La catástrofe

 

Los que pensaron que el movimiento revolucionario mexicano iba a terminar en unos cuantos meses están espantados con la prolongación indefinida del formidable conflicto; muchos tomaron parte en el movimiento con la esperanza de obtener un empleo para pasar tranquilamente el resto de sus días comiéndose un sueldillo cualquiera; otros, esperaban ser generales, ministros, diputados, administradores de aduanas y vivir en el lujo a costa de los sacrificios de la carne de cañón y del rebaño electoral; esos sueños de ventura fácilmente alcanzada se han desvanecido como el humo de un cigarrillo; la realidad se delinea claramente; es la confusión, es el caos, es la catástrofe, es la tempestad deshecha, es el ciclón, es el alud, es el conflicto de todos los intereses, de todas las tradiciones, de todos los atavismos, de todas las inclinaciones, de todas las instituciones; es el batallar formidable de lo viejo y de lo nuevo, de lo caduco y de lo robusto; es la lucha testaruda del moribundo que no quiere abandonar la vida; es el forcejeo de lo nuevo que no cabe en los moldes viejos; es la eterna contienda de la luz y de las tinieblas, y es la eterna contienda, también, del pobre contra el rico y del rico contra el pobre; del privilegiado contra el desheredado y del desheredado contra el privilegiado; es la blusa contra la levita, el calzón de manta contra el pantalón, el sombrero de petate contra el sombrero de seda; es el jacal que se levanta contra el palacio…; es el azadón, es el arado, es el martillo, es el cincel que pelean por su supremacía; es la mano honrada que presenta sus callos como el mejor título de propiedad, contra los títulos de papel consagrados por la ley y la estupidez humana; es la lucha de clases, la única lucha fecunda, la única grande, la única redentora…; ¿a dónde vamos?, pregunta la burguesía; ¡respetad el principio de Autoridad!, aúlla el gobernante; a la pregunta, responde el proletario con la expropiación, y, al mandato, con la cuchillada y con la horca; y la contienda se hace cada vez más ruda y se prolonga, se prolonga, se prolonga indefinidamente; el burgués ve con horror que se acerca la hora de empuñar él mismo el honroso instrumento de trabajo para poder vivir, mientras el proletario saluda entusiasmado los albores del nuevo día en que será el amo de sí mismo; ¡adelante, ciclón!; ¡adelante, tempestad!; ¡catástrofe, alud, torbellino, caos, adelante, adelante!; ¡arrimad combustible a la hoguera, desheredados!

Mexicanos; ¡viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 84, 6 de abril de 1912