La libertad política

La persecución de que son objeto nuestros compañeros Ricardo y Enrique Flores Magón, sirve, entre otras cosas, para demostrar que la libertad política garantizada por las constituciones de todos los países llamados civilizados, es una de tantas mentiras democráticas con que se logra que el pobre pueblo se haga la ilusión de que es libre, de que puede, dentro de la ley y el orden, conquistar el bienestar de que se ve privado, y no se levante airado contra los que lo esclavizan.

La libertad de pensar y de manifestar el pensamiento por medio de la palabra hablada o escrita, es la más querida, es la más apreciada por el hombre, porque gracias a ella pueden ponerse de acuerdo los seres humanos para avanzar con paso firme por la vía de su perfeccionamiento.

Todas las constituciones garantizan la libertad del pensamiento, por cuya conquista la humanidad ha derramado la sangre a torrentes; esa sangre, en su mayor parte, ha sido sangre proletaria, la sangre de los hijos del pueblo que han respondido a los llamamientos que a su dignidad y a su honor ha sido hechos, sin pensar, mejor dicho, sin adivinar que su sacrificio, como todos los sacrificios del desheredado, aprovechan cuando no exclusivamente, al menos en su mayor parte, a la clase privilegiada.

La libertad del pensamiento hablado o escrito, aprovecha casi exclusivamente a la clase dominante, a la clase poseedora de la riqueza social. Esa clase goza de libertad completa para exponer sus ideas tendentes a la conservación del sistema de la propiedad privada; en cambio, la clase desposeída, la clase proletaria, no tiene la libertad de exponer sus ideas tendientes a la abolición de ese sistema inicuo y a su sustitución por otro que esté más en armonía con el progreso alcanzado por el pensamiento humano.

La clase capitalista, además de la ventaja material con que cuenta para manifestar  sus ideas, puesto que, dueña de la riqueza social, tiene a su disposición todos los elementos necesarios para su propaganda, cuenta con el apoyo del gobierno. La clase capitalista puede, por lo mismo, hablar con toda franqueza, con entera libertad; puede, impunemente, atacar los intereses de la clase trabajadora, hasta lograr abogar por la vuelta de la esclavitud para los desheredados; puede pedir el exterminio de los trabajadores que estando en huelga impiden de alguna manera que los esquiroles la quiebran. La clase capitalista hace absoluta libertad para propagar ideas que tiendan a perpetuar la abyecta condición en que se encuentra la clase trabajadora; puede, con impunidad completa, negar el derecho de vivir que tiene todo ser humano, puede en fin, decir todo lo que conviene a la conservación de su posición privilegiada, a pesar de que todo lo que conviene al rico perjudica al pobre, por tener el uno y el otro intereses que no pueden conciliarse, cuya armonía es materialmente imposible, porque para que el rico sea feliz es necesario que el pobre se sacrifique.

En cambio, la clase trabajadora no tiene la libertad de manifestar sus ideas, a pesar de que por conquistar ese derecho político ha vaciado sus arterias pródiga, generosa, entusiasta, heroica, en todos los combates que la especie humana ha librado por su perfeccionamiento. Todo ese heroísmo, todo ese entusiasmo, toda esa generosidad y todo ese sacrificio de los hijos del pueblo; todo ese derroche de energía y de inteligencia de los de abajo, no ha dado otra satisfacción que la de ver escritas en las constituciones estas palabras que, por su contraste con la realidad, son una bofetada en pleno rostro aplicado a los héroes que las conquistaron: “el pensamiento es libre; todo hombre es libre para hablar y escribir sobre cualquiera materia.” ¡Que ironía! ¡Qué cobarde ultraje al sacrifico humano!

Porque si el rico es libre hasta para abogar por el exterminio de pobre; porque si el rico es libre no sólo para excusar, sino hasta para legitimar el robo de que hace víctima al pobre, éste, el desheredado que mermando la alimentación de su familia se desprende de algo de lo poco que deja de robarle el burgués, para poder sostener con vida el órgano que defiende sus intereses, se ve privado de ese portavoz de su protesta, de ese mensajero de sus aspiraciones y de sus martirios.

Para los desheredados no hay libertad de pensamiento. Puede escribirse; pero siempre que por medio de la palabra escrita no se ponga en peligro el privilegio de explotar y de oprimir al proletario. Los tiranos se dan el lujo de permitir cierta libertad al orador y escritor proletarios, confiados en que las masas son refractarias a toda renovación, en que las masas perfectamente educadas por siglos de ignorancia y de abyección  en el servilismo, volverán la espalda a los apóstoles de un cambio en las relaciones económicas, políticas y sociales de los seres humanos; pero apenas observan que la palabra ardorosa y convincente del apóstol revolucionario solivianta a las masas, las despierta y sacude, las exalta y agita el rescoldo de dignidad y el honor que se creía estar completamente apagado, desatan sus injurias y las arrojan sobre el audaz que se ha atrevido a soliviantar las multitudes.

Eso es lo que ocurre en el caso de la persecución de que son víctimas nuestros compañeros Ricardo y Enrique Flores Magón. Su propaganda no se limitaba a la simple exposición de doctrinas, sino a su aplicación práctica. Querían que las teorías se convirtieran en hechos. ¡Ese es su delito!

¡Muera la tiranía!

Celso Marquina

Regeneración, núm. 229, 11 de marzo de 1916