La Bandera Roja

 

Halagüeñas son las noticias que hemos recibido esta semana de la actividad de nuestros grupos de compañeros combatientes; pero no hablaremos de todos ellos para evitar que algunos de los planes que tienen formados sean conocidos por el enemigo. Bástenos decir por lo pronto que el movimiento se orienta mejor cada día; que el pueblo, en general, desconfía de las promesas de los jefes, y que por todas partes se forman guerrillas dispuestas a llevar a cabo la expropiación de la tierra y de la maquinaria de producción para ir dejándolo todo en poder de los trabajadores.

La propaganda de nuestras ideas se intensifica más cada día en toda la extensión de la República Mexicana. Compañeros de buena voluntad recorren el país, como pueden, con sacrificios, llevando la buena nueva a los hogares de los proletarios, convenciéndolos de que es inútil esperar algún beneficio de parte del gobierno, cualquiera que sea el individuo que se encuentre en el poder; explicándoles que solamente por medio de la expropiación de la riqueza que detentan los ricos, convirtiéndolas de propiedad privada en propiedad común, se dará fin a la miseria y a la tiranía.

Esta propaganda individual, así como la espléndida propaganda de los grupos armados que a la prédica acompañan la acción, encauzan admirablemente el movimiento revolucionario y darán como resultado, tenemos fe en ello, la libertad completa del pueblo mexicano si todos somos constantes, si nadie retrocede ante la magnitud de la obra emprendida, si nadie vacila, si conservamos intacto el santo entusiasmo que arde en nuestros pechos.

Nuevos datos sobre los varios grupos libertarios que operan en el norte de Coahuila nos hacen conocer la importancia de los trabajos de esos dignos compañeros, su bravura, su abnegación. Datos complementarios del imperante combate librado el 31 de marzo por los nuestros contra los federales, entre los ranchos de San Gregorio y La Parida, nos hacen saber que el estimado compañero Teodoro Chávez murió en esa acción de guerra, y hubo tres heridos. Nuestros heridos siguen a nuestros compañeros.

Los nuestros levantaron el campo, y encontraron un federal muerto; diez caballos, tres de ellos muertos; diez monturas, parque, armas, todas las provisiones de los derrotados y una buena cantidad de sombreros que, en su desatentada fuga, dejaron los esbirros.

El compañero Pedro N. Ortega[1] se distinguió por su valor, demostrando inteligencia y audacia. Para él no había lugar peligroso. Hizo un prisionero a quien interrogó de esta manera: ¿por qué haces armas contra tus hermanos de miseria? Porque me pagan por ello, contestó el esbirro. Pues, bien, dijo el compañero Ortega, grita ¡Viva Tierra y Libertad! El esbirro gritó. Ahora, escucha, dijo Ortega; tú te ganas la vida asesinando a tus hermanos de cadena; por un sueldo miserable no vacilas en hacer armas sobre los que luchan por la libertad y el bienestar de todos, y, cuando te ves en riesgo de perder tu vida nociva de animal carnicero, entonces lanzas nuestro grito, ¡ah, pero bastante tarde! ¡Muere! Y un balazo privó de la existencia al asesino profesional.

Ortega es un consciente. Él sabe que dejar con vida al enemigo es prolongar la guerra; él sabe que la tiranía no deja con vida a los rebeldes prisioneros; él comprende que hay que devolver golpe por golpe; que hay que contestar al terror con el terror mismo.

Tenemos el gusto de dar a conocer el retrato de este inteligente soldado de la Revolución Social.

Enviamos nuestro aplauso a los dignos compañeros que operan en el Distrito de Río Grande, del estado de Coahuila, no solamente por su notable victoria sobre los federales, sino por el prestigio que están dando a la causa. Por dondequiera que pasan, reciben muestras de simpatía de los pobres que ven en ellos no a los farsantes que prometen “para después del triunfo”, sino a los justicieros que los invitan a tomar lo que les pertenece.

Nuestros compañeros del estado de Tamaulipas continúan aterrorizando a la burguesía y a los caciques, según confesión de la prensa burguesa que sigue considerando “muy peligroso” el movimiento del compañero Higinio Tanguma, quien gana terreno y extiende sus operaciones de guerra en una zona cada vez más amplia.

Nuestros compañeros, que operan en la Baja California, tuvieron un fuerte combate con los federales en La Cañada Verde, saliendo derrotados los federales, quienes dejaron muerto a su jefe, un tal Pedro Arguiles. Arguiles y su pandilla de esbirros, fuertemente atrincherados en su casa, pues además de esbirro el tal Arguiles era burgués, hicieron cerradas descargas sobre nuestros compañeros que, a pecho descubierto, hicieron el ataque hasta lograr que el enemigo emprendiera precipitada fuga al ver caer a su jefe. Los periódicos americanos dicen que nuestros compañeros están sitiados, que ya se les va a aplastar, que su exterminio es seguro; pero lo cierto es que nadie los persigue porque les tienen miedo. Nuestros compañeros han capturado muchos elementos de guerra e invitan a todos los mexicanos que deseen luchar por Tierra y Libertad a que vayan a unírseles. Nuestros compañeros están deseosos de que los federales que están en Tecate se alienten a luchar con ellos para ganar más elementos, pero los cobardones federales no quieren abandonar sus fuertes posiciones para pelear con los nuestros que tienen su cuartel general en la Sierra de Juárez. Solamente hay que lamentar la muerte del querido compañero Benito Quevedo,[2] valiente entre los valientes, quien por desgracia salió herido y murió al día siguiente. Este bravo libertario murió vitoreando la Bandera Roja, lanzando vivas a la Revolución, y ya para expirar dijo: “soy una vela que se apaga, pero queda una antorcha encendida que es el grupo de Tirso de la Toba”.

Valientes como Quevedo merecen ser saludados con simpatía. Nuestros aplausos también para los compañeros del heroico grupo de nuestro leal compañero Tirso de la Toba. Quevedo dijo bien: “queda esa antorcha encendida”.

¡Adelante, nobles compañeros!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 85, 13 de abril de 1912



[1] Pedro N. Ortega. Fundador, en septiembre de 1911 del grupo Regeneración de Chilton, Texas. En 1912 formaba parte de la guerrilla liberal que operaba en Distrito de Río Grande, al norte de Coahuila. En 1914 residía en Los Ángeles y participaba en las actividades del Centro de Estudios Racionales, desde donde apoyaba a los presos de Texas.

[2] Benito Quevedo. Participaba en la guerrilla liberal encabezada por Tirso de la Toba que operaba en la Baja California a fines de 1911 y principios de 1912.