Progreso revolucionario

La entrada de Félix Díaz[1] a la lucha armada que viene desarrollándose en México de noviembre de 1910 a la fecha, sirve para comprobar el progreso revolucionario que se ha alcanzado, así como para distinguir que en el fondo de aquel caos vive una aspiración común: la abolición de la miseria y de la tiranía, y que en la conciencia popular ha echado indestructibles raíces la idea de que para obtener la libertad y el bienestar, es necesario conquistar la independencia económica, que para aquel pueblo sencillo, pero dotado de un admirable buen sentido, debe fundarse en el libre acceso a la tierra para todo aquel que quiera cultivarla.

Félix Díaz representa al partido más reaccionario de México. Detrás de él, apoyado por la fuerza de sus millones, están el Clero católico y los llamados “científicos.” Contra este partido se levantó en armas el pueblo. Es el partido de los grandes terratenientes, de los grandes monopolizadores de los negocios, y sin embargo, forzado por las circunstancias, porque de otra manera no podría atraerse al proletario, que es el que carga el fusil en tiempo de guerra y el que decide la suerte de las candidaturas en tiempo de paz, aunque nada aprovecha ni con el fusil ni con la  boleta electoral, cuando lucha para sostener el sistema de la propiedad privada; forzado por las circunstancias, repetimos, este partido se muestra ahora amigo del pueblo y reconoce, y en ese  reconocimiento se confirma el progreso revolucionario alcanzado en México, que los que no tienen tierra, los desheredados, tienen derecho a ella.

Tenemos a la vista el programa del movimiento de Félix Díaz, que apareció en el diario local The Los Angeles Times, correspondiente al día 6 de este mes.

En dicho programa, se da preferencia a las reformas económicas y sociales, con lo que se da una prueba más de lo que interesa al proletario mexicano es el mejoramiento de su clase, y como Díaz necesita el apoyo del proletariado, da lugar prominente a las reformas de carácter económico y social para lograr su objeto. Copiamos en seguida los artículos relativos del programa. Dice así: “1.- Debe establecerse una oficina general agraria, para medir todas las tierras que se encuentre que pertenecen a los gobiernos federal y de los Estados, deben ponerse a disposición de las personas que no tengan tierra. Es obligatorio para las personas que adquieran tierra, que las cultiven y mejoren.

“II.- Se proveerá de los títulos respectivos de propiedad territorial a todas las tribus indígenas y comunidades; pero las tierras que se den a las tribus indígenas o a individuos no podrán ser vendidas por los beneficiarios ni empeñadas en hipoteca, pasando esas tierras cuando mueran sus poseedores, a manos de sus herederos legales”.

Díaz calcula que hay 120.000.000 de acres disponibles en todo el país, retenidos por los grandes terratenientes de una manera fraudulenta, y que repartida esa tierra entre todos los hombres, mujeres y niños que pueblan México, tocarán ocho acres a cada persona.

La solución que da Félix Díaz al problema agrario, aunque resulta más ventajosa que la solución carrancista, porque no hay que pagar un solo centavo por la tierra, la ventaja, sin embargo, es aparente, porque las tierras prometidas son las que se llaman baldías, tierras áridas, apartadas de los poblados y de las vías de comunicación, inservibles para el desheredado. Los capitalistas no se han apoderado de ellas, porque para mejorarlas se necesitan capitales colosales que la burguesía se ha ahorrado de invertir, arrebatando al pueblo las tierras buenas o bien situadas.

Mexicanos: la solución del problema es esta: desconocer resueltamente el derecho de propiedad privada y expropiar en beneficio de todos, la tierra, la maquinaria, los medios de transportación y los efectos almacenados. La tierra es un bien natural que debe pertenecer a todos los seres humanos, como el aire, la luz, el calor del sol. El burgués no hizo la tierra; es nuestra, es de todos y debe ser libre para el que quiera cultivarla.

Volviendo al programa de Félix Díaz, añadiremos, que en seguida de la cuestión de tierras, trae unos artículos relativos a la unión de los trabajadores. Hay que notar que el partido de Félix Díaz, es el mismo que asesinó a los obreros de Río Blanco[2] y a los mineros de Cananea[3]; pero ahora defiende los sindicatos obreros, para atraérselos, como lo hizo Carranza.

Félix Díaz reconoce el derecho de los trabajadores a reunirse y promete que todas las disputas entre los trabajadores y los patronos deberán resolverse por tribunales de arbitraje, en los que al trabajador le tocará perder como en cualquier otro tribunal.

Ofrece igualmente Félix Díaz que el Congreso de la nación declarará legítimas las uniones de trabajadores y que “SE CONCEDERÁ A LAS MISMAS DERECHOS ESPECIALES Y PRIVADOS PARA AYUDA Y PROGRESO DE SUS MEJORES INTERESES.”

¡La misma hermosa música de Carranza!

Afortunadamente el desengaño sufrido por los trabajadores de parte de Carranza, habrá servido para que hayan abierto los ojos y no se dejarán engañar por Félix Díaz ni por ningún otro redentor.

Con las armas en la mano, los trabajadores no necesitan de redentores. Las armas les dan la fuerza que necesitan para arrebatar de las manos de la burguesía la riqueza social, y hacerla propiedad de todos.

Celso Marquina

Regeneración, núm. 229, 11 de marzo de 1916



[1] Félix Díaz (1868-1945). Ingeniero militar oaxaqueño. Sobrino de Porfirio Díaz. A partir de 1901, formó parte del Estado Mayor presidencial. En diversas ocasiones fue diputado en la legislatura local y en el Congreso de la Unión. En 1902 fue frustrado candidato independiente a la gubernatura de su entidad natal y enviado a Chile como agregado militar. Estallada la revolución maderista, el 3 de mayo de 1911 fue nombrado por el Congreso local gobernador interino. En octubre de 1912, se rebeló en Veracruz contra el régimen maderista. Un Consejo de Guerra le dicta sentencia a muerte, la cual fue conmutada por Madero. Uno de los cabecillas del golpe a Madero. Distanciado de Huerta se mantuvo fuera del país hasta 1916 cuando encabezó un movimiento con el apoyo de la jerarquía católica mexicana y estadunidense y el financiamiento de los exiliados científicos. Tras varios fracasos militares se estableció en territorio veracruzano, donde se mantuvo en armas hasta  abril de 1920. Reacio a reconocer al obregonismo triunfante, se exiló en Nueva Orleans. Regresó al país hasta 1937

[2] Refiérese a la huelga de Río Blanco. Realizada en las fábricas textiles de Río Blanco, Santa Rosa y Nogales, Ver., del 7 al 11 de enero de 1907; promovida por los trabajadores agrupados en torno al Gran Círculo de Obreros Libres, en respuesta al reglamento impuesto por el Centro Industrial Mexicano, tras el fracaso de la mediación de Porfirio Díaz en el diferendo. Los huelguistas fueron cruentamente reprimidos. Los impulsores de la huelga fueron aprehendidos y un número indeterminado de ellos fue sometido a trabajos forzados en Valle Nacional. Las labores en Río Blanco se reanudaron bajo vigilancia militar.

[3]  Refiérese a la huelga de Cananea, Son., llevada a cabo del 1º al 4 de junio de 1906 por trabajadores de la Cananea Consolidated Copper Co., propiedad de William C. Greene. Impulsada por la Unión Liberal Humanidad y el Club Liberal de Cananea, a causa de los malos tratos prodigados a los trabajadores, los bajos salarios y la discriminación contra los mineros mexicanos. La huelga fue reprimida, a petición de Greene y del gobernador Rafael Izábal, por rurales mexicanos y rangers de Arizona. Los principales impulsores de la huelga, Manuel M. Diéguez, Esteban Baca Calderón y Francisco Ibarra, fueron encarcelados y posteriormente remitidos a San Juan de Ulúa. Fueron liberados en 1911, tras el triunfo de la revolución maderista.