Continúa el atentado

 

El periódico local, The Los Angeles Times, publicó hace pocos días una noticia acerca de nuestro proceso en que con manifiesto regocijo se descubrían los manejos de algunas individualidades, encaminados a que se nos condene a una larga pena a mi hermano Enrique y a mí.

Sabemos cuáles pueden ser esos manejos: soborno de testigos, falsificación de documentos, soborno de jurados, etcétera, para todo lo cual caerá a chorros el oro que el despotismo mexicano arranca al pobre pueblo para cuyo beneficio luchamos. Así sucedió la vez pasada. Fuimos condenados a presidio por las declaraciones mentirosas de testigos aconsejados; por la presentación de documentos fabricados por detectives; por la resolución de un jurado compuesto de individuos que odian todo progreso.

Desde que se nos redujo a prisión el 14 de junio del año pasado pudimos comprobar que no se trata de ver si hemos violado o no alguna ley, sino de cometer un atentado, de impedir la continuación de un trabajo que no va de acuerdo con los instintos rapaces de la burguesía americana. ¿La prueba? Que los polizontes se echaron sobre las listas de suscriptores y los libros de contabilidad de Regeneración, contra el cual no había acusación alguna, pero con lo que se podía haber dado muerte al periódico. Esos libros y esas listas, así como correspondencia administrativa, valores y otros muchos objetos de la oficina del periódico, se encuentran todavía en las oficinas de las autoridades federales de este país, sin que nada, absolutamente nada justifique la retención de todas esas cosas.

Después, sabiendo las autoridades que somos extremadamente pobres, se nos fijaron fianzas de cinco mil pesos oro, mientras a los ricos acusados de delitos verdaderamente graves se les pone en libertad hasta bajo su palabra de “honor”. ¿No quiere decir eso que hay el deseo de tenernos en la cárcel a todo trance?

¡A eso se le llama justicia! ¡A eso se le llama orden! Compañeros, hay que estar bien pendientes de lo que resulte de este proceso. No dejéis de exigir desde ahora que se nos ponga en absoluta libertad. Enviad vuestros comunicados a William H. Taft,[1] Washington, D.C.

Que vean los opresores de este país que el proletariado de todo el mundo está con nosotros.

Pensad, desheredados, en que se trata de restar fuerza al movimiento libertario de México; pensad en que ya es tiempo de que el proletariado mundial haga sentir su fuerza, y afirmad con hechos la solidaridad que debe existir entre todos los hambrientos del mundo para sacudir la tiranía que por miles de años hemos sufrido los desheredados de la riqueza social.

No penséis que el miedo de entrar a una prisión nos hace pedir vuestra ayuda. A nada le tenemos miedo por lo que a nosotros personalmente concierne. Por largos años hemos vivido en los presidios de México y de los Estados Unidos por nuestra lealtad a la causa de los oprimidos, hemos estado a punto de ser fusilados; hemos corrido el riesgo de ser asesinados en el fondo de nuestros calabozos; el puñal nos ha espiado; hemos tenido encuentros personales con asesinos pagados por la tiranía; hemos vivido en la más abyecta miseria. Nada de eso nos espanta, pero sí sentimos honda pena cuando pensamos que tal vez pueda ser desviado, desnaturalizado, el bello movimiento mexicano por políticos y por cazadores de puestos públicos si llegase a faltar nuestra cooperación a dicho movimiento.

No por esto se crea que nos consideramos necesarios. No hay hombres necesarios; puede haber hombres de mejores luces, de verdadero talento, de más clara inteligencia que la nuestra, pero no de mejor buena voluntad; los habrá tan sinceros como nosotros, pero no más sinceros; los habrá igualmente firmes que nosotros, pero no más firmes, y ya que nuestros esfuerzos son sinceros, impedid que sean restados del movimiento proletario exigiendo con energía que se nos ponga en absoluta libertad.

No hay que olvidar que el 18 de este mes se ve en jurado nuestro proceso.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 85, 13 de abril de 1912



[1] William Howard Taft (1857­1930). Abogado y político estadunidense afiliado al Partido Republicano. Gobernador de Filipinas entre 1900 y 1904; secretario de Guerra en el gabinete de Theodore Roosevelt y gobernador provisional de Cuba. Ocupó la presidencia de su país de 1904 a 1913. Durante la Revolución Mexicana ordenó la movilización de tropas rumbo a la frontera con el objeto aparente de velar por los intereses y las propiedades de los ciudadanos norteamericanos en México, lo que significó la amenaza latente de una intervención militar. Mantuvo una relación inicialmente cordial con la administración maderista, que se fue tornando hostil al grado de que la intervención política de su gobierno fue determinante en la caída de Madero y el ascenso de Huerta. En 1913 fracasó su tentativa de reelección ante Woodrow Wilson. Al concluir la Primera Guerra Mundial participó en la elaboración de los Tratados de Versalles. Posteriormente se desempeñó como presidente de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos.