La Revolución Social

 

Digan lo que quieran los enemigos de la Revolución Mexicana, ésta es de carácter marcadamente económico. Desde un principio afirmamos que el proletariado mexicano no se había levantado en armas por el simple gusto de tener un nuevo verdugo. Desde un principio dijimos que el pueblo mexicano se había levantado en armas porque tenía hambre de pan y de justicia.

Los hechos, no las palabras, han venido demostrando que estábamos en lo justo, y, todavía más, que hemos obrado como verdaderos revolucionarios procurando que el gran movimiento tome una orientación decidida hacia el comunismo. Ése es nuestro deber de revolucionarios sinceros.

Algunos sociólogos de estrado han criticado el movimiento mexicano porque no comenzó siendo netamente comunista desde un principio. Pretendían esos señores, entre los que descuellan Luigi Galleani y Juan Grave, que la Revolución Social fuera obra de un día, de una semana o de unos cuantos meses, sin recordar que el maestro, Pedro Kropotkin, dijo en una carta, fechada en Londres el 15 de noviembre de 1909, las siguientes sabias palabras:

Toda revolución se inicia tímidamente con hechos de importancia infinitamente pequeña; pero toda revolución asciende a medida que se prolonga.

Si ella dura dos, tres, cuatro años; si los revolucionarios son bastante inteligentes para no permitir la consolidación de un gobierno fuerte, esa revolución ascenderá hasta el comunismo. Y si no se comienza la revolución con alguna cosa, aunque sea bastante lejana del comunismo, no se logrará nunca nada, como en Rusia.

Nuestra obra de agitación por medio de la idea, y la agitación por nuestros bravos compañeros que sostienen la Bandera Roja en los campos mexicanos, están dando sus frutos: la prolongación del movimiento, para que no vuelva a haber un Gobierno estable en México, pues desde un principio hemos creído como nuestro viejo camarada Kropotkin que, mientras mayor duración tenga un movimiento revolucionario, más se radicalizan las tendencias; más amplias son las aspiraciones populares y más fácil es llegar al comunismo.

Otro de los frutos de nuestra incesante propaganda es la expropiación de la tierra y de la maquinaria de producción. Desde hace muchos números, Regeneración ha venido dando cuenta de los actos de expropiación de la tierra llevados a cabo por multitudes de proletarios que se han puesto a trabajarla con el fusil terciado. Los lectores de Regeneración habrán visto que, cuando los proletarios no pueden sostener la expropiación de la tierra por falta de armas, arrasan las haciendas y los poblados para que, si ellos tienen que sufrir, que sufran igualmente sus verdugos. Habrán visto también los múltiples casos de sabotaje, de huelga revolucionaria, de consciencia de clase de los proletarios mexicanos.

La prensa de todos los colores admite que no se trata de una revolución política, sino de un movimiento económico, de una guerra de clases que, si los libertarios la fomentamos, terminará con el comunismo. Y hemos visto, igualmente, que, por instinto, por herencia, el pueblo mexicano, pueblo no corrompido con los hábitos del ahorro, pueblo sencillo, es apto para el comunismo, comunismo que, en parte, ha practicado por miles de años. Además, sabido es que el pueblo mexicano odia cordialmente a la Autoridad y al Capital, a pesar de las prédicas del clero embaucador.

El Imparcial, del 22 de marzo, al hablar del movimiento revolucionario en el estado de Oaxaca, dice:

Las principales plantas despepitadoras de algodón de Jamiltepec, han sido destruidas por los revolucionarios. Para salvarse del ataque de los rebeldes del rumbo, algunas personas permanecieron en los bosques de Playa, escondidas varios días, alimentándose sólo de cocos y de tortugas. Los pueblos que rodean la finca de San José Ejutla, desean repartirse sus terrenos y al efecto se disponen a atacarla.

El mismo periódico, dice el 29 de marzo al hablar del movimiento revolucionario en el Distrito de Tlapa, estado de Guerrero: “La finca de Jicayán, propiedad del señor Daniel Pérez Ruiz, fue vaciada por completo. Los indígenas se repartieron los terrenos y los revolucionarios se llevaron veinte mulas y diez caballos e incendiaron los campos de caña”.

El mismo periódico del 5 de este mes, en un telegrama más que le remite su corresponsal en Oaxaca, revela la gravedad de la situación en aquel importante y riquísimo estado. Dice así: “A consecuencia de las prédicas socialistas de ciertos agitadores, los indígenas de algunos puntos del Estado, están cometiendo atentados. Varios, con motivo de la cuestión agraria, han cortado las cosechas de varias fincas ajenas, han suprimido el agua de regadío y han efectuado otros excesos”.

El mismo periódico dice el 7 de abril: “Siguiendo los consejos de los zapatistas que estuvieron en Tepeaca, Estado de Puebla, algunos indígenas se han posesionado del terreno de la hacienda de San Miguel La Pila, propiedad del señor Luis Pacheco, y situada por aquel rumbo”.

Estos datos, unidos a todos los que han sido presentados en las columnas de Regeneración desde hace muchos meses, demuestran que el movimiento es económico y que no se necesita más que buena voluntad, firmeza y lealtad a la causa del proletariado, para que al fin veamos ondear triunfadora la bandera de los pobres, la gloriosa Bandera Roja de los libertarios mexicanos.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 86, 20 de abril de 1912