Notas al vuelo

 

La escena tiene lugar en el Teatro Herrera, de Torreón, un verdadero teatro del pueblo. Se trata de una velada que la soldadesca carrancista celebra en honor de Barbas de Chivo, que se encuentra de paso en su gira por el territorio controlado por sus vándalos. El alumbrado no es bueno; pero como todos están bien “alumbrados,” pueden pasarla sin el ocote o el petróleo. La fecha del acontecimiento es el 21 de octubre de 1915, y los héroes de la fiesta son: Álvaro Obregón y, naturalmente, Barbas de chivo, pues que en honor suyo se celebra. Barbas de Chivo está pálido: Obregón, radiante; pero la penumbra discreta no permite que se advierta la palidez del miedo del primero ni el entusiasmo alcohólico del segundo. Una mala música, de a peseta la hora, moneda carrancista, ameniza el acto. Fuerte olor a tabaco y a mezcal acaricia las narices. El bello sexo brilla por su ausencia… no fuma tabaco constitucionalista. La sala está llena de animales en dos patas. Alguien asegura que los hay en cuatro; pero lo que si es rigurosamente cierto, es que hay uno en tres: Álvaro Obregón.

Un golpe dado con el pomo de un sable en una hoja de lata, indica que el acto va a principiar, pues aunque los señores militares son de muchas campanillas, no hay una disponible en el momento. Álvaro Obregón se pone en tres pies, pues no hay que olvidar que una bala estúpida por llevarle la cabeza, le arrancó una pata; abre el hocico y rebuzna de esta suerte: “Se encuentra entre nosotros nuestro Primer Jefe, accediendo bondadosamente a una invitación que en mi nombre y en el de todos los demás jefes le hice.

El burro por delante, que si el orador no fuera un cuadrúpedo, o mejor, por lo de la bala estúpida, un cuadrúpedo convertido en tripié habría puesto en primer lugar a los demás jefecillos, y después, se habría puesto él. Pero continuemos.

Un bizarro soldado constitucionalista, que en honor del Primer Jefe se había echado algunos tragos, rueda, marcialmente, se entiende, hasta donde se encuentran la tambora y los platillos, produciendo gran estrépito. Barbas de Chivo salta de su asiento: Obregón se encabrita; otros animales de la sala braman, rebuznan, relinchan o ladran, según su especie. Por fin, se establece el orden. Obregón prosigue: “…y vos, Señor Carranza, hicisteis muy bien en venir a estos campamentos a vuestro paso los Jefes se descubren, los soldados presentan sus rifles y las soldaderas os gritan “VIVA CARRANZA…”

Y lo que se divertirá Barbas de Chivo viendo desnudos a los jefes, a los soldados presentando sus rifles, mientras las “viejas” aúllan como coyotes. Esa es la obra redentora del constitucionalismo; no se le puede pedir más. Nada del espectáculo grandioso de poblaciones libres entregadas al un trabajo libre. No, eso no reza con el barbachivismo. Nada más que salvajes descubiertos o presentando sus armas, y viejas desmelenadas gritando vivas a su “verdugo”.

Barbas de Chivo escucha atentamente: Obregón tiene sed; entre hipos y carraspeos continúa: “…a estos campamentos donde campean la lealtad, el patriotismo y la gratitud para el ciudadano altivo y viril que supo encabezar al pueblo y señalarnos el camino del honor.”

¡Qué encabezar al pueblo ni que niño muerto! El pueblo ha ido a la expropiación por cuenta propia, contra la voluntad de Barbas de Chivo y en cuanto al camino el honor… muy honorable ha sido pactar con los gobiernos extranjeros, esto es, con los representantes de las burguesías extranjeras, la esclavitud del pueblo mexicano. ¡Y llamar altivo y viril al monigote que se arrodilla ante Wilson para que los banqueros yanquis le paguen su humillación con millones de dólares!

La mitad de la audiencia ronca… tan fastidioso así va resultando el discurso. El mismo Barbas de Chivo cabecea y bosteza a pesar de que el copal es grato a las narices de los ídolos. Obregón se da cuenta del efecto adormecedor de sus rebuznos y da con la pezuña en el piso. Barbas de Chivo despierta sobresaltado, creyendo que el caballo de Villa acaba de presentarse. Obregón grita: “Bienvenido sea el altivo ciudadano; bienvenido sea entre nosotros. Nuestros cañones hace tiempo que no rugen en los campos de batalla, pero están listos. Toda su maquinaria esta aceitada y sus bocas convergerán hacía el punto que vos nos señaléis…”

Nada, nada que indique que el constitucionalismo ha ganado alguna batalla importante contra el Capital, al Autoridad y el Clero, como que no ha librado ninguna. Los borregos constitucionalistas no han hecho otra cosa que embocar sus cañones hacia el punto que les haya señalado Barbas de Chivo, y están listos esos cañones, y hasta acabaditos de aceitar como con tanta elocuencia dice Obregón, para que sus bocas converjan hacia el punto que se les señale, ya sea contra la reacción “científica”, como contra el campesino reivindicador o el anarquista emancipador.

Aquella sala, convertida en verdadera Caja de Pandora, porque en ella se encierran todos los males, brama, bufa, rebuzna, relincha, grane, ladra, aúlla, porque para la distinguida audiencia tan malo es el rapaz “científico” que compite en unas con el mejor carrancista, como enemigos considera al valeroso campesino que en el Sur arrebata la tierra de las garras del señor feudal, y al anarquista sin miedo que en medio de aquel caos de tendencia, de ambiciones malas y nobles, señala el único medio que existe para conseguir la emancipación: la abolición inmediata, sobre la marcha, del derecho de propiedad privada, con lo que ya no tendrán razón de ser su guardián, el gobierno, y su pilar, la religión. Obregón se sobrepone al estruendo, y alargando la pata delantera hacia donde esta Barbas de Chivo, abre la trompa (no hay que olvidar que se trata de puros animales) para soltar esta muestra de modestia militar: “Vengo a deciros en nombre de este ejército que me honro en comandar, que hemos correspondido a la confianza que depositasteis en nosotros con las armas en la mano sin medir el peligro ni detenernos en nada.”

Y es cierto: esos bárbaros no se detienen ante nada. Allí está Juan Hernández García tras de la reja por haber hecho obra de verdadero soldado de la Revolución Social, expropiando en beneficio de los desheredados. ¡No se detuvieron los carrancistas ante ese revolucionario virtuoso!

De los palcos segundos chorrea un líquido que no huele a rosa: es que un jefe barbachivista duerme y sueña que ha caído en poder de una banda libertaria, y, naturalmente, se orina. Los de abajo protestan y se arma otra bulla. Barbas de Chivo, que cabecea otra vez, despierta sobresaltado; las barbas se le enredan en el alfiler de la corbata, y hay necesidad de traer una escobeta del próximo tendajón para desenmarañar aquellas crines; las lámparas despiden más humo que luz; pero ¿no se ha dicho que hay conciencias que no aceptan la luz? Obregón se recoge sobre los cuartos traseros y prosigue de este modo: Encontraréis a vuestro paso muchos hacendados que se quejan de que les hemos quitado una multa o les hemos tomado una vaca…”

Esa es la obra revolucionaria de los barbachivistas: quitar una mula o una vaca al rico, cuando su deber era haberles quitado todas las mulas y todas las vacas para entregárselas a los desheredados. ¡Y decir que luchan en beneficio del proletariado!

La audiencia entera ronca. Decididamente la oratoria barbachivesca va resultando ser un específico para el insomnio. Escuchando a un orador barbachivista, el más duro para conseguir el sueño, se duerme. En sus cabeceos, Barbas de Chivo barre el suelo con las de macho cabrío, en las cuales quedan enredadas algunas “viejas de cigarro, partículas de estiércol y otros desperdicios menores que los pulcros asistentes al solemne acto arrojan a diestra y a siniestra. Obregón esta indignado ante aquella muestra de entusiasmo; pero se aguanta como los hombres, y prosigue en medio de un coro de ronquillos y de otros ruidos sospechosos: “En la frente inmaculada de nuestros soldados se puede leer el futuro de nuestra patria.”

¡Pobre patria! ¡ Su futuro sería el degolladero, porque en la frente del borrego no se lee más que este anuncio: ¡cabeza tatemada!

Para lata, la velada resulta ser inmejorable. Algunos que no tienen la abnegación necesaria para sacrificarse desvelándose en honor del Primer Jefe de Bandidos, comienzan a colar para la calle, a riesgo de ser llevados a algún corral como mostrencos. Obregón no desmaya; Barbas de Chivo profundamente dormido ya, tiene la boca abierta, a la que entra a su gusto una que otra mosca desvelada; dos hileras de dientes amarillos, que parecen haber sido expropiados de una momia de Guanajuato, adornan la boca del “héroe”. Obregón continua la soporífera tirada: “podéis estar seguro de que todos nosotros estamos deseosos de seguir vuestro ejemplo…”

Si Barbas de Chivo no está seguro de ello si lo estamos todos los que sabemos que entre los jefes del barbachivismo no domina otra cosa que la ambición a los puestos públicos, a la riqueza, a las distinciones, aunque todo eso tenga que ser obtenido por medio de la infamia, que en otra cosa es el pacto celebrado con las burguesías extranjeras para sofocar la Revolución.

Ni un bramido, ni un ladrido logra arrancar Obregón con esa frase: todos aquellos animales duermen, si no el sueño del justo, al menos el sueño de la bestia. Obregón, sin desalentarse, sigue barbarizando de este modo. “El enemigo os asecha y os prepara una emboscada.”

Barbas de Chivo salta de su asiento como si hubiera sentido bullirse un escorpión bajo sus augustas posaderas, y con los ojos que se le salen de las orbitas parece preguntar: ¿el enemigo? ¿Dónde esta? ¿Quién es? ¿Será un anarquista de los del Partido Liberal Mexicano? Pero no; lo que tiene a la vista es su rebaño dócil, estúpido, bestial, odioso.

En esta velada, ya sólo dos están en vela; Barbas de Chivo y Obregón; pero al fin, Barbas de Chivo vuelve a ser dominado por el sueño irresistible que provoca la elocuencia cuartelaria del manco, y acompaña con una especie de estertor al concierto de ronquidos de la amodorrada asamblea. Obregón, sin desconcertarse, sigue predicando… en desierto, que a eso equivale predicar entre dormidos. He aquí lo que dijo: “Nosotros viviremos confiados aunque vos estéis allá en el centro de la corrupción, porque vos sois incorruptible, señor Carranza.”

Tiene razón el rebuznador; lo que ya está corrompido no puede corromperse más.

Rendido por el esfuerzo y por el mezcal, Obregón se deja caer como un perro a los pies de su amo. El petróleo se agota en las lámparas y un manto de tinieblas piadosas oculta a la vista de la gente digna aquel amontonamiento de bestias.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 211, noviembre 6, 1915.