Alto ahí (Continúa)

 

En el mismo número de El Porvenir del Obrero, aparece un relato tomado del periódico burgués “Las Noticias”[1], de Barcelona, correspondiente al 25 de septiembre de este año. Se trata de lo que llegaron diciendo los súbditos españoles que se hallaban en México y que fueron repatriados por el gobierno español. Naturalmente, los españoles en cuestión cuentan horrores de los revolucionarios, y todo el relato está perfectamente bien urdido para demostrar que el pueblo mexicano es salvaje, que odia al español únicamente porque es español.

El Porvenir del Obrero, por supuesto, copia con gusto lo dicho por el periódico burgués en su afán de denigrar al movimiento revolucionario mexicano.

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            En efecto, el pueblo mexicano odia al gachupín, no al español. Pocos pueblos en la Tierra tan hospitalarios como el pueblo mexicano, al grado de que su virtud hospitalaria fue una de las causas de su esclavitud, porque confiado se entregaba al primero que llegaba. Todos los viajeros honrados que han visitado México, han quedado encantados del carácter dulce del mexicano y de su espíritu hospitalario que en muchos casos no tiene límites. Que digan los que han pedido alojamiento en alguna casa mexicana, si no ha sido para el forastero la mejor cama, el plato más agradable y las atenciones más humanas. Esta virtud del pueblo mexicano ha perdurado a pesar de las traiciones mil que ha sufrido, a pesar de la esclavitud a que lo sujetaron muchos de aquellos a quienes abrió confiado las puertas del hogar. Desde el barón de Humboldt hasta los viajeros de nuestros días todos están acordes en que la característica del pueblo mexicano es su hospitalidad, y si ese pueblo liberal, desprendido, espléndido, abnegado, odia al gachupín, es porque tiene razones de sobra para ello.

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            El gachupín no ha sido su amigo. El gachupín sigue siendo la encarnación de Cortés y de Alvarado, porque no va a México a trabajar con el pueblo, a sufrir con el, a compartir sus congojas y sus escasas satisfacciones. El gachupín va a México a explotar, lisa y llanamente a explotar, a desvalijar, a robar. En todo México no se ve a un solo gachupín empuñar el pico y la pala. El gachupín, si es proletario, llega en manadas a Veracruz, para ser enviado a alguna tienda perteneciente a burgueses gachupines, en la que sirve de dependiente dos o tres años, hasta que aprenda el negocio y se ha dado habilidad para sustraerse del cajón de las ventas algún dinero, que unido a lo que haya podido ahorrar durante ese tiempo, pues regularmente tiene su sueldo libre de gastos, le sirve para comenzar un negocio por su cuenta, que casi siempre es una tienda de comestibles y bebidas alcohólicas, o un bazar o un montepío. Con poco dinero que tenga en la mano, los gachupines ricos le ayudan, le abren crédito, y pronto el pobre de ayer se convierte en propietario, y es tan rapaz el gachupín, que a la vuelta de pocos años es dueño de una fortuna regular.

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            Para acrecentar su fortuna con más rapidez, procura contraer matrimonio con alguna mexicana rica, y de ahí proviene que sea tan popular entre los mexicanos el chascarrillo que se refiere a que, cuando dos gachupines se encuentran y uno de ellos se ha casado, el otro le haga esta pregunta: ¿con cuánto te casaste? en vez de la que era natural hacer: ¿con quién te casaste?

El gachupín no repara en medios para enriquecerse: es el principal agiotista del país, regentea burdeles, opera casas de juego, es empresario de circos taurinos, es contratista del gobierno para surtir de vestuario al ejército, en cuyo negocio aniquila materialmente al infortunado proletario femenil de México. Por ese tenor son los negocios de los gachupines, y como si fuera todavía poco, hay que agregar que los clérigos de más influencia ante Roma son los clérigos gachupines, esto es, los más rapaces, los más desvergonzados, los más canallas, si cabe.

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            El pueblo mexicano no ha visto que el carácter del gachupín contemporáneo sea distinto del espíritu del gachupín de la conquista y de la época colonial. El mismo espíritu de dominio y de imposición que caracterizó a los bandidos de Cortés y a los encomenderos, caracteriza al gachupín de las haciendas y de las plantaciones tropicales de México. De sobra son conocidas las crueldades que los gachupines cometieron con nuestros antepasados, para que tengamos que referirlas; pero sin ir tan lejos, podemos referir las cometidas por los mismos en la época actual, cuando México estaba libre políticamente de España, y principalmente durante el tiempo que gobernó Porfirio Díaz.

Como hacendado, como administrador de hacienda, como capataz, el gachupín ha sido una verdadera calamidad en México; déspota, tacaño, brutal con los trabajadores, pues hay que saber que cuando el gachupín no la emprende en negocio de agio, de comercio, de tráfico de blancas y otros que hemos dado a saber, se coloca como administrador de una hacienda, o en último caso, como capataz; pero nunca de peón, esto por supuesto, cuando todavía no se casa con algunas talegas de pesos con que comprar una hacienda.

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            En la mayoría de las haciendas los administradores y los capataces son gachupines, ya porque los dueños de las fincas son también gachupines, o bien porque conocedores los burgueses de la habilidad que para desvalijar posee el gachupín y lo brutal que es para tratar a los trabajadores, prefiere emplear gachupines en dichos puestos mejor que a individuos de otro origen. La Revolución Social Mexicana que tanto odian los gachupines porque vino a hacerles aflojar la garra con la cual oprimían al pueblo mexicano, ha modificado todo esto, que si no fuera así, todavía existiría el cepo en todas las haciendas y el látigo del capataz gachupín seguiría abriendo surcos en las carnes atormentadas de nuestros hermanos, como ocurría cuando Porfirio Díaz gobernaba a México.

Todos los mexicanos recordamos con horror los suplicios del proletariado rural a manos del gachupín hasta que estalló el movimiento revolucionario de noviembre de 1910. En las haciendas había cepos para castigar a los peones, o bien se ataba al peón reo de alguna falta a la rueda de una carreta, y se tenía ésta en movimiento, por horas, y aún durante todo un día, con el desgraciado proletario girando según giraba la rueda… Pueden los condolidos redactores de El Porvenir del Obrero, preguntar a alguno de los insignes gachupines repatriados, si es cierto esto o es mentira, pues es casi seguro que entre ellos exista algún nuevo Torquemada que haya hecho sudar sangre al trabajador mexicano.

En algunas haciendas se empleaba como tormento la gota de agua. Este tormento consiste en verter gota a gota cierta cantidad de agua en la misma parte del cuerpo, hasta llegar a producir dolores atroces que ningún ser humano puede soportar sin desmayarse o morir.

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            Todo esto ha desaparecido, con otras muchas cosas, gracias a la Revolución que tanto lamentan los “humanitarios” redactores de El Porvenir del Obrero marcando con su desaparición, un progreso del cual deberíamos estar satisfechos todos los anarquistas del mundo.

El gachupín era en las haciendas señor de horca y cuchillo. Nunca se vio que uno de esos bandidos, que uno de esos negreros infames fuera castigado por la alcahueta Autoridad, como que los crímenes que cometían los gachupines afectaban solamente a los pobres, a los humildes, a personas indefensas, a los proletarios para quienes la Autoridad no ha sido ni será otra cosa que el chicote y la cadena.

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            Recuérdense las atrocidades cometidas por los dueños, administradores y capataces gachupines de las fincas de “tierra caliente” de los Estados de Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Morelos, Veracruz, Tabasco, Chiapas, Campeche, Yucatán y Territorio de Quintana Roo. ¿Qué no sufrió el proletariado en las fincas de Ozumacín y Valle Nacional, por ejemplo, para no citar más casos a manos de los gachupines?

En las fincas de “tierra caliente”, como se conoce la vasta región tórrida de México, el trabajador sufrió como en ninguna otra del país. Los hombres, las mujeres y los niños tenían que andar encorvados de sol a sol bajo la mirada vigilante del capataz que montado a caballo, y sable o garrote en mano, caía sobre el primer desgraciado que, rendido se quedaba un paso atrás de sus compañeros de fatigas, moliéndolo a golpes.

La alimentación que se daba a esos trabajadores, que eran verdaderos esclavos, pues no podían salir de las fincas, era la siguiente: una taza de café y una tortilla gorda de maíz por la mañana; un plato de frijoles a medio cocer, con sebo de res, y otra tortilla gorda al medio día; por la noche, lo mismo que por la mañana. Esta alimentación debía sostener en pie a aquellos mártires en los duros, en los agotantes trabajos agrícolas, en aquel clima bajo los dardos del sol tropical y los maltratos del negrero gachupín.

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            Los trabajadores se enfermaban; pero enfermos tenían que trabajar. Del lecho, mísero petate de palma sobre el suelo duro, plagado de parásitos, de los innumerables y molestos parásitos de la “tierra caliente”, era arrastrado el trabajador enfermo a su labor. Si se trataba de trasplantar tabaco, tenía que andar en cuclillas todo el día, sin detenerse, so pena de ser arreado a golpes y palabrotas. ¡Cuántos infelices murieron en el surco sembrando oro para sus verdugos!

Cuando se veía que el enfermo podía recobrar pronto la salud, se le daba alguna medicina barata, de manera que otra vez estuviera en condiciones de seguir siendo explotado; pero si se veía que la curación tenía que ser larga, se le dejaba libre para que no ocasionara gastos. La libertad, tan grata para el hombre, era entonces motivo de angustia. La libertad para un enfermo era la muerte. ¿Cómo salvar la distancia entre la finca y el más próximo poblado sin ser devorado por las fieras en los bosques espesos de la “tierra caliente”? ¿Cómo atravesar los torrentes si se estaba en la estación de aguas? Y lo que era peor todavía: ¿cómo caminar leguas y leguas para llegar a un poblado, cuando no había fuerzas para dar un paso?

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            Los viajeros que pasaban por los caminos y los bosques cercanos a las fincas de Ozumacín y Valle Nacional, para no citar más, se quedaban con el ánimo entristecido al ver las sombras humanas que se arrastraban en dirección opuesta de las fincas, o al tropezar con las osamentas que marcaban el sitio de una agonía dolorosa y de una muerte obscura de algún obscuro productor de la riqueza social expulsado de la finca para que no hiciera gastos con motivo de su enfermedad.

A veces, el enfermo se encontraba tan mal que no podía dar un paso fuera de la finca, que no podía moverse del petate. ¡Cuántas veces esos enfermos, para evitar que hicieran gastos, sin producir más, fueron enterrados vivos! Se abría una zanja en la tierra y allí se depositaba al enfermo, vivo todavía y protestando como le ayudaban sus desfallecidas fuerzas contra la infamia, y se le echaba tierra, tierra, tierra hasta matarlo.

En la ciudad de Oaxaca se siguió un proceso contra unos gachupines del Valle Nacional por haber cometido, como todos sus congéneres, infamias de esa clase. Por supuesto que todo fue una farsa. ¿Cuándo la Autoridad se pone del lado del débil? Nada se habría movido a no ser por la calidad de una de las víctimas. Era un americano que, borracho, firmó en Veracruz un contrato para trabajar en una de las innumerables fincas del Valle Nacional. Cuando despertó de su borrachera, el pobre diablo ya estaba en camino de Tuxtepec y bien custodiado para que no escapase. Llegado al Valle Nacional y a la finca que había sido destinado, se le puso a trabajar. Naturalmente, enfermó por el clima, la mala alimentación, el excesivo trabajo y el maltrato. Se le enterró vivo como a otros. El suceso llegó a conocimiento de los representantes diplomáticos de los Estados Unidos. Nada se habría hecho por el pobre diablo si hubiera sido proletario; pero pertenecía a una familia de cierta comodidad, y se interesó la Autoridad. Se abrió una investigación: varios gachupines fueron conducidos a la cárcel de la ciudad de Oaxaca, para “taparle el ojo al macho”; pues después salieron en libertad a fuerza de dinero, aunque no absueltos del cargo que tenían encima de haber asesinado al americano. Pasó el tiempo y se olvidó todo. Tal vez la familia de la víctima se contentó, al estilo americano, con comerse alguna indemnización.

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            Estos hechos espantosos fueron “el pan de cada día” hasta que el pueblo mexicano se levantó en armas contra la tiranía política y las terribles condiciones económicas y sociales en que se encontraba, produciéndose el movimiento revolucionario que dura hasta este momento y que seguirá su curso hasta que el pueblo encuentre satisfacción a sus aspiraciones de libertad y de justicia.

Al levantarse en armas el pueblo mexicano, arremetió contra todos sus verdugos materiales y espirituales, y ha ajusticiado clérigos, burgueses y esbirros sin distinción de nacionalidades, y como los gachupines abundan entre los verdugos, naturalmente han tenido que sufrir las consecuencias. Con seguridad que El Porvenir del Obrero no cita un solo caso en que un español haya sido molestado por los revolucionarios. Los españoles son escasos en México, y los que hay, están en su mayoría del lado de la revolución. Se les encuentra en el sindicato, en el periódico obrero o agitando en el seno de la clase trabajadora en pro de la emancipación de la clase. En México hay buenos anarquistas españoles que no han sufrido daño por parte del pueblo mexicano. Es que este pueblo no odia al español, sino al gachupín, al explotador, al negrero, al verdugo.

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            Ve El Porvenir del Obrero que, para su causa, la de denigrar al pueblo mexicano, resultó muy infeliz el recurso de sacar a colación el antigachupinismo de aquel pueblo. El gachupín estuvo perfectamente identificado con la opresión y la explotación, fue parte grandísima e importantísima de esa opresión y de esa explotación, y sufre las consecuencias como las sufren todos los opresores y explotadores.

¡Pobres esfuerzos de los que se empeñan en restar simpatías al movimiento revolucionario mexicano!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 218, diciembre 25, 1915.



[1] Las Noticias. Diario fundado en Barcelona en 1896. En los primeros años del Siglo XX contó entre sus colaboradores con Miguel de Unamuno. Durante la Guerra Civil se convirtió en el órgano de la Unión General de Trabajadores (UGT) de Cataluña. Dejó de publicarse en 1944.