Notas al vuelo

 

Dice Adolfo Carrillo[1], el Cónsul carrancista en Los Ángeles, que su amo hará en un mes la pacificación del país, según ve en una entrevista que con él tuvo un escribidor del nauseabundo “Times”.

¿Bromeas, chico? A no ser que el insigne negrero de Cuatro Ciénegas, traicione a su clase, la burguesa, y haga entrega al pueblo de la riqueza social. Pero eso, es pedir peras al olmo.

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            El reconocimiento de Carranza como Jefe del Poder Ejecutivo, extendiendo al insigne trabajador por los capitalistas representados por sus respectivos gobiernos, ha sacado de quicio a Carrillo, por lo que sigo viendo en la antedicha entrevista. Dice Carrillo, abrochándose un botón del pantalón que había tenido la ocurrencia de salirse del ojal: “Según los despachos que acabo de recibir, la primera medida que va a ser tomada, es el cambio del asiento del gobierno, de Veracruz, a la ciudad de México.”

Con esa medida, ¡adiós doña Hambre! ¡Se acabo la miseria!

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            Carrillo se lame el desmedrado bigotillo pensado en elecciones y futuros hartazgos, pues si el pueblo no tendrá que comer bajo la administración carrancista, si comerán hasta hartarse todos aquellos que no han empuñado un fusil, ni hecho sacrificio alguno para encumbrar a Barbas de Chivo, que engolfado está en sus sueños gastronómicos, que no sabe lo que dice al escribidor del “Times”, y por eso, al hablar de de las elecciones que va a preparar Barbas de Chivo, echa a volar esta barbaridad: esta elección … será tan limpia como cualquiera efectuada en los Estados Unidos

Carrillo lleva muchos años de residir en los Estados Unidos, y, por lo visto, no le han bastado esos largos años para saber que las elecciones aquí, en los Estados Unidos, son la farsa más repugnante que pueda apetecerse. ¡Que elecciones limpias ni que niño muerto!

Continúo dándome la lata de leer la entrevista de Carrillo, para ver si en alguna parte de ella hay algo que se refiera a algún plan que tenga como resultado asegurar al pueblo la subsistencia ¡Nada! Elecciones y más elecciones, y el tiempo se pasará en elecciones y los pobres firmarán boletas electorales, pero no llevarán a sus estómagos un pedazo de tortilla. Podrán, después de tanto perderse el tiempo en elecciones, Barbas de Chivo se sentará definitivamente en la silla presidencial, según Carrillo, y durará en ese trono la friolera de seis años, tiempo más que suficiente para echar rastrillo a las arcas de la nación y después de ese trabajillo; dice Carrillo, “se retira a la vida privada cuando la República Mexicana haya recobrando anterior grandeza.”

¡Ya apareció el peine! Lo que quiere Barbas de Chivo, es que el país vuelva a hallarse en las mismas condiciones en que se encontraba bajo el despotismo de Porfirio Díaz.

¿Cinco años de Revolución para volver a la esclavitud? No fumamos ya de ese tabaco, ilustre negrero.

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            Carrillo sueña transformarse de mezquina oruga consular en brillante mariposa, diplomático, esto es, desea dejar de ser triste consulillo y lograr el puesto de Embajador, y, como en política se eleva el que más se arrastra, toma las tijeras, la navaja, la brocha y el jabón para afeitar a su hirsuto amo, exclamando conmovido: “Él (Barbas de Chivo) levantó a Villa, de bandido que era, solo para que ese bandido se volviera en su contra.”

Yo creo que si Villa es un bandido, bandido también lo es Barbas de Chivo, con la diferencia de que Villa era un hombre que arriesgaba su existencia para ganarse la vida; luchaba a brazo partido y a pecho descubierto contra la ley maldita que lo tenía proscripto, mientras que Carranza es un bandido que dentro de la ley, sin arriesgar ni su libertad ni su vida despreciable, roba el trabajo de los peones de sus haciendas. Villa robaba a los ricos, mejor dicho, no les robaba, porque no es robo despojar al burgués de lo que tiene, ya que lo que tiene el burgués se lo ha robado al pobre, practicaba un acto de justicia, mientras que Carranza es un verdadero criminal, porque sin derecho alguno priva a los trabajadores del producto íntegro de su trabajo. De bandido a bandido, me simpatiza más Villa, Carranza es un bandido cobarde que no tiene el valor de enfrentarse al burgués y retorcerle el pescuezo. Carranza roba a seres indefensos. ¡Es un… infeliz ladrón!

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            Después, Carrillo hace su autobiografía; que escribió aquí, que garrapateo acullá, que recorrido el mando como un nuevo Judío Errante, en fin, lector, cosas que ni a ti ni a mi nos interesan. Total: que después de tantos afanes no ha podido conseguir otra cosa que un hueso pelón: un consuladillo barbachivista, cuando por los méritos que aduce merecería ser hasta portero e algún ministerio…

¡Pobre Carrillo!

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            Los organillos villistas están furiosos por el hecho de haber sido reconocido Barbas de Chivo como Jefe del Poder Ejecutivo de la República Mexicana.

Eso es ahogarse en un vaso de agua. Lo que se necesita reconocer es el Derecho de Villa. Preconocedlo, villistas, y Carranza no durará veinticuatro horas en la Silla Presidencial. Despojaos de toda ambición personal y adoptad con valor los principios emancipadores del Manifiesto de 23 de septiembre de 1911. Este es el momento de hacerlo… ¡Ahora o nunca!

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            Grande alharaca han armado los señores de sotana por el hecho de haber sido reconocido Barbas de Chivo. Creían esos inocentes que el carrancismo continuaría apoyando, o al menos, tolerando, los sentimientos anticlericales de las masas populares; pero el alma les habrá vuelto al cuerpo, como ellos dicen, al ver que Carranza, para lograr ser reconocido por los gobiernos extranjeros, ha tenido que traicionar a la Revolución comprometiéndose a no perseguir al Clero y a respetar al Capital.

Desengañémonos: ningún gobierno puede pasársela sin el sacerdote. Capital, Autoridad, Clero son tres cosas que no pueden separarse.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 209, octubre 23, 1915.



[1] Adolfo Rogaciano Carrillo (Sayula, Jalisco, 1865- Estados Unidos, 1926) Periodista y escritor originario de Sayula, Jalisco. En su estado natal editó La Picota (1877) y La Unión Mercantil (1878). En la capital de México publicó El Correo del lunes, seminario antiporfirista clausurado en 1886. Tras pasar unos meses en prisión, salió del país, al que jamás regresaría. Protegido por Sebastián Lerdo de Tejada, se estableció en Nueva York, donde redactó las famosas Memorias inéditas de Sebastián Lerdo de Tejada, basadas en las conversaciones que tuvo con el expresidente mexicano, mismas que aparecieron sin su firma al ser publicadas por primera vez en 1890 por el periódico antiporfirista El Mundo, de Laredo, Texas, cuyo editor Ignacio Martínez fue asesinado poco después, a decir de Carrillo por agentes de Bernardo Reyes. En 1910 se unió al antirreleccionismo en California. Intentó que Madero lo nombrara cónsul en Los Ángeles, pero fue Carranza quién le dio el puesto en 1914, mismo del que fue despedido por supuestos manejos fraudulentos en 1916. Los últimos diez años de su vida intentó infructuosamente que el gobierno mexicano publicará sus Memorias de Lerdo, reclamando una autoría que no se atrevió a asumir originalmente.