La violencia

 

Es inútil retorcerse los brazos ante los estragos que causa la Revolución. Mejor saludémosla con entusiasmo.

El progreso humano tiene necesidad de esas catástrofes. Sin ellas, la especie humana continuaría gimiendo bajo el yugo de los faraones o de déspotas de Oriente.

El progreso tiene que ir pisando sobre cadáveres. Parece un contrasentido; pero es una gran verdad: destruyendo se construye; produciendo la muerte, se engendra la vida. Se destruye todo lo malo, todo lo que estorba, todo lo que tiraniza, para crear el ambiente dentro del cual podemos ser libres; se mata, para asegurar a todo ser humano el derecho de vivir.

¡Destrucción y matanza necesarias! No habría necesidad de tales catástrofes, si no hubiera personas e intereses que se empeñan en conservar lo que pugna con la libertad y la justicia.

Amemos la Revolución, cantemos a la Violencia, ese brazo robusto que arranca cetros, corta cabezas de malvados y hace añicos formidables Bastillas.

Sin la violencia, el pensamiento revolucionario sería estéril. Sin la violencia, la filosofía revolucionaria dormiría un sueño infecundo en las páginas de los libros. No se derribó la Bastilla con libros, sino con brazos.

Entregarse a histerismos enfrente de la Revolución, es obra de seres pequeños, en negar la historia del progreso. Los mismos que condenan la Violencia ejercitan derechos políticos que nunca habrían sido conquistados sin la intervención del brazo armado. Los Derechos del Hombre son hijos de la Violencia. ¿Por qué no ha de ser igualmente hijo de la violencia el Derecho de Vivir que proclamamos los anarquistas? Desde el momento que hay personas e intereses que se oponen a la implantación de ese derecho, tiene que correr la sangre a torrentes, es preciso recurrir a la Violencia.

Sin la Violencia, que emancipó a la ciencia, no habría barcos de vapor, ni tranvías eléctricos, ni barcos aéreos, ni automóviles, ni telégrafo sin hilos, ni nada de lo que constituye el orgullo de los hombres de esta época. Todo eso, considerado por las religiones como engendros del demonio, habría muerto con sus autores en las hogueras de la Santa Inquisición. ¡Recordad a Galileo, acordaos de Giordano Bruno!

¡Honor a la Violencia!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 206, octubre 2, 1915.