Los bribones de Chihuahua

 

Nada mejor que el último manifiesto de Pascual Orozco y de los badulaques que la hacen de jefes del movimiento orozquista­científico­vazquista del estado de Chihuahua para probar que se está traicionando la Revolución, como la traicionó Madero el año pasado.

Desde luego, el tal manifiesto hace alarde de que la máquina gubernamental no haya sufrido en lo más mínimo por el hecho de estar ocupado el estado por las fuerzas orozquista­científico­vazquistas. Dice el manifiesto:

En toda la región ocupada por las fuerzas revolucionarias funcionan regularmente todos los servicios públicos, con autoridades constituidas, funcionarios municipales, policía, orden y moralidad; recaudación metódica de impuestos; seguridad para la vida y los intereses de nacionales y extranjeros; castiga con mano severa los desmanes y los abusos de los que, acogiéndose a la bandera libertadora, han pretendido ir tras del pillaje y el robo, a fin de demostrar que no es un movimiento vandálico ni de anarquía, sino una rebelión santa contra el despotismo.

Como se ve, no se ha hecho otra cosa que sustituir a las autoridades maderistas por autoridades nuevas, pero todo sigue lo mismo: las contribuciones son cobradas sin misericordia, el gendarme, el carcelero, el juez, todo lo que oprime y lastima la libertad del hombre, funcionan regularmente. El pillaje y el robo lo ejercitan los jefes, pero como ya lo hemos dicho, contra habitantes pobres que no tienen más patrimonio que una vaca, o un par de burros, o una docena de botellas de soda en cualquier mostrador de barrio. En cambio, esos jefes ladrones fusilan al soldado que, cansado, echa mano de un caballo de las haciendas de Creel o de Terrazas; esos jefes, tan enemigos del pillaje y del robo cuando el desheredado quiere tomar algo de lo que ha producido y que se encuentra almacenado por los ricos, toleran que las tierras de los Creel, de los Terrazas, de todos los grandes terratenientes del estado, sigan siendo la “propiedad” de esos señores feudales, como que de ellos han recibido dinero para levantarse en armas no contra el despotismo, como dice su manifiesto, sino para imponer su despotismo, para sustituir el despotismo de Madero por el suyo.

Seguramente que ese indecente movimiento no es un movimiento de anarquía, pues si lo fuera, iría dirigido directamente contra la Autoridad y contra el Capital, y a estas horas ya habría dado la tierra al campesino, la maquinaria al obrero, las provisiones y las casas a todos los trabajadores; pero no es así, el movimiento de los jefecillos de Chihuahua es un movimiento de embaucadores, y, todavía más claro, es un movimiento de traidores, porque lo que quiere el pueblo es comer, salir de la miseria; por eso se ha rebelado, por eso ha tomado las armas, por eso derrama generoso su sangre, por eso los hombres abandonan familia y hogar y tranquilidad, y es un crimen defraudar las esperanzas de los pobres, ¡un crimen, señores politicastros, que tendréis que pagar con vuestras cabezas malditas!

¿Qué es lo que dais a los pobres en cambio de su sangre? ¡Autoridades! ¿Qué es lo que dais a los desheredados en cambio de sus sacrificios? ¡Recaudadores de rentas, jueces, funcionarios mil, polizontes y carceleros! ¡Y todavía no rasga vuestros corazones el puñal de un justiciero! ¡Tal vez no ha sido fabricada aún la bomba vengadora!

El manifiesto en cuestión es una ironía, una burla, una carcajada cínica vibrando brutalmente sobre el clamor de los heridos, sobre el estertor de los agonizantes; ¡es la pezuña de una bestia batiendo las carnes destrozadas de los que caen luchando con la esperanza de que sus hijos lleven una vida mejor!…

La parte económica del miserable manifiesto escrito y firmado por miserables movería a risa si ese documento hubiera sido lanzado en tiempos de paz, pero indigna porque ha sido expedido en momentos de colosal efervescencia, cuando por toda la República abundan los actos verdaderamente revolucionarios, esto es, cuando por todas partes los proletarios toman la tierra si pueden sostener la expropiación con las armas en la mano, o destruyen las siembras para debilitar al Capital cuando no son lo suficientemente fuertes para expropiar, o desploman con dinamita las galerías de las minas, o arrasan las poblaciones y todo lo que a su paso encuentran para evitar que el enemigo  se apodere de ellas. En estos momentos en que se escucha por todos los ámbitos de la República el grito de ¡Viva Tierra y Libertad!, los jefecillos de la revuelta de Chihuahua acuerdan conceder al pueblo reformitas impracticables, y, aun eso, “para después del triunfo”, como es del estilo entre los bribones que desean el apoyo de los pobres para encumbrarse.

Dice el manifiesto al referirse a la Cuestión del Trabajo: “Se procurará el aumento de jornales armonizando los intereses del capital y del trabajo, de manera que no se determine un conflicto económico que entorpezca el progreso industrial del país”.

Todo trabajador inteligente sabe ya ahora que no puede haber armonía entre los intereses de la clase trabajadora y los de la clase capitalista; que esa armonía es materialmente imposible. El Capital quiere ganancias; el Trabajo también las quiere. Si el Capital gana un centavo más, será porque ha rebajado al Trabajo ese centavo, o viceversa: si el Trabajo adquiere un centavo de aumento, será porque ha logrado disminuir en ese centavo la ganancia del Capital; pero tanto en uno como en el otro caso el trabajador es el que sale perdiendo, pues cuando el patrón se ve obligado a dar algo de sus ganancias al trabajador, se da maña después para subir el alquiler de la casa, o el precio de los artículos manufacturados que el trabajador tiene la necesidad de consumir. De manera que, mientras el trabajador esté sujeto al salario por no ser lo suficientemente enérgico para desconocer el principio de la propiedad privada, nunca saldrá de la miseria y siempre habrá conflictos entre el Trabajo y el Capital.

¿Cómo, pues, van a armonizar esos intereses los pobres asnos que firman el manifiesto en cuestión? Eso sería tanto como lograr que el lobo y el carnero se estrechasen fraternalmente; que entre el verdugo y la víctima se afianzasen lazos de simpatía recíproca; que la luz y las tinieblas pudieran existir en el mismo momento. No; no puede haber armonía entre la clase capitalista y la clase proletaria, y una guerra sin cuartel debe existir entre ambas hasta que la clase trabajadora logre arrancar el corazón a la clase capitalista haciendo de uso común la tierra y la maquinaria de producción, y de común consumo o uso los productos del trabajo.

El único medio que hay para conseguir la paz industrial, para evitar conflictos de clases, es la expropiación, y la expropiación no la decretará ningún Gobierno, desde el momento en que el Gobierno es una institución creada para proteger los intereses de la clase capitalista. Gobierno quiere decir, pues, opresión y explotación. ¡Muera todo Gobierno!

Ahora, tomémonos la pena de ver cómo van a resolver el problema agrario los cuadrúpedos que firman el manifiesto que, entre paréntesis, son los siguientes animalitos: “General” Pascual Orozco; “General” Inés Salazar; “General” Emilio P. Campa; “General” J.J. Campos;[i] “General” Benjamín Argumedo;[ii] Gonzalo C. Enrile;[iii] “Coronel” Demetrio Ponce; “Coronel” Félix Terrazas,[iv] y José Córdova,[v] secretario.

Dicen los animalitos: “I.-Reconocimiento inmediato de la propiedad a los poseedores pacíficos por más de veinte años”.

Esto quiere decir que todos aquellos que se hayan apoderado de tierras ajenas, pero que durante veinte años no hayan tenido opositores, serán reconocidos como dueños de esas tierras. Desde luego se ve la mala fe con que obran los jefecillos de la revuelta de Chihuahua. Sabido es que durante la época de Porfirio Díaz, los pobres despojados de sus tierras, no pudieron reclamar la devolución de las mismas, porque los que se atrevieron a hacer alguna reclamación fueron asesinados cobardemente por los mismos hacendados o por los esbirros del Gobierno, y, los que no sufrieron la pena capital, fueron obligados a emigrar a otras regiones o al extranjero, o puestos en la cárcel por cualquier pretexto, o arrojados a los cuarteles para servir como defensores del Capital y de la Autoridad, esto es, de los monstruos que habían provocado su ruina. Se sembró el terror de esa manera, y resultó de ello que los despojados no se atrevieran a formular la más humilde protesta. Pues bien; los jefecillos de la revuelta orozquista­científico­vazquista reconocen el robo cometido por los hacendados como perfectamente legal, y, en efecto, es legal, pues la ley declara que todos los que hayan poseído por más de veinte años sin oposición un bien inmueble deben ser considerados como propietarios. ¡Y todavía hay infinidad de personas que se espantan cuando se les dice que es preciso abolir todas las leyes escritas! Con la declaración que hacen los jefecillos de la revuelta de Chihuahua dejan en las manos de los ladrones hacendados casi toda la tierra de la República Mexicana, y su programa agrario es una burla que los desheredados no debemos tolerar. Los jefecillos esos saben perfectamente que la tierra quedará en poder de los hacendados que la han retenido por más de veinte años, y que lo son casi todos, y, sin embargo, llaman a los proletarios para que los ayuden a derribar a Francisco I. Madero, que está haciendo precisamente lo mismo que ellos pretenden hacer cuando obtengan el poder. ¡Guerra a esos jefecillos, hermanos de miseria! ¡Volved contra ellos vuestros fusiles y expropiad sin respetar las leyes alcahuetas que amparan el derecho de propiedad privada!

Siguen hablando los animalitos: “II.-Revalidación y perfeccionamiento de todos los títulos legales”.

Desde luego, todos los que han poseído la tierra sin oposición, durante más de veinte años, obtendrán títulos perfeccionados, con lo que se remachará la cadena de los hambrientos. Y como para subrayar la burla que se hace a los de abajo, viene esta otra cláusula: “III.-Reivindicación de los terrenos arrebatados por despojo”. Como esos despojos datan de más de veinte años, no habrá tal reivindicación, esto es, vuelta de las tierras a sus anteriores poseedores. Por lo demás nada se habla de los terrenos adquiridos por medios fraudulentos que lo han sido casi todos.

Pero sigamos examinando el famoso documento de los bribones jefes: “IV. Repartición de todas las tierras baldías y nacionalizadas en toda la República”.

Las tierras baldías son todas aquellas que la burguesía no ha apetecido; tierras pedregosas, desiertos sin una gota de agua, páramos alejadísimos de los poblados o de las vías de comunicación; en una palabra: tierras perfectamente inútiles que, para hacerlas productivas, dentro del sistema capitalista, requerirían el gasto de miles de millones de pesos en obras de canalización, en compra de abonos para tierras tan pobres, etcétera, etcétera. Esas tierras, repartidas entre los pobres, no mejorarían la condición económica de los mismos y es una majadería de las más grandes hacer esa clase de ofrecimientos abusando de la buena fe y del candor de las personas sencillas. Además, la tierra no se labra con las uñas, y el que la trabaja necesita tener provisiones suficientes para esperar la primera cosecha. Suponiendo, sin conceder, que las tierras baldías fueran buenas y tuvieran agua y estuvieran localizadas cerca de los poblados o de las vías de comunicación, ¿con qué dinero podrían comprar los pobres los útiles del trabajo y las provisiones? ¿No es una burla darle un pedazo de tierra para que de ella viva al que no tiene en qué caerse muerto?

Sigamos adelante: “V. Expropiación por causa de utilidad pública, previo avalúo, a los grandes terratenientes que no cultiven habitualmente toda su propiedad; y las tierras así expropiadas se repartirán para fomentar la agricultura intensiva”.

Esto es, que reconociendo el derecho de propiedad privada, y, para no atacarla, porque entonces se perjudicarían los “pobrecitos” señores ricos, estos flamantes revolucionarios, estos canallas que se dicen a sí mismos redentores de la clase trabajadora, van a calcular el valor de las tierras que los hacendados no cultivan habitualmente, y que, por lo mismo, deben ser malísimas en la generalidad de los casos, para que los pobres a quienes las repartan las paguen a los ladrones que hoy las retienen, como se verá por la cláusula siguiente:

VI. A fin de no gravar el Erario, ni echar mano de las reservas del Tesoro [que se quedarán entre las uñas de los jefecillos], ni mucho menos aumentar con empréstitos en el extranjero la deuda exterior de la Nación, el Gobierno hará una emisión especial de Bonos Agrícolas para pagar con ellos los terrenos expropiados [¡valiente expropiación!], y pagará a los tenedores [que serán los hacendados] el interés del cuatro por ciento anual hasta su amortización [con lo que los hacendados estarán recibiendo ganancias anuales sobre tierras que, antes de la llamada expropiación, no les producían un solo centavo desde el momento en que no las dedicaban al cultivo, siendo, por lo mismo, toda una farsa, en beneficio de la burguesía]. Ésta, la amortización, se hará cada diez años con el producto del pago de las mismas tierras repartidas, con lo que se formará un fondo especial destinado a dicha amortización.

Solamente los muy duros de entendederas podrán ver un beneficio a la clase pobre en todo ese galimatías. Los ricos serán los beneficiados, porque encontrarán la oportunidad de vender sus tierras a precios altísimos que los pobres no podrán pagar, pues teniendo que pedir al fiado las provisiones, la madera para hacerse un jacal, los útiles necesarios para el trabajo de las tierras, vestidos, zapatos, etcétera, etcétera, a precios subidísimos, por ser hechas las compras al fiado, y todo esto sin contar los años de malas cosechas, los préstamos en metálico de los usureros, la compra de medicinas, etcétera, contribuirá a que las tierras caigan en poder de los mismos hacendados a quienes fueron compradas, habiendo ya ganado éstos el cuatro por ciento anual.

¡Brillante negocio para los ricos; ruina y desesperación para los pobres! ¡Para comprar tierra no se necesita hacer una Revolución, señores jefes, burgueses! ¡Para comprar tierra no necesitan los proletarios derramar su sangre!

Hermanos desheredados que militáis en las filas de los que se oponen a que toméis desde ahora todo cuanto existe: fusilad a vuestros jefes. Ellos os engañan, deliberadamente os engañan, abusando de vuestra buena fe. No dejéis nada “para después del triunfo”. Tenéis las armas en la mano, ¿qué esperáis? ¿Esperáis a que suban vuestros verdugos para que os den un puntapié en el trasero como premio a vuestros sacrificios?

Enarbolad la Bandera Roja y, por dondequiera que paséis, decid a vuestros hermanos de miseria: ¡todo es vuestro! ¡Tomad sin pagar, pues todo lo ha hecho la Naturaleza para todos! ¡Y lo que no ha sido hecho por la Naturaleza, ha sido el producto del sudor del pobre, y para el pobre debe ser!

¡Mueran los jefes! ¡A expropiar! ¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 85, 13 de abril de 1912



[i] Jesús José Campos (a) Cheché (ca. 1884-1913). Agricultor y cabecilla revolucionario lagunero de inciertos orígenes. Se levantó en armas contra el régimen de Díaz formando parte de las fuerzas de Pascual Orozco, y siguió a éste cuando se rebeló contra Madero en 1912. Al lado de Benjamín Argumedo participó en varias acciones bélicas en los estados de Durango y Coahuila. Reconoció el gobierno de Huerta. Fue capturado en Torreón; se le formó un consejo de guerra y fue fusilado.

[ii] Benjamín Argumedo (¿?-1916). Sastre, talabartero y general duranguense. Se unió al maderismo en 1910 tomando parte en diversas acciones bélicas en la región de La Laguna. En 1912 se sublevó contra el gobierno de Madero uniéndose a la rebelión orozquista. Reconoció el gobierno de Victoriano Huerta y se incorporó al ejército federal con el grado de general brigadier. Combatió contra las fuerzas de Francisco Villa en el estado de Coahuila. Fue nombrado comandante militar del distrito sur de Chihuahua. A la caída de Huerta se adhirió brevemente al zapatismo y luego se puso a las órdenes del gobierno convencionista. Operó en Guerrero, el Estado de México y San Luis Potosí. En Durango y Zacatecas combatió al ejército constitucionalista. Capturado por las fuerzas de Francisco Murguía, se le formó consejo de guerra y fue fusilado.

[iii] Gonzalo C. Enrile (¿?-1921). Político chihuahuense. Durante los últimos años del régimen porfirista se desempeñó como vicecónsul de México en Del Río, Texas. Ocupó otros cargos diplomáticos menores en Clifton. Se sumó a la Revolución en las filas de Pascual Orozco, en cuya facción alcanzó el grado de coronel y fungió como operador político y financiero. Suscribió el Plan de la Empacadora. En marzo de 1912 dirigió una comunicación a la Cámara de Diputados solicitando que ésta desconociera a Francisco I. Madero. En el transcurso de la rebelión orozquista fue puesto bajo sospecha de espionaje al servicio del Gobierno Federal. Reconoció a Victoriano Huerta como Presidente de la República, y a la caída de éste se exilió en La Habana. En 1916 se desempeñó como agente de Félix Díaz en Berlín, con la finalidad de ob­ tener el apoyo de Alemania en un levantamiento contra el gobierno de Venustiano Carranza. Murió en 1921 durante el levantamiento contra el gobierno de Manuel García Vigil en Oaxaca.

[iv] Félix Terrazas. Agricultor chihuahuense. Formó parte de los “irregulares” de Chihuahua que Madero no pudo reducir a la vida civil tras los acuerdos de Ciudad Juárez de mayo de 1911. En marzo de 1912 se sumó a la rebelión orozquista y fue uno de los firmantes del Plan de la Empacadora. Como otros colorados reconoció al gobierno de Victoriano Huerta y combatió al constitucionalismo. Tras el cerco a Ojinaga por parte de la División del Norte, en enero de 1914 cruzó la frontera con las tropasfederales que huían de Francisco Villa y fue recluido en Fort Bliss, de donde consiguió evadirse para regresar a México y reunirse con Benjamín Argumedo. A su lado participó en la batalla de Zacatecas contra la División del Norte y fue uno de los 93 sobrevivientes que lograron escapar a Aguascalientes.

[v] José Córdova (¿?-ca. 1945). Cabecilla revolucionario chihuahuense. Se levantó en armas en 1910 siguiendo a Madero. Amigo personal de Pascual Orozco, lo apoyó en su rebelión contra el gobierno maderista. Suscribió el Plan de la Empacadora. Tras la derrota de las fuerzas orozquistas se refugió en los Estados Unidos donde fue aprehendido por violación de las leyes de neutralidad. Retornó a México a principios de 1913, y fue comisionado por Orozco para ponerse en contacto con los líderes del cuartelazo de la Ciudadela. Se le considera como el operador político que allanó el camino para el reconocimiento del régimen de Huerta por parte de la facción orozquista.