Traición del vazquismo

 

Nuevos informes recibidos del estado de Tlaxcala nos hacen saber que la muerte de nuestro querido compañero Pablo N. Sánchez fue debida a la traición de un jefe vazquista. Pablo N. Sánchez y un grupo de libertarios se levantaron en armas en el estado de Tlaxcala, juntamente con otros individuos que declararon estar dispuestos a luchar por los principios consignados en el Manifiesto de 23 de Septiembre de 1911.

Hecha la elección del individuo que había de dirigir las operaciones de guerra, recayó ésta en la persona de uno de los que más alarde hacían de su odio contra la burguesía y la Autoridad y de su desprecio por el vazquismo y toda clase de personalismos; pero bien pronto pudieron cerciorarse nuestros compañeros que no había sinceridad en las palabras del elegido, pues que, cuando entraron a Apizaco, no fueron puestas las casas en poder de los vecinos, ni las fábricas en poder de los obreros, ni las provisiones fueron dadas a los proletarios, ni los archivos reducidos a cenizas, y sí, en cambio, el individuo en cuestión se declaró abiertamente vazquista, agregando que el vazquismo no está a favor de la expropiación. ¡Claro; como que el vazquismo

es un movimiento netamente burgués! Y antes de que nuestros compañeros pudieran separarse del vazquista, fueron desarmados y abandonados en una hacienda, la de la Noria, a merced de los burgueses y de los esbirros que la guarnecían, quienes los hicieron prisioneros, tratando de conducirlos a Apizaco; pero fue tanta la crueldad con que los esbirros los trataron durante el trayecto; fue tal la brutalidad de que se les hizo víctimas, que en un lugar denominado Texcalac, nuestros infortunados hermanos en un momento de desesperación se rebelaron y se armaron de piedras siquiera para morir luchando… Un nutrido fuego de fusilería acabó en el acto con aquel puñado de valientes.

Esta oscura tragedia, hermanos desheredados, demuestra que el vazquismo es enemigo de la clase trabajadora, y justifica el consejo que fraternalmente os damos de volver vuestras armas contra vuestros jefes vazquistas, orozquistas y todos aquellos que impidan la expropiación de la tierra, de las casas, de los montes, de las aguas, de las minas, de las fábricas, de los talleres, de las fundiciones, de las provisiones y de los medios de transportación. Cuando vuestros jefes se opongan a que se lleve a cabo ese acto de suprema justicia que se llama expropiación, no mostréis desagrado para no veros en el caso de ser desarmados y abandonados en manos de vuestros verdugos. Fingid que estáis de acuerdo con los jefes; pero en la primera oportunidad, fusiladlos, y, si por cualquier circunstancia no podéis ejecutar a esos bribones, separaos sin ser sentidos llevándoos cuantos elementos podáis tomar. Podéis muy bien, mientras los inconscientes duermen, desarmarlos por sorpresa y aumentar de esa manera el número de vuestras armas y municiones. Todos los procedimientos son buenos, todas las tácticas deben ser empleadas cuando se trata de debilitar a los enemigos del proletariado.

Datos complementarios de la obra de Pablo N. Sánchez revelan la vida de privaciones a que estuvo sujeto este sincero apóstol de las nuevas ideas. Pablo iba de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de ciudad en ciudad enseñando a los trabajadores el derecho que tienen a una vida mejor que la que arrastran. Popularizó entre los trabajadores de las fábricas de Tlaxcala, y de otras muchas partes, la grande obra de Kropotkin: La conquista del pan. Para poder llevar a cabo su noble propaganda, trabajaba unos días para hacer algún dinero, y cargado de libros, periódicos y folletos se echaba a recorrer campos y poblados iluminando conciencias. ¡Y cuántos inconscientes le criticaron y se burlaron de su trabajo y de sus libros! Pero Pablo, sin arredrarse ante la estúpida risa de los que voluntariamente son esclavos; de los que han llegado a un grado de tal degradación que creen que es caricia el puntapié con que el amo premia su servilismo.

¡Cuánto diera la humanidad por un puñado de Pablos Sánchez!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 84, 6 de abril de 1912