toda su familia en los puestos que mejores “buscas” producen. Por lo que respecta a la libertad política, para los pobres es una solemne mentira, a no ser que por ella se entienda la libertad de morirse de hambre.

 

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Creyéndose providencial, como todo hombre que está arriba de los demás, dice: “Si hago ahora un llamamiento al país, es porque creo que en la consolidación definitiva de mi gobierno radica la garantía de los derechos políticos y de las libertades del pueblo mexicano, y porque de su estabilidad depende la implantación definitiva de las prácticas democráticas”.

¡Prácticas democráticas! Como si el pueblo tuviera que mantenerse comiendo al por mayor boletas electorales.

 

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He aquí cómo razona el pobre diablo:

La inmensa mayoría de la nación me presta su apoyo; mas este llamamiento tiene por objeto hacer comprender a todos los amantes de la paz, que cuando una minoría ambiciosa no acata la ley y empuña las armas levantándose contra la voluntad nacional, es preciso reducirla al orden, igualmente por medio de las armas.

Si la inmensa mayoría de la población de la República prestara su apoyo a Madero, no tendría éste necesidad de hacer esos llamamientos que prueban, precisamente por la urgencia con que son hechos, que el gobierno no cuenta con la voluntad del pueblo.

 

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Son incontables los ofrecimientos que he recibido de los buenos patriotas que se ofrecen a empuñar las armas; pero para que sus servicios sean verdaderamente eficaces y todos los que tomen las armas sean en cualquier momento una garantía de orden, es preciso que se sujeten a la disciplina militar, que vayan a engrosar las filas del Ejército Federal.

¿Sí? Pues que vaya su abuela.

 

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“Invito, pues, a los mexicanos que deseen cooperar para la defensa del gobierno emanado de voto popular, para que se enrolen en las filas de ese glorioso ejército para perseguir a los enemigos del orden y de la paz pública.”

Los mexicanos no fuman de ese tabaco.

En sus desvaríos llega a decir el Chato: “Este llamado lo hago extensivo a los mexicanos de todas las esferas sociales, a los gobernantes, a las autoridades civiles y militares, a los particulares, a los hacendados, a los obreros y a los humildes peones del campo”.

¿Qué quiere decir toda esa lista? Esto quiere decir que ya ni con las autoridades civiles y militares, ni con los gobernantes, ni con los hacendados, ni con los obreros, ni con los humildes peones del campo cuenta el ayer “Sol Madero”, pues el llamarlos es una prueba de que no están con él. Por lo demás, sería la mar de gracioso el ver pelados a rape, con el “chaco” metido hasta el pescuezo, cargando la mochila y con los pies ampollados por los zapatones de munición, a los barrigones hacendados, a los estiradotes aristócratas, a los gobernadores, jueces, etcétera, etcétera.

 

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Sigue desvariando el Chato: “Que todos hagan lo posible por llevar al ejército su contingente personal o el de sus amigos o sirvientes”.

Pues tendrán que empuñar el rifle sus barrigones y sus amigos, porque los sirvientes no son de ésos… aunque pobres.

 

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En seguida viene esta tirada que pinta, por sí sola, al embaucador, al miserable negrero que quiere que el proletario se apriete la panza para no sentir el hambre, mientras espera que sus verdugos le tiren un hueso, o bien que se amarre la tripa y ahorre cuando apenas gana para tener en pie los huesos y el pellejo. Dice el farsante:

Y que el pueblo humilde no se deje engañar por los agitadores y los ambiciosos. Su condición no podrá mejorar bruscamente como ellos se lo ofrecen; que recuerden lo que les dije al triunfo de la revolución: Si vuestra situación política ha sufrido en pocos meses un cambio radical, puesto que de la triste situación del paria habéis conquistado los augustos derechos del ciudadano, vuestra situación social y económica no podrá modificarse de un modo tan brusco, pues para serlo será preciso un esfuerzo constante y prolongado que nadie puede instruirse y enriquecerse, sino por medio del trabajo y del ahorro.

 

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Jura el negrero estar animado de las mejores intenciones para procurar el bienestar económico de la clase pobre, y pone como ejemplo su decreto expedido para que las tierras nacionales, que son escasas e inservibles, sean vendidas a los agricultores pobres, que por el solo hecho de tener con qué comprar no han de ser tan pobres, y agrega: “Pero aun de esta manera y a pesar de la actividad desplegada por el gobierno no podrá llevarse a cabo ese plan, sino con el debido estudio, lo cual requiere TIEMPO. Es preciso, pues, tener CALMA, si no se quiere precipitar a la República a una catástrofe financiera”.

Conque, hambrientos, a esperar, a tener calma, a ser pacientes.

Tenéis una pieza de pan al alcance de vuestras manos; pero no la toméis porque puede llevarse la trampa a la República en una catástrofe financiera, en que saldrían perdiendo los financieros y no vosotros.

Y aquí viene lo mejor, lo que prueba que la ley es una alcahueta del capitalismo y que es necesario reducirla a cenizas. Madero declara estar dispuesto a guardar y hacer guardar la Constitución Política de 1857 que, como hecha por burgueses, defiende los intereses de la burguesía. Dice el Chato: “Por tal motivo, dentro de ella (de la Constitución), haré todo lo posible por la prosperidad y el engrandecimiento de la república; pero fuera de ella, nada, y es fuera de ella la absurda pretensión de despojar de lo suyo a sus legítimos dueños, puesto que el principio de propiedad está garantizado por nuestra Carta Magna.”

Pues bien; a quemar esa ley inicua que legaliza la desigualdad social, y a tomar por la fuerza la tierra y la maquinaria de producción. Sobre la Constitución, sobre todas las leyes, sobre todas las tradiciones, sobre todas las preocupaciones está el derecho de vivir.

¡Muera la ley!

 

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Por último, llora el Chato rogando al pueblo que le haga el favor de agruparse a su derredor, para hacer triunfar la ley, es decir, la alcahueta de la burguesía, y termina de esta manera: “Y una vez que hayamos restablecido en la República la paz, la tranquilidad, bajo el imperio de la ley, entonces seguiremos trabajando por elevar la cultura y mejorar la situación económica del obrero y del campesino”.

Los trabajadores inteligentes saben lo que todo eso significa, y es lo siguiente: fuerte la Autoridad por haber sofocado en sangre las aspiraciones del proletariado, continuará el trabajador siendo la bestia de carga del rico, y carne de cuartel y de presidio, mientras la mujer proletaria, a merced de todas las asechanzas, seguirá siendo carne de taller o carne de lupanar y la prole crecerá raquítica, devorada por la tisis, hasta que desaparezca la raza, si no se hace un esfuerzo supremo para acabar de una vez con el Capital y con el Gobierno.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 82, 23 de marzo de 1912