Carranza traiciona la Revolución. (Continúa)

El esbirro carrancista Pablo González, o mejor dicho, Venustiano Carranza por medio de su esbirro Pablo González, considera discutibles los derechos de los trabajadores, y todavía más, que deben estar sujetos a limitaciones, según las últimas líneas del párrafo que arriba transcribimos.

El derecho de los trabajadores a obtener el producto íntegro de su trabajo, es indiscutible, señores vampiros, y las limitaciones que le imponéis son arbitrarias, porque la razón  indica que la riqueza debe ser propiedad del que la produce, y no son ciertamente los burgueses los que se fatigan y sudan y se matan en el trabajo. ¿Admite discusión que el trabajador tenga derecho a beneficiarse con el producto de sus afanes?

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            Lo que sí es discutible, y mejor, lo que es condenable, por injusto y criminal, es el pretendido derecho del burgués a apropiarse una parte de lo que produce el trabajador, y por lo mismo, en vez de poner límites al derecho de los trabajadores, debe ponerse un hasta aquí a la rapacidad de los capitalistas.

Ese hasta aquí debe ser el desconocimiento del llamado derecho de propiedad privada por medio de la expropiación de todo cuanto existe para el beneficio de todos los seres humanos que pueblan México, sin distinción de sexo ni de raza.

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            Sigue diciendo Carranza por boca de González: “Con este modo de pensar, aumentan día a día las exigencias de los trabajadores y las huelgas se multiplican y sus ambiciones se intensifican hasta llegar a pisotear derechos legítimos y a destruir esfuerzos laudables.”

Eso es lo que lastima a todas las sanguijuelas: que los trabajadores sean cada vez más exigentes; pero para la causa de la humanidad esa exigencia es condición de progreso; sin la exigencia del oprimido, la libertad no pasará de ser una bella utopía. Todo hombre de mente sana ve con entusiasmo, más bien que con disgusto, las exigencias populares, porque ellos son el mejor síntoma de una ansia de mejoramiento y de progreso. Pero como Carranza no es, ni puede ser amigo sincero de la clase trabajadora, porque como gobernante tiene que apoyar las rapiñas del rico contra el pobre, de ahí que vea con enfado las exigencias de los trabajadores, exigencias preciosas que, si no existieran sería preciso suscitarlas, por ser indispensables para la causa del progreso humano.

¿Que con esas exigencias y esas ambiciones, se pisotean derechos legítimos y se destruyen laudables esfuerzos? ¿Y bien? Esos derechos legítimos son los derechos del burgués de robar al trabajador una parte de lo que produce, y la justicia quedaría satisfecha si quedasen abolidos, y no solamente pisoteados, esos derechos.

En cuanto a los “esfuerzos laudables”, no son otros que los ardides, las chicanas y las bribonadas de todo género de que hacen uso los burgueses para acumular sus fortunas. Todo hombre honrado ve con gusto que las masas proletarias destruyan esos “esfuerzos laudables”, menos Carranza y los interesados en que continúe subsistiendo el sistema de la explotación del hombre por el hombre.

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            Carranza, por boca de González, se queja así de la actuación de los trabajadores: “Ha llegado al conocimiento de este Cuartel General, que los huelguistas de El Oro, Estado de México, obligaron recientemente la clausura de los trabajos de la mina, antes de que expirase el plazo que había puesto la compañía para decidir acerca de sus demandas, forzando a los trabajadores a dejar el trabajo, y amenazando, además, destruir la maquinaria de la compañía que, con motivo de una huelga anterior, había sido deteriorada por haberse inundado la mina al suspenderse los trabajos de drenaje, quedando fuera de servicio las bombas, que todavía se encuentran inundadas, lo que hace imposible poner la mina en su anterior estado de producción, siendo, por lo mismo, incalculables los daños que la compañía ha sufrido.”

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            De manera que, para Carranza, lo justo habría sido que los mineros de El Oro hubieran continuado trabajando hasta saber la resolución de la compañía, resolución que tenía que ser nugatoria a las demandas de los trabajadores. Los obreros lo comprendieron así, que sus demandas serían rechazadas, y comprendieron, además, que el plazo que puso la compañía para resolver sobre ellas, no era otra cosa que un ardid meditado para reclutar en ese tiempo suficiente número de esquiroles que estuvieran listos a ocupar los puestos de los huelguistas, y para que llegaran abrumadores refuerzos a la guarnición carrancista para someter a balazos a los trabajadores.

Para contrarrestar la traición de los burgueses, nuestros hermanos de El Oro tuvieron que precipitar la huelga.

Y para castigar a los burgueses, esos proletarios intentaron destruir la maquinaria, con lo que, en realidad, no iban a hacer otra cosa que destruir lo que a ellos, a los trabajadores, pertenece, porque esa maquinaria no fue construida por los accionistas de la compañía, sino por obreros. Los materiales de que la maquinaria está construida, no fueron arrancados del seno de la tierra por los burgueses, ni fueron los burgueses lo que los acarrearon a la fundición, ni los que en la fundición se cocieron en vida para fundirlos. Esa maquinaria pertenece, pues, a los trabajadores, y estos tenían el derecho de destruirla, como tienen el derecho de arrancarla de las garras de sus explotadores para utilizarlas en beneficio de los desheredados, sus dueños, sus verdaderos dueños.

Carranza se duele de los “incalculables daños que la compañía ha sufrido” a resueltas de la huelga anterior. Compadece a los ladrones que viven del sacrificio de los trabajadores; pero del infortunio de los trabajadores no se duele; no le interesa que éstos y sus familias sufran hambre y desnudez; lo que le importa es que los holgazanes burgueses no sufran en sus intereses.

Tal es el hombre que cuando no tenía el apoyo del gobierno americano, y buscaba el apoyo de los desheredados, se decía amigo de la clase trabajadora. El proletariado que todavía espera que haya un buen gobierno que lo salve, debe perder toda esperanza, o decidirse de una vez a luchar contra todo gobierno, convencido de que gobierno es tiranía y solamente tiranía.

(Continuará)

Celso Marquina

Regeneración, núm. 232, 1 de abril de 1916