Carranza traiciona la revolución

Si Carranza fuera sincero, apoyaría a los trabajadores que procuran su mejoramiento; pero no es así. Lo que en realidad procura Carranza es proteger a las compañías, al burgués, como se desprende de las siguientes palabras del Manifiesto de González[1]: “…el gobierno debe reconocer los derechos de… las compañías que piden auxilio para obligar a que sus derechos sean respetados y sus propiedades sean protegidas.”

Carranza no puede ayudar al mismo tiempo a los trabajadores y a los capitalistas. No se puede ser simultáneamente amigo del capital y el trabajo. Si se apoya a uno se perjudica a otro, porque lo que aprovecha al trabajador, perjudica al capitalista y viceversa, lo que aprovecha al capitalista, perjudica al trabajador.

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            Quien diga que pueden armonizarse los intereses de la clase trabajadora y las de la clase capitalista, miente. El Capital puede subsistir por el sacrificio del Trabajo, el capitalista no puede acumular riquezas sin hacer sudar en su provecho al trabajador. Si el trabajador se resiste a ser explotado, el capitalista se perjudica. Se trata, por lo mismo, de intereses irreconciliables, enemigos forzosamente los unos de los otros.

Así, pues, al volar el carrancismo en auxilio de las compañías para que sus derechos sean respetados y protegidas sus propiedades lo hace en perjuicio de los derechos de los trabajadores, y sus palabras de “reconoce y respeta la justicia que asiste a los trabajadores cuando procuran su mejoramiento,” son una bofetada con que cruza el rostro de la plebe en pago de la sangre por esta derramada para encumbrarlo.

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            Los obreros que tomaron las armas bajo la bandera carrancista, lo hicieron en la inteligencia de que iban a ser apoyados en su lucha contra la burguesía. No se les hizo ver entonces que el carrancismo tenía que proteger los intereses de los capitalistas. Por el contrario, en la tribuna, en el periódico, en el folleto, en el guardacantón, en medio del campamento, en la plaza pública, en la calle, en todas partes, oradores carrancistas herían los oídos de las multitudes, y los periodistas escribían largos artículos contra los burgueses, reivindicando los derechos de los trabajadores de gozar del producto íntegro de su trabajo. Entonces no se hablaba del derecho que tiene el burgués de que sus propiedades sean protegidas, como que se trataba de reunir en torno de la bandera carrancista a la multitud ávida de libertad económica, sedienta de bienestar y de justicia. Entonces; en todos los tonos, se denunciaba al burgués como un ladrón… para protegerlo al día siguiente de aquel en que Wilson y Carranza se estrecharon las manos en señal de una común inteligencia para matar la Revolución.

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            Un leader, como Carranza, que debe a la violencia el haber podido descollar entre los demás; un individuo que debe su momentánea preponderancia al empleo de la fuerza, viene predicando ahora el uso de procedimientos pacíficos para que los trabajadores obtengan el mejoramiento a que aspiran. Dice que los huelguistas no tienen derecho a hacer uso de la violencia contra aquellos de sus compañeros que no aprueban sus procedimientos y quieran continuar en el trabajo. Los trabajadores no echan mano de la violencia porque encuentren algún placer en ello. Lo hacen por necesidad. Primero invitan fraternalmente a sus hermanos de cadenas a que se les unan en la lucha por el interés común; apelan a la razón de sus compañeros de fatiga para que hagan causa común con los de su clase; les tocan sus sentimientos más delicados; hacen elocuentes llamamientos a su honor, a su dignidad, a su decoro; les hacen observar lo que sufre la familia: la compañera amorosa, los inocentes hijos, los ancianos débiles padres, todos los seres adorables y tiernos que dan calor y alegría al humilde hogar proletario, y sólo recurren a la violencia, cuando ni palabras ni razones tienen fuerza alguna para hacer que se les unan los que están conformes con su vida de mulos aporreados y envilecidos.

Sólo entonces es cuando los trabajadores dignos, los que aspiran a conquistar el mejoramiento o la emancipación de su clase, hacen uso de la violencia contra sus compañeros de fatigas, que con su indiferencia ayudan a la burguesía en su obra de explotación y de tiranía.

Si Carranza fuera honrado, en vez de condenar el uso de la violencia por los trabajadores, debería aplaudirlo, debería estimularlo, debería fomentar sentimientos de rebeldía y de protesta, sin los cuales no podrá lograr su emancipación la clase trabajadora, porque no es posible arrancar la riqueza social de las garras de la burguesía, cruzándose de brazos.

Si Carranza fuera honrado, ya que condena la violencia, cuando de ella hacen uso los proletarios, debería condenarla también cuando a ella apelan los políticos para encumbrarse al poder. Debería comenzar por condenarse a sí mismo.

La violencia, empleada por los trabajadores, es justa, porque se emplea en beneficio de la humanidad entera. Los problemas obreros son problemas humanos por excelencia, problemas que resultan de este hecho: la opresión, en cuya desaparición está interesada la justicia; la justicia, aspiración común a todos los seres humanos. La causa de los trabajadores, es la causa de la humanidad.

(Continuará)

Celso Marquina

Regeneración, núm. 234, 15 de abril de 1916



[1] Manifiesto de González