Notas al vuelo

 

¡Francisco de León! Quienquiera que escuche este nombre a de pensar que corresponde a un hombre gallardo, de mostachos apuntando al cielo, apuesto, decidor, mujeriego, amigo de camorras y aventuras, casi un Don Juan; pero no: El Francisco de León a quien honro presentándooslo, es un pobre diablo, mercader de zapatos viejos en no recuerdo que rincón de San Antonio, Tex. El Tal ha tenido la ocurrencia de parir un esperpento al que algún nombre tenía que dar, y le ha puesto 30-30 como pudo haberle puesto 41-41. Pero antes de que entre yo en materia, permítaseme decir dos palabras sobre los antecedentes de este borrego disfrazado de león. El animalillo la dio de anarquista emborronando unas cuantas cuartillas para Lucha de Clases, el periódico de nuestros abnegados compañeros de San Antonio; pero sucedió que mientras más emborronaba cuartillas para el periódico anarquista, menos clientes se presentaban a regatear el costo de la mal oliente mercancía. Entonces, nuestro biografiado, decidió abandonar el anarquismo, por improductivo, y ofreciendo su “pluma” a Barbas de chivo, logró que este le enviase tres cuartillas para el 30-30.

Francisco de León esta nervioso: tiene que escribir el primer número de 30-30, y los sesos de almeja no dan de sí. Aspira a dos pulmones el aire cargado de olor a queso añejo, –pues no hay que olvidar que nuestro hombre vive de vender zapatos viejos,– y hallando inspiración en aquel aroma, hace rechinar la pluma sobre el papel con el siguiente título: “El anarquismo, sus consecuencias y los idiotas que lo sustentan.”

¡Cataplum! ¡Por poco se le acaban los de ostión! Fue tal el esfuerzo “cerebral” que tuvo que hacer el pobre hombre para dar a luz este título de su artículo, que… ¡no tuvo remedio! ¡Echo un estornudo cuate!

Si con el título de su articulejo no daña a nadie el mercachifle, mata, en cambio, dos pájaros con una imbecilidad: desahoga narices e intestinos de lo que les hacia daño, y hasta tres, por que arriscando la nariz aspira la fragancia de la tienda y halla en ella la inspiración que se necesita para decir esta barbaridad: “La palabra Anarquismo, significa un sistema completo de libertinaje,…”

Parece que los aromas de la tienda van resultando impropios para la inspiración, por que Don Molusco se equivoca, se equivoca lamentablemente, pues, el anarquismo no es un sistema de libertinaje, sino uno que basado en la Ciencia, nos enseña que todos los seres humanos somos iguales, y por lo mismo, nadie tiene derecho de hacer que los demás le obedezcan, ni nadie tiene la obligación de obedecer, y esto no es libertinaje, esto es: justicia. El sistema capitalista si que es de libertinaje, porque esta basado en la desigualdad social, esto es, en la injusticia.

Dicen que comer y rascar, todo es empezar, y parece que, para Don Molusco esta es una verdad en materia de emborronar papel, porque con la mayor soltura escribe esta otra barbaridad: “…un sistema (el Anarquismo) en el que no podría vivir jamás una sociedad honrada porque estaría expuesta a abusos incalificables, o más bien dicho, sería violada, robada, asesinada, etc., etc.,…”

¡Lástima que los moluscos no tengan orejas, que buen tirón de ellas le daría a nuestro mercader! Ven acá, chico, y escucha; precisamente bajo al Anarquismo es donde una sociedad honrada puede vivir, por que teniendo todos la misma oportunidad para ganarse la subsistencia, no hay ya explotadores. Ves, pues, que el Anarquismo es todo lo contrario de Capitalismo, que es el sistema que actualmente padecemos, y en el cual no puede vivir una sociedad honrada sin ser robada, violada, asesinada, etc., etc.,

Escribiendo está Don Francisco de León, cuando se presenta un cliente. El tal pide un par de zapatos de medio uso, número diez, pues hay que advertir que los cimientos de aquel buen señor pueden sustentar una catedral. El cliente se quita los zapatos para medirse los que, meloso, como buen mercachifle, le alarga Don Ostión, y un aroma que parece salido de un sepulcro, invade la tienda, haciendo el aire irrespirable. Se ajusta el trato: cuatro reales que el cliente paga por unos zapatos que no valen cinco centavos. Tiene razón Don Molusco en trinar contra el Anarquismo, bajo el cual no se cometerán esos crímenes.

Vuelve a la tarea de escarabajear papel, y sin acordarse de que acaba de robar miserablemente al de los potentes cimientos, escribe: “…porque en ese sistema salvaje no hay ley para refrenar esos males (robos asesinos y otros), por lo tanto es imposible vivir en el por estar expuestos a ser victima fue el de las robustas bases de la maldad de este pícaro) y rufianes (en esto se muerde la lengua y salta como si se hubiera sentado sobre una tachuela), que no han comprendido hasta donde llego su estupidez.”

Como fotógrafo no es malo Don Molusco, pues que se ha retratado de cuerpo entero y a maravilla. Sigamos adelante.

Un hombre mal vestido llega a la tienda, sudoroso, encorvado bajo el peso de dos enormes sacos cuyo olorcillo recuerda al queso. Don Ostión deja caer la pluma y vuela al encuentro del recién venido. Este vacía el contenido de los sacos: no es queso son zapatos viejos que el pobre hombre ha recogido de los muladares, en cuya tarea empleo tres largos días. Don Molusco tuerce la nariz, como debe hacer todo buen comerciante que quiera que se le de casi regalada una cosa y pregunta por el precio. El hombre le responde: son cinco pesos, por ser “pa” su “merce” ¡Nada de “árboles!,” dice Don Ostión, y dando a su voz un tono de ultimátum, agrega: doy cincuenta centavos por ese “mugrero.” El hombre tiene hambre, cede y el trato se cierra. Concluida esta honesta operación mercantil, Don Molusco fija en cada par de zapatos, recién comprados, una etiqueta que dice 50cs. Par. Emocionado por el buen negocio que acaba de realizar, Don Molusco toma la pluma y escribe con mano temblorosa, como si acabara de dar a la mala una puñalada: “imagínate caro lector si podríamos vivir en completa anarquía, si solo pronunciar esa palabra nos produce horror y asco.”

Tiene mucha razón Don Alcornoque: en la Anarquía no hay esa clase de negocios, y se tiene que empuñar el pico y la pala para poder vivir.

Don Ostión se aprieta con ambas manos la de cantera; pero no puede sacar de sus sesos (de alguna manera hay que llamar lo que tiene Don Francisco dentro de la cabeza) nada que valga la pena. Por fin se decide a hacer esta preguntita a su lector: “¿Tu crees que puedes vivir sin patria?” ¿Verdad que no? Porque piensas tal vez que el individuo sin Patria no vale nada. ¿No es así evidentemente? Pues esa es una de las ideas del anarquismo, que el individuo debe de renunciar a todo derecho de nacionalidad, a todo derecho de tener patria, porque para ellos no hay mas patria que un miserable mendrugo que les llene el estomago.”

¡Zaz! Otra vez… ¡estornudo cuate! No tuvo remedio; el esfuerzo para producir la tirada anterior, no fue para menos. Pues, bien; como Don Francisco ha de estar esperando todavía la respuesta, porque no tiene lector yo se la voy a dar. Oye bien pedazo de… madera: tú naciste en México, esa es tu patria ¿por qué no vives en ella? ¿Cómo es que puedes vivir fuera de ella? ¿Y que falta te hace? Allá eres un desgraciado muerto de hambre, y en la patria ajena tienes siquiera para llenar la tripa. Si un cataclismo sepultara a México en los mares, tú te quedarías en un frasco vendiendo tus zapatos viejos, sin que te hiciera falta la patria. Ves, pues, pedazo de animal, que se puede vivir sin patria, y que para los más, más fácil vivir fuera de la patria que dentro de ella.

Dices que el individuo sin patria no vale nada. Entonces para ti, el que tiene patria vale algo, pues, permíteme, ilustre almeja, que te diga que, por patriota que sea el proletario, nada vale. Puede hasta romperse los cuernos por la bandera y por la patria, y seguirá siendo tan desgraciado como siempre. La patria no hace valer a nadie, mas que a los ricos, a los políticos, a todos los que están sobre el pueblo. El pobre dice, en su ignorancia; que tiene patria; pero no se ve que saque ventaja de tenerla, pues siempre se le ve ultrajado humillado, explotado y ofendido, sin valor ninguno moral, económico, político, social. El pobre, entiéndelo bien, so bruto, es el mulo de carga en todas las patrias.

Don Cernicalo casi no resuella. ¡Es mucho para un animal haber escrito tanto! Sin embargo, hace acopio de fuerzas; toma la pluma; la moja, y ya pone la primera letra, cuando ¡tras! ¡Tras! ¡Tras! Es una anciana proletaria que golpea enérgicamente el mostrador con un par de zapatos viejos.

-¡Eh! ¿Qué desea?- grita de León sobresaltado.

“Pos,” que me “merque” estos “calcos,” dice la mujer.

-¿Cuánto por ellos? Pregunta de León haciendo el gesto consabido: torcedura de nariz para poder ahorcar al marchante.

“Pos,” ya los está mirando, dice la vieja, -son tintos, de a cinco fierros el par, y apenas tiene una “luyidita” en el “controrte.”

Los zapatos son excelentes, en verdad, pero no logran poner en su lugar la nariz de Don Francisco, quien, afectando no interesarse por la mercancía, dice:

-Aquí están estos diez centavos y vengan acá los zapatos, ¡no quiera pedir los ojos de la cara por cosas que no sirven!

La vieja se indigna y da con los zapatos tal golpe en la cara de Don Francisco, que lo hace ver estrellas. Cuando volvió en sí ya se había marchado la vieja. Clava los codos en el mostrador, se toma la cabeza con ambas manos y piensa convencido: si no fuera por el gobierno que nos ayuda, ¿qué sería de nosotros en manos de la canalla?

Furioso, se embarra saliva en la jeta hinchada, envía mentalmente un saludo a la autora de los días de la digna proletaria, toma la pluma con mano con bolsa, como si fuera a degollar a alguien, y escribe: “Ya comprenderán mis lectores si las ideas de los señores anarquistas serán avanzadas, pues no ven estos infelices más arriba de la nariz.”

¡La nariz! Se conoce que todavía le duele el soplamocos que le propinara la vieja, y que le a dejado más idiota que de costumbre, porque ¡hombre! ¿A quién se le ocurre negar que sean avanzadas las ideas anarquistas? ¿No son última conquista de la filosofía? ¡Vamos animal, no te repita yo otro gaznatón!

Aspira con fruición, con deleite, el fuerte olor a queso añejo que domina en la tienda; saca de un bolsillo del saco grasiento un pedazo de pan frío; lo desembaraza de algunas partículas de tabaco, de borra y de dos o tres cabezas de fósforos que se habían adherido a él; le sopla el polvo con la boca, y, abriendo las mandíbulas como si se fuera a tragar a un anarquista, arremete contra el pan con apetito de náufrago. Como es muy tacaño, se ahorra de comprar un pedazo de queso para comerlo con el pan: Toma otra vez la pluma, y entre bocado y bocado, escribe estos disparates: “El anarquismo no ha tomado incremento entre la clase sensata, entre el pueblo honrado, por que no contiene en todas sus ideas un ápice que trate de beneficiar al caído, mas por el sendero del mal;…”

Se chancea Don Ostión, pues tanto toma incremento el anarquismo entre el pueblo honrado, el que trabaja, el que produce para que él atesore dinero, que las autoridades del Estado de Texas han impedido que se predique la Anarquía en los lugares públicos. Si fuera despreciado por el pueblo el ideal anarquista, no habría suprimido el gobierno la publicación de Lucha de clases, y en cuanto a que no trate de beneficiar al caído, entonces ¿a quién quiere dignificar el anarquismo, sino a los caídos? La anarquía quiere la igualdad, y ¿quiénes se benefician con la igualdad, si no son los caídos? Lo de iniciar al caído por el sendero del mal, es dicho por Don Molusco porque para él es un mal verse obligado a empuñar el azadón en medio de una sociedad de iguales. ¡Ya está acostumbrado a desvalijar al prójimo!

Entra precipitadamente un cliente. Se conoce que se vistió de fugas, porque trae desabrochada la bragueta del pantalón.

-¡Adelante!, Don León, pronto. Medias suelas a mis zapatos, ¿cuánto me lleva por echarlas?

Y diciendo y obrando, se descalza… ¡Ni las moscas aguantan el perfume!, porque atropelladamente se lanza a la calle, golpeando con sus cuerpecillos los rostros de los transeúntes que pasan a lo largo de la puerta de la tienda en este momento crítico.

Don Ostión saborea el último bocado de pan duro, imaginándose que lo come con queso “gruyé.” Se ajusta el precio: seis reales, y los zapatos pasan inmediatamente a las manos del operatorio que trabaja en el rincón. Concluido el trabajo, Don Molusco recibe los consabidos seis reales, de los cuales pasa honradamente quince centavos al obrero que echó las medias suelas. ¡Es natural que Don Molusco odie al Anarquismo, bajo el cual no se pueden cometer sinvergüenzazas de esa clase! Y temeroso de que esté próximo a triunfar, se pone a escribir precipitadamente pestes contra los abnegados compañeros de San Antonio, que han tenido el valor de exponer el Ideal Anarquista en la ciudad más reaccionaria del Sur de los Estados Unidos.

Basta ya de tanto ostión, que el animal es indigesto. Dejémosle regateando zapatos viejos, mientras se llega el momento de colgarlo de un poste telegráfico.

 

Ricardo Flores Magón.

Regeneración, núm. 213, noviembre 20, 1915.