Alto ahí (Continúa)

 

Si el gachupín, entiéndase bien, gachupín, no español, que el español es persona sensata, si el gachupín, repetimos, es corto de entendederas, es, sin embargo, listo como pocos para mentir, cualidad indispensable para llegar a ser un buen empeñero, inmejorable cualidad para distinguirse como palo blanco, muy buena cualidad para los hombres de negocios, cualidad muy útil para todo aventurero; pero malísima para llegar a ser un anarquista.

Sigue así la carta de los gachupines de Massachusets: “Aquí, en esta localidad, nos reunimos ciento cincuenta compañeros dispuestos a marchar a México, a luchar con el fusil o a trabajar las tierras ya “expropiadas”, según los redactores de Regeneración; pues, según dicho periódico, en México ya se practicaba el comunismo anárquico. Antes de salir de aquí, y para que el viaje no fracasara, nos comunicamos con un compañero que residía en Los Ángeles, California, el cual se puso inmediatamente en marcha, internándose en México y, guiado por Regeneración, visitó las partes más importantes de la “revolución” (según el periódico) y no halló más que luchas políticas de cuatro desangradores del pueblo que aspiran a encumbrarse.

“Tenemos cartas escritas por nuestro camarada de diferentes partes de la República;”

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            Cuando se lee sin pensar, sin tratar de ver si lo que se lee puede ser admitido por la razón, fácilmente se aceptan las mentiras más gordas; pero por poco que se piense, por poco que se haga intervenir la razón en aquello que se lee, a las primeras líneas se descubre la mentira.

Los gachupines de Massachusets, rudos como son, no pensaron en esto que decimos sobre la facilidad con que se desmorona la mentira, ¡también es que los pobres no contaban con la huéspeda: que Regeneración tendría que salir para ajustarles las puntadas! Y envalentonados con el mutismo forzado del noble vocero del oprimido, se dejaron ir de bruces, como carneros montaraces, sin ver el abismo que se abría a sus pies y dieron el salto mortal para caer en el lodo, que en este caso es El Porvenir del Obrero, de Mahón, España, y alguno que otro charco de menor cuantía.

Aseguran los gachupines de Massachusets, que lograron reunirse en Boston ciento cincuenta compañeros dispuestos a marchar a México a luchar con el fusil o a trabajar las tierras ya expropiadas.

Quien quiera que tenga una poca de práctica revolucionaria, comprenderá desde luego que es una mentira colosal eso de los ciento cincuenta compañeros dispuestos a empuñar el rifle, pues si para el hecho inocentísimo de organizar un ordinario grupo anarquista sin otros fines que la propaganda, se reúnen con muchas dificultades unos cuantos compañeros, ¿qué no sucederá cuando se trata de organizar una expedición que deba recorrer miles de kilómetros para encontrarse en el terreno de la acción revolucionaria? Porque no hay que pensar que Boston está cerca de la frontera de México: se encuentra en el nordeste de los Estados Unidos, y para llegar a México hay que atravesar Estados extensos de la Unión Americana.

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            Pero si no bastase este simple razonamiento para convencerse de que es una mentira lo de los ciento cincuenta compañeros dispuestos a empuñar el rifle, hay que convenir en que es muy duro de tragar eso de que se reúnan ciento cincuenta individuos listos para emprender la marcha a México, sin poseer antes una información exacta de las circunstancias que prevalecen en aquel país, pues por lo que se ve de la carta, primero se reunieron los ciento cincuenta revolucionarios, y hasta después se preocuparon por tomar informaciones. ¿Puede creerse semejante absurdo?

No: esos ciento cincuenta anarquistas listos para emprender la marcha a lo desconocido, son otros tantos seres imaginarios, son fantasmas, son creaciones toscas, fabricaciones groseras de una intelectualidad bastante próxima a la del mono.

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            Y esos ciento cincuenta individuos o fantasmas, porque en realidad no han existido, no eran todos con seguridad, vecinos de Boston, porque es muy difícil encontrar en una ciudad ciento cincuenta hombres dispuestos a tomar las armas por una causa noble como la del Partido Liberal Mexicano. Esto no quiere decir que dejemos de comprender que en una ciudad hay no solamente ciento cincuenta hombres enérgicos dispuestos a tomar las armas por una buena causa, nosotros creemos que hay muchos más, que tal vez son miles los que sienten en su corazón ansias de rebelarse contra un sistema de infamia; pero no se sabe quiénes son esos hombres para tratar personalmente con ellos asuntos tan delicados como el de la organización para llevar los ideales al terreno de la acción. Desde luego, se tropieza con la dificultad de saber si aquel que uno considera ser un anarquista de acción, lo es en realidad, y para determinar esa condición es preciso estudiar al individuo, conocer sus costumbres, su carácter, si es discreto, esto último sobre todas las cosas, porque no se trata de asuntos que puedan ser arreglados a la luz del día, en las narices del polizonte y del detective, pues se correría el riesgo de ver el plan fracasado por una denuncia. En estas circunstancias, la reunión en una ciudad de ciento cincuenta individuos dispuestos a marchar a México a luchar por Tierra y Libertad, es más que difícil, es imposible.

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            Con seguridad que esos ciento cincuenta fantasmas no residían todos en Boston, pues ni el grupo “Fraternidad”, o sea el de los gachupines, cuenta con ese número de miembros. Los fantasmas residían en un buen número fuera de la ciudad, y fue preciso que esos abnegados fantasmas dejaran su trabajo, abandonaran sus familias e hicieran gastos de viaje, para tener el gusto de reunirse en Boston con los gachupines, no para marchar inmediatamente a México sino para esperar que un badulaque enviase informaciones sobre el movimiento revolucionario mexicano, y mientras esta información llegaba, estaban haciendo gastos en Boston, habían perdido sus trabajos y abandonado a sus familias. Si esos ciento cincuenta no son unos fantasmas, son unos redomados imbéciles, pues muy bien pudieron ahorrarse tanto sacrificio esperando en casa una buena información, antes de partir para Boston a reunirse con los gachupines.

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            ¿Se hace necesario que más argumentos sean aducidos para probar que es una falsedad lo de los ciento cincuenta compañeros dispuestos a marchar a México? Pues, bien, allá va este otro argumento: si difícil es reunir ciento cincuenta combatientes, por las razones antes expuestas, más difícil es tener el dinero que se necesita para transportarlos a México, porque no se puede admitir que tal número de hombres tuvieran en su poder $75.00 moneda americana cada uno para pagar su pasaje, más unos $25.00, también cada uno y, en la misma moneda, para adquirir un rifle con una dotación, al menos, de doscientos cartuchos, aparte todo esto de los gastos en comidas durante todo el viaje que, es de cuatro días con sus noches hasta la frontera de México. Raro es el trabajador que pueda reunir semejante suma, y es por esto mismo inadmisible que, en un momento dado, se hubieran reunido ciento cincuenta compañeros para emprender la marcha a México.

No; no han existido esos ciento cincuenta compañeros. Lo que ha existido es la mala fe, la maldad de los rufianes que se cobijan con el sagrado nombre de un grupo anarquista para comprometer un movimiento proletario que todavía no es igualado por ningún otro de la Tierra contra la explotación y tiranía. ¡Traición! ¡Traición! ¡Traición! Judas no ha muerto; Judas vive; Judas reside en Massachusets; madres deformes y desvergonzadas siguen pariendo Judas; y continuarán pariéndolos mientras subsista este sistema que hace posible que los vástagos enclenques de los lupanares más sucios de Cádiz y de Madrid, de Sevilla y de Barcelona, puedan satisfacer su hambre vendiendo a la misma madre que los parió.

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            Y como si por argumentos no parásemos, nos parece imposible que a invitación de un grupillo de infelices se hubieran reunido ciento cincuenta compañeros, esto es, ciento cincuenta anarquistas, listos para emprender la marcha a México.

Los que conocemos el movimiento anarquista en los Estados Unidos, podemos afirmar que es imposible que se hubieran reunido en una ciudad ciento cincuenta anarquistas, dispuestos a luchar en México por Tierra y Libertad, aunque la invitación no hubiera partido de un grupillo sin influencia, sin significación como el de Massachusets, que tal vez no pueda reunir media docena de moscas desveladas.

La medida del movimiento anarquista en los Estados Unidos la da el tiro mezquino de la poca prensa anarquista que aquí existe, muy buena prensa indudablemente; pero con muy pocos lectores si se tiene en cuenta que este país contiene más de cien millones de habitantes. Y no es que los compañeros no se muevan vigorosamente para robustecer, para agigantar el movimiento anarquista, que si lo hacen y con una constancia digna de encomio; pero el medio es refractario a nuestros ideales, ésta es la tierra del dollar; aquí el trabajador se siente tan burgués como Rockefeller y Morgan, y el sueño dorado del proletario, casi en lo absoluto, es tener en los bancos algunos ahorros para tiempos difíciles.

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            No sin sorna se refieren los asnos de Massachusets a “las tierras ya expropiadas, según los redactores de Regeneración” como para significar que somos embusteros, que los desheredados no han tomado posesión de la tierra desconociendo virilmente el derecho de propiedad que sobre ella, sobre la tierra, pretenden tener los ricos.

En la voluminosa colección de Regeneración se encuentran noticias tomadas de la prensa burguesa de la ciudad de México, relativas a la toma de posesión de la tierra por masas desheredadas que a nadie han pedido permiso para ejecutar ese acto de justicia, y por lo mismo, han obrado como lo haría el mejor anarquista, no uno de los de Massachusets. Y para que no se dijera que tales noticias eran fabricaciones nuestras, hemos tenido especial cuidado de citar el nombre y la fecha del periódico del cual son tomadas, dando así nosotros una muestra de nuestra honradez como luchadores, al mismo tiempo que facilitamos a los que “dudan”, un medio expedito para convencerse de que la Revolución Mexicana es la Revolución Social, pues cualquiera puede pedir a las oficinas de los periódicos citados, los números que contienen las noticias que copiamos o extractamos.

Mas, si todavía no fuera suficiente la multitud de noticias publicadas en Regeneración sobre actos de expropiación de la tierra por los desheredados, véase una recientísima, tomada del diario burgués, El Pueblo[1], de la ciudad de México, correspondiente al día cuatro de este mes. La noticia se refiere a la rendición de algunos zapatistas de la Prefectura de Tlalpan, Distrito Federal, distante unos dieciséis kilómetros de la ciudad de México. Dice la noticia en la parte relativa: “El día primero (de noviembre) se presentaron al jefe de las Armas señor Coronel Ezequiel Villar, sesenta y tres individuos con sus respectivas familias a solicitar amnistía, la cual les fue concedida inmediatamente, dedicándose todos estos ex-reaccionarios al trabajo, permitiéndoseles además, que recogieran el maíz y demás cereales que habían sembrado en tiempo de la ocupación de esta ciudad por los zapatistas, esto probará a dichos individuos y al público en general, que el constitucionalismo profesa ideas fraternales hacia los equivocados y los inconscientes”.

Haciendo a un lado la muestra de “fraternidad” carrancista, por esta noticia se comprende con toda claridad que esas familias proletarias que se rindieron ante la abrumadora fuerza carrancista, habían tomado posesión de la tierra, y la habían cultivado. Ahora, se les quita la tierra por los carrancistas para devolvérsela al burgués, y como un acto de “fraternidad” carrancista, se permite a esos pobres campesinos que levanten su cosecha.

Se ve, pues, que no fabricamos noticias, que no es una ilusión la revolución social en México, y que solamente corazones pervertidos pueden dedicarse a obstruir un movimiento que en los corazones normales despierta simpatías y entusiasmo.

¡Otro fantasma!, el individuo que hizo su viaje a México. Si no es un fantasma de la misma clase de los ciento cincuenta reunidos en Boston, es uno de tantos vividores que en lugar de desempeñar la misión que se le confiara se paseó por los lugares en que no había peligro, y desde ellos enviaba cartas mentirosas a los asnos de Massachusets. ¿Quién es ese individuo? ¿Por qué se oculta su nombre, cuando ningún peligro hay en que se sepa, y antes por lo contrario, su publicidad hubiera dado mayores visos de verosimilitud a lo asentado en la carta?

Que el burgués se empeñe en restar apoyo al movimiento mexicano, es lógico; su interés va de por medio; pero que los proletarios hagan el vacío en torno de sus hermanos de clase cuando éstos están comprometidos en una lucha desigual contra el enemigo común, eso no tiene más que un solo nombre: ¡crimen!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 213, noviembre 20, 1915.



[1] El Pueblo. Fundado en Veracruz como órgano del carrancismo por Félix F. Palavicini en 1914. A partir del 29 de octubre de 1915 se publicó en la Ciudad de México, bajo la dirección de Rodrigo Cárdenas. Desapareció a principios de 1917.