A los soldados carrancistas

 

Soldado carrancista, escucha: Muy pronto tu Primer Jefe quedará casi dueño de la situación, y digo “casi dueño de la situación”, porque hay rebeldes que no se someterán a la autoridad de Venustiano Carranza, sino que preferirán continuar con el fusil al brazo, exponiendo una existencia valiosa para la causa de la humanidad, antes que rendir el arma a un Gobierno que, como cualquier otro Gobierno de la tierra, no será otra cosa que el apoyo con que cuenta el capitalismo para poder explotar a su antojo a la clase trabajadora esto es, para tener perpetuamente al pobre bajo el dominio del rico.

Esos rebeldes que continúan en pie son tus hermanos, son pobres como tú, y como tú, antes de empuñar el fusil, regaron su sudor en el surco, abonando con él una tierra que no era suya. Ellos, como tú, se sumergieron audazmente en las tinieblas de la mina, disputando a la roca el metal precioso que iba a llenar otros bolsillos que no eran los suyos. Ellos, como tú, desafiaron en la fábrica la anemia y la tisis al lado de esos trabajadores de hierro que se llaman máquinas, produciendo telas que no habían de cubrir sus desnudeces, zapatos que no habían de calzar sus pies, muebles que no habían de usar en sus covachas. Ellos, como tú, fabricaron las casas para dormir a la intemperie; tendieron los rieles para caminar a pie; pastorearon el ganado para alimentarse de raíces y de quelites; cortaron la lana para tiritar de frío.

Esos rebeldes son tus hermanos. A ellos los esperan también en la casucha

—lanzando miradas ansiosas a lo largo del camino polvoriento—, la madre melancólica, la triste esposa, la amante hermana, la hija adorada, el anciano padre, los tiernos niños, los seres queridos que hacen encantadora la existencia, la familia, en una palabra, sin la cual parece que algo nos falta, parece que no estamos completos.

Esos rebeldes son tus hermanos; sólo que más inteligentes que tú, no se sacrifican, ni sacrifican a sus familias por elevar a la Presidencia a un hombre que haga la felicidad de los humildes, porque la experiencia, la observación y las enseñanzas de la Historia les han demostrado que nunca, en la vida de la humanidad, se ha producido el raro fenómeno de un Gobierno que se preocupe por el bienestar de la clase pobre, sino todo lo contrario: siempre se ha visto que el Gobierno apoya al rico en perjuicio del pobre. Tú no sabes por qué es eso, soldado carrancista; pero te lo voy a explicar en pocas líneas.

Al principio los seres humanos no tenían gobiernos, cuando todo era de todos; en una época en que la tierra era libre para que la cultivase quien quisiera hacerlo; en que el bosque surtía de leña y de carne a quien quisiera tomarse la molestia de ir a buscar esas cosas tan necesarias para la vida; el manantial no tenía dueño; todos tenían igual derecho a extraer del río, del lago o del mar los peces que necesitaran. En esa época feliz no había gobierno, porque no había propiedad privada que proteger, y las gentes se entendían tan bien, que la mayor parte de los trabajos se hacían en común, y el consumo se hacía fraternalmente, tomando cada quien lo que necesitaba. Pero vinieron guerras de unas tribus contra otras, y los vencidos quedaron reducidos a la esclavitud, teniendo entonces que trabajar para sus dominadores, quienes, naturalmente, se declararon dueños de cuanto existía. Entonces nació la autoridad pues ya había privilegios que proteger: los de los vencedores sobre los vencidos.

He aquí cómo nació el principio de autoridad que no tuvo por origen, como generalmente se le supone, la necesidad en el débil de defenderse de las agresiones del fuerte, sino la necesidad en el fuerte de poner a salvo sus riquezas de posibles agresiones por parte de los desposeídos.

Si tú, soldado carrancista, no tienes bienes materiales qué perder, malo es que te sacrifiques y sacrifiques a los tuyos por elevar a la Presidencia un hombre que, como gobernante, será tu azote y tu verdugo, pues nada hará en beneficio tuyo, porque su misión no es protegerse de las agresiones del fuerte, sino tenerte sujeto por medio de la ley que hace el fuerte para su propia protección, no para la tuya. El fuerte tiene la tierra, la maquinaria de producción, las casas, los medios de transportación y distribución de la materia prima, y de los objetos manufacturados, y de la transportación, también de las personas. Todo eso es lo que se llama la riqueza social, y la posesión de esa riqueza da poder, al que la tiene, de jugar a su antojo con la suerte del que no la tiene. Por eso nosotros, los anarquistas que formamos el Partido Liberal Mexicano, no peleamos por obtener aumento de salario, ni por disminución de horas de trabajo, ni por indemnizaciones a los accidentados, ni por pensiones para los viejos, ni por nada de eso, sino por la abolición del derecho de propiedad privada, que hace posible el acaparamiento, en pocas manos, de la riqueza social. Queremos que la riqueza social sea el patrimonio común de todos los habitantes de México, hombres y mujeres, sin distinción de raza ni de color.

Todo eso de salarios más o menos altos, de indemnizaciones, pensiones y demás, puede ser fácilmente conseguido porque no ataca al derecho de propiedad privada, que es el derecho de explotar y de tener en esclavitud al pueblo. Mientras el derecho de propiedad privada o individual quede en pie, quedará en pie el mismo mal que te obligó a tomar las armas: la miseria, porque de nada te servirá que te aumentaran el salario y que te “beneficiaran” con las otras reformas, como la disminución de la jornada de trabajo, y las demás, si tienes que comprar a mayor precio lo que necesitas para la vida y pagar renta más alta al dueño de la casa, sin contar con las contribuciones, que, si no te las exige el Gobierno a ti en persona, las saca de tus amos, quienes se reembolsan de lo perdido aumentándote el precio de todo. Tú eres quien, en realidad, pagas las contribuciones, no los burgueses.

Ves, pues, hermano carrancista, que el problema que tratan de resolver los rebeldes que van a quedar en pie con las armas en la mano, cuando Carranza sea Presidente, es el mismo problema que tienes que resolver tú, porque te afecta de la misma manera que a ellos. Tu deber es ayudarlos, y, para ello, no entregues las armas cuando se ordene el licenciamiento de tropas carrancistas. Lo que debes hacer en ese momento, o antes si te es posible, es rebelarte, volviendo tu fusil sobre tus jefes y oficiales, sin que te tiemble el pulso al dispararles tu arma, porque son tus enemigos, pues tienen interés en que se perduren las instituciones que los capacitan para llevar una vida privilegiada. Un corazón bien puesto, pulso firme y certera puntería, eso es lo único que necesitas para acabar con tus inmediatos verdugos.

Si rindes tu arma, regresarás a tu hogar en la miseria dispuesto a vender tu fuerza muscular a cualquier burgués por lo que tenga a bien darte. Nada habrás ganado, mientras tus jefes y oficiales gozarán en la ciudad de toda clase de placeres, saborearán distinciones y ostentarán cruces y medallas en el pecho. Si te quedas en el ejército carrancista como soldado permanente, serás un esbirro, un verdugo de tus hermanos de clase, porque servirás para apoyar a los ricos.

La honradez te señala el camino que debes tomar: el de la rebeldía contra todo Gobierno hasta alcanzar el triunfo de los principios contenidos en el Manifiesto de 23 de septiembre de 1911, expedido por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, principios que abogan por la muerte del Capital, de la Autoridad y del Clero de todas las religiones.

Decídete a seguir este camino. Que no te engañen los sabihondos con la majadería de que necesitas tal o cual preparación para emprender una lucha semejante. Esas son argucias de políticos; esos son sofismas, propalados y fomentados por enemigos, aun cuando ellos se presenten con el carácter de amigos tuyos. Fue el argumento de los enemigos de la gran Revolución francesa para impedir que se diera al pueblo la libertad política; fue el argumento de Porfirio Díaz para impedir que se dieran libertades; es el argumento de los políticos carrancistas para que no obtengas la libertad económica, base de todas las libertades, y que no es otra que la facultad de ganarse la vida por medio del trabajo, sin necesidad de depender de nadie, facultad que se consigue solamente —entiéndelo bien—, solamente haciendo que la tierra, las casas, la maquinaria y los efectos almacenados pasen a ser, por medio de la expropiación, la propiedad común de todos, hombres y mujeres, sin distinción de raza ni de color. A quien te diga lo contrario, escúpele la cara y aun mátalo, pues necesario es, absolutamente necesario, iniciar un severo procedimiento de limpia revolucionaria. Lo que nos estorba a los desheredados, debemos suprimirlo como se pueda: ¡por la buena o por la mala! Como se suprime al tigre, como se aniquila a la víbora de cascabel, como se aplasta la tarántula. Los que dicen que todavía no estás preparado para tal o cual conquista que te beneficia, son los que tienen interés en que se retarde tu emancipación, para poder ellos, entretanto, vivir a tus expensas.

Ahora, soldado carrancista, a obrar como hombre convencido de que nada hay de común entre el pobre y el rico a no ser el odio, que no hay que tratar de mitigar, sino es preciso ahondarlo, exacerbarlo, aumentarlo si es posible, avivarlo, atizarlo, para que no se extinga, porque la existencia de ese odio entre las dos clases sociales —la de explotados y la de los explotadores— es garantía de lucha y de esperanza de emancipación para lo que hoy se encuentra en el último peldaño de la escala social. ¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 211, noviembre 6, 1915.