A los proletarios patriotas

 

Patriotas, escuchad algunas palabras sanas, algunas palabras bien distintas a las que estáis acostumbrados a oír. Son palabras nuevas para vosotros; pero encierran la verdad, nada más que la verdad. Escuchad, pues, con atención, y, si posible es, aprended de memoria lo que os voy a decir.

Os llamáis patriotas; tenéis orgullo en que se os tome por patriotas; la palabra patria ensancha vuestro corazón, y sin embargo, obráis como traidores; con vuestros actos dais a vuestra patria querida un golpe por la espalda.

Vuestro patriotismo consiste en amar, en primer lugar, aquel pedazo de tierra que os vio nacer; allí donde se arrastró vuestra inocencia en vuestros primeros pasos por la senda de la vida; el pueblo, el caserío, el jacal perdido en el bosque, en la llanura, en la montaña, y el territorio que abarca vuestra mirada, donde corristeis y travesureaisteis cuando niños, y que, más tarde, ya mozos, fue testigo de vuestros amores, de vuestras dichas, ¡ay! También de vuestros pesares y sinsabores. Amáis aquel pedazo de tierra, con un amor dulce y sano, y lo encontráis bello aunque para otros parezca feo, y si estáis fuera de él a veces no podéis reprimir un suspiro al recordarlo, por más que en él hubierais sido desgraciados. Ese amor al terruño es natural; lo sentís en vuestro corazón, sin necesidad de que alguien os lo haya inculcado; parece como que aquel pedazo de tierra contiene algo de vuestro ser; como que formáis parte de él; es que vuestra vida sentimental está estrechamente unida a él: en él residía la muchacha que infiltró en vuestros corazones las dulzuras y los tormentos del amor; allí están vuestros primeros amigos; los rostros de los vecinos os son familiares.

Pero vuestro patriotismo se ensancha: ya no consiste solamente en el amor al terruño, sino que comprende un cierto sentimiento de simpatía para con los individuos que hablan vuestro propio idioma, que tiene tradiciones comunes a las vuestras, que como vosotros participan de los mismos prejuicios, adolecen de las mismas preocupaciones y en cuyos pechos anidan virtudes análogas y serpean y se entremezclan vicios parecidos. Ese patriotismo es sano todavía, porque es un sentimiento natural, que nadie os ha inculcado, y no os estimula a cometer villanías.

Mas viene otro patriotismo, un patriotismo artificial, que os ha sido enseñado desde niños, un patriotismo oficial, se puede decir, porque es administrado, sugerido, fomentado, robustecido por el gobierno, ese perro obediente de la clase capitalista o burguesa. Este patriotismo es muy distinto de los dos que os acabo de bosquejar. Si aquellos dos consisten en sentimientos delicados de simpatía y de amor y provocan emociones dulcísimas y embargan de ternura vuestros pechos, el patriotismo artificial, el patriotismo oficial, el patriotismo burgués, para decirlo de una vez, no hace otra cosa que despertar dentro de vosotros la bestia que dormita. Este último patriotismo es feroz, brutal, sanguinario, cruel, inhumano, injusto, odioso. Este último patriotismo, es el que pone en vuestros ojos una verdadera sangre cuando veis a un extranjero; este patriotismo es el que os enseña a odiar a todo aquél que no haya nacido en el lugar donde vosotros nacisteis o donde nacieron las personas que con vosotros tienen un idioma común, tradiciones y preocupaciones idénticas, vicios y virtudes análogos y que adolecen de los mismos prejuicios. Este patriotismo os dice que sois los hombres más inteligentes, más valientes, más virtuosos del mundo; este patriotismo irracional os señala como enemigo mortal a todo ser humano que no haya nacido dentro de las fronteras de la patria; este patriotismo es el que os enseña a amar una bandera que no tiene más valor que el del trapo con que está hecha; este patriotismo ha sido hábilmente inculcado por la burguesía y los políticos, para que arremetáis contra los seres humanos que pueblan los países que se extienden más allá de las fronteras y de los mares, cuando los burgueses de vuestra patria quieren aumentar sus caudales a costa de los caudales de los burgueses de las otras patrias, y así las palabras bombásticas de integridad de la patria, honor nacional, dignidad de la bandera y otras semejantes, y que tan gratas son a vuestros oídos porque esos han venido repitiendo desde cuando erais niños, pueden ser traducidas por estas otras: defensa de un sistema económico, político, social y moral que tiene a la humanidad dividida en opresores y oprimidos, hecha por los oprimidos mismos, pues son los proletarios, los de abajo, los trabajadores, los parias, los ilotas y no los burgueses por cuyo bienestar se hacen las guerras, los que empuñan el rifle, para hacer pedazos, para exterminar, para asesinar a los oprimidos, a los proletarios, a los de abajo, a los trabajadores, a los parias, a los ilotas de las otras patrias.

Pues bien, proletarios mexicanos acabáis de cometer un acto de traición al consentir con vuestro silencio que Carranza hubiera pactado con los gobiernos extranjeros la muerte de la Revolución. Si sois patriotas de la escuela oficial, esto es, si amáis la patria que el gobierno enseña a amar, habéis cometido un delito, porque el honor de esa patria consiste principalmente en su soberanía, en su independencia política y económica de los gobiernos de las otras patrias, y al consentir que gobiernos extranjeros se hayan entrometido en sus asuntos internos, habéis permitido que se ultrajara su soberanía, esto es, la facultad que tiene, como patria independiente, de regir por si misma sus destinos. Pero como esa patria oficial es la de los burgueses, poco importa que la hayáis traicionado; lo que sí importa es que al traicionarla, os hayáis traicionado vosotros mismos comprometiendo vuestro porvenir y el de vuestros hijos, porque los burgueses, que son los directamente interesados en que se haga la paz, tienen mucho qué perder con la prolongación de la Revolución, pues son los dueños de la tierra, de las casas, de los bosques, de las aguas, de las minas, de los talleres, de las fábricas, de los ferrocarriles, de los almacenes, de todo cuanto existe. En cambio, vosotros, ¿qué teníais qué perder? Nada: y si mucho que ganar: la posesión de toda esa riqueza.

He aquí proletarios, como se juega con vosotros con el patriotismo; como llamándolos patriotas, tanto proletarios como burgueses, lo que aprovecha a unos perjudica a los otros y viceversa. He aquí como con un mismo acto: el de traición a la patria, los burgueses se han beneficiado y vosotros os habéis perjudicado. Eso proviene del hecho de que la clase trabajadora y la clase capitalista, no tienen nada que las afecte del mismo modo, que sus intereses son diametralmente opuestos, y que, por lo mismo, si guerra ha de haber, que sea una guerra contra los burgueses, una guerra de clases, viendo como amigos y hermanos a los trabajadores de todas las razas, y como enemigos a los burgueses de todos los países.

Si sois patriotas en el sentido sano de la palabra, esto es, si vuestro patriotismo se reduce a abrigar sentimientos de simpatía por el lugar en que visteis la luz por vez primera y por la región en que viven las personas que hablan vuestra lengua, y con quienes tenéis tradiciones y preocupaciones comunes, etc., y no abrigar odio contra los individuos a quienes tocó nacer en otras regiones del planeta, derribad a Carranza y derribad todo gobierno que se pretenda establecer, porque el gobierno perpetúa la patria burguesa, la patria feroz que infunde y atiza el odio de razas para que los oprimidos de las diversas patrias se despedacen entre sí cuando convenga a los intereses del capital; y si sois patriotas amantes de la patria burguesa, haced igual cosa: derribad todo gobierno, en vista de que la patria burguesa es solamente una alcahueta inventada por los ricos y los políticos, para servirse del pueblo en el terreno político y en los campos de batalla.

Arriba, mexicanos, contra vuestros verdugos.

¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 210, octubre 30, 1915.