El mundo marcha

 

Cuando en 1906 expedimos en Saint Louis, Missouri, nuestro programa de reformas, los “sensatos”, los “serios”, los “cabeza-frías”, así como los timoratos, los pusilánimes, los cortos de espíritu, se retorcían los brazos y exclamaban: ¡Qué audacia! ¡Qué atrevimiento! ¡El pueblo mexicano —gritaban— es muy ignorante para que pueda aprovechar esas reformas!

Se nos llamó locos, desequilibrados, lunáticos, utopistas, a pesar de que era poca cosa lo que en el programa se pedía: repartición de tierras, leyes sobre el trabajo, etc. ¡Un tímido programa socialista!

Pasa el tiempo. El pueblo se levanta en armas contra sus tiranos, y de mil maneras demuestra que quiere mejorar de condición. Entonces los “sensatos”, los “serios”, los “cabeza-frías” adoptan nuestro programa de 1906, y no se conforman con adoptarle como una promesa que debiera realizarse al triunfo de cualquiera bandería política, de las que quieren gobierno, sino que, para aplacar el ardor revolucionario de las masas que ya no quieren esperar, que ya no se conforman con simples promesas escritas, sino que quieren ver desde luego, sin tardanza, la realización de los programas se apresuran a poner en práctica las tímidas reformas que ayer llamaron utópicas. Carranza, por ejemplo, está repartiendo tierras, suprimiendo tiendas de raya, suprimiendo jefaturas políticas, aboliendo las deudas de los peones, esbozando leyes protectoras del trabajador; en una palabra, está poniendo en práctica el programa del Partido Liberal Mexicano, expedido el lo. de julio de 1906.

Pasa el tiempo, y expedimos nuestro Manifiesto de 23 de septiembre de 1911 en el cual se aboga por la implantación del comunismo anarquista en México. Los “sensatos”, los “serios”, los “cabeza-frías” vuelven a llamarnos locos, desequilibrados, lunáticos, utopistas, alegando que el pueblo mexicano no está preparado para la anarquía; pero contra los argumentos más o menos brillantes de esos “serios” se levantan elocuentes los hechos para demostrar que no somos locos ni desequilibrados, ni lunáticos; que nuestras teorías responden a necesidades fuertemente sentidas por una buena parte de la población mexicana: que nuestras ideas no son hijas de una fantasía loca, sino el resultado de la observación, del estudio atento de las costumbres, de las tendencias, de las tradiciones, del temperamento, de los instintos, del ambiente tanto físico como moral; en suma, de todo lo que contribuye a la formación de la mentalidad del pueblo mexicano.

Locos son los que se empeñan en conservar el principio de autoridad para un pueblo que apuñalea al gendarme, mira con odio al soldado y se siente inquieto cuando escucha las palabras: juez, magistrado, gobernante, que, para él, no significan amparo o apoyo, sino opresión e injusticia.

Locos son los que quieren respete la ley un pueblo que quema archivos judiciales y administrativos; que no necesita juez ni cura para unirse en matrimonio; que oculta y protege al delincuente; que canta las hazañas de los que se ponen fuera de la ley; que toma de donde hay; que mira en el prisionero no a un ser despreciable, sino a una víctima y a un mártir digno de simpatía y de respeto.

Locos son los que tratan de hacer vivir el sistema de la propiedad privada, que es el que produce la desigualdad social, para un pueblo que tiene conciencia de clase; que odia al roto, al curro y al catrín; que se siente humillado si se le da una limosna.

Y cuando se lanza una mirada a ese caos grandioso que se llama Revolución mexicana y se analizan los hechos que actualmente ocurren, se comprenderá sin esfuerzo que nuestro Manifiesto de 23 de septiembre de 1911 no es una cuña encajada a golpe de marro en el movimiento revolucionario, sino la expresión más sincera de un conjunto de ideas y de sentimientos que viven en el cerebro y en el corazón del pueblo mexicano.

Estas ideas y estos sentimientos forman en la actualidad el ambiente dentro del cual se desarrollan hechos de la mayor importancia para el movimiento obrero mundial. Extensas zonas permanecen substraídas a toda autoridad; el Capitalismo ha desaparecido de grandes regiones; el Clero tiende su velo al extranjero.

Tengamos confianza en el porvenir. Nuestro programa de 1906 está siendo practicado por el Gobierno, y nuestro Manifiesto de 23 de septiembre de 1911 está siendo practicado por las masas desheredadas. ¡Adelante! ¿Por qué no debemos esperar que el resultado de la presente Revolución sea el comunismo anarquista? ¿No ya también los prohombres del carrancismo comienzan a hacer propaganda anarquista? Léanse con atención los escritos de Gerardo Murillo, que escribe con el seudónimo de Dr. Atl, y se encontrará en ellos más material anarquista que en muchos periódicos anarquistas.

Eso se debe a que en el ambiente flotan nuestras ideas.

El Manifiesto de 23 de septiembre de 1911 triunfará.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 207, octubre 9, 1915.