Carranza traiciona la Revolución. (Continúa)

Carranza quisiera, como todos los tiranos, que nadie se moviera sin su permiso; que todo se le consultase; que muriera toda iniciativa individual o colectiva. En sus delirios de grandeza, creyó que los obreros iban a cruzarse de brazos esperando que el gobierno se dignase hacer algo por ellos; pero los obreros, en vez de cruzarse de brazos, inician una guerra industrial contra los capitalistas; las huelgas se multiplican; los actos de sabotaje hacen temblar a la burguesía; los esquiroles reciben saludables consejos de los puños de los obreros que tienen vergüenza; el trabajo se paraliza en extensos distritos; la burguesía, espantada ante la huelga que se generaliza en todo el país y amenaza con el paro de todas las industrias, grita pidiendo auxilio al gobierno, y el gobierno, cuya única misión, cualquiera que sea su forma y quienquiera que sea su representante, que en este caso es Carranza, al menos para el territorio semi-controlado por sus esbirros, tiene que estar siempre de parte de la clase capitalista, amenaza con la pena de muerte a los trabajadores dignos, que luchan en el terreno económico por arrancar de sus amos ventajas para su clase.

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            El farsante, que al verse próximo a ser aplastado por las fuerzas de Zapata y de Villa, salió a escape de la ciudad de México para refugiarse en Veracruz, donde con el fin de atraerse a los trabajadores de las ciudades, declaró en diciembre de 1914 que entonces comenzaba la Revolución Social, niega ahora a los obreros hasta el derecho a arreglar las huelgas por su propia cuenta.

Para engañar a los obreros, Carranza comenzó por soltar una mentira, porque no comenzó la Revolución Social en 1914. La Revolución Social comenzó en septiembre de 1906, cuando los miembros del Partido Liberal Mexicano se levantaron en armas contra las condiciones económicas, políticas y sociales que existían bajo la dictadura de Porfirio Díaz. El movimiento revolucionario actual, no es más que la continuación del movimiento iniciado en Jiménez y Acayucan.

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            He aquí las palabras de Carranza, repetidas por su fonógrafo, Pablo González, por las que se entera uno de la inquina que siente por toda actividad obrera: “El constante esfuerzo de los agitadores profesionales, que generalmente no son ni trabajadores ni mexicanos, tiende a que los trabajadores se aprovechen de las presentes circunstancias para obligar a que se les hagan concesiones, so pena de señalar al que se opone a sus exageradas demandas, como un reaccionario enemigo de la Revolución.”

Así habla ahora el payaso que se declaró en Veracruz, campeón de la Revolución Social. ¡Un campeón de la Revolución Social que ve con disgusto que algunos de los agitadores obreros no son mexicanos!

La causa del Trabajo no reconoce razas ni fronteras. La causa del Trabajo es universal. El trabajador es siempre explotado en México como en Estados Unidos, en Inglaterra como en Francia, en España como en Italia. Dondequiera que exista el sistema de la propiedad privada o individual, tiene que haber una clase social sometida a otra, la clase desposeída aplastada por la clase poseedora, la clase trabajadora pisoteada por la clase capitalista.

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            El mismo problema que tiene enfrente el trabajador ruso, es el mismo que tiene que resolver el trabajador alemán, austriaco o chino. Pero Venustiano Carranza no lo entiende así. Cree el negrero que el problema que tiene que resolver el trabajador mexicano para conquistar su emancipación, es un problema mexicano, un problema estrechamente nacional, porque el viejo estúpido no comprende que la misma causa que hace sufrir al trabajador mexicano, es la misma, exactamente la misma, que hace desgraciados a todos los trabajadores del mundo, y que, por lo mismo los trabajadores de todos los países, unidos en la común desgracia, tienen que unirse para luchar contra el enemigo común: el sistema de la propiedad privada madre del principio de Autoridad.

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            Los trabajadores extranjeros que están agitando a los trabajadores en México, deben ser vistos con cariño, porque están cumpliendo con su dolor de proletarios. Mal harían esos trabajadores extranjeros, si se unieran al Capital, a la Autoridad y al Clero para oprimir, explotar y embrutecer a sus hermanos de clase.

Los proletarios de todas las razas, somos hermanos; los burgueses de todas las razas, son nuestros enemigos.

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            Lo que para nosotros los proletarios es una virtud, es un crimen para vuestros amos, lo que demuestra con toda claridad que las dos clases sociales, la de los trabajadores y la de los capitalistas, tienen intereses opuestos. Por eso vemos que Carranza condena la actividad de los agitadores proletarios, mientras nosotros, los pobres, la vemos con cariño, porque son los agitadores los que con su palabra y con sus actos sacuden nuestra indiferencia despiertan en el fondo de nuestro ser ansias de libertad, vehementes sentimientos de justicia, abren nuestros ojos a la luz de la Verdad que disipa de nuestro cerebro las sombras que amontonaron en él la escuela oficial, el sacerdote y la tradición, y encienden en nuestro pecho esa lumbre sagrada que hace marchar a la humanidad hacia su glorioso destino: ¡la rebeldía!

Esa es la obra de los agitadores. ¿Tiene algo de extraño que los malvados la consideren criminal? El que tiene interés en que perdure un sistema que permite a unos cuantos aprovecharse del sacrificio del mayor número, tiene forzosamente que odiar a los agitadores.

Carranza se queja de que el “esfuerzo constante de los agitadores tiende a que los trabajadores se aprovechen de las circunstancias, para obligar a que se les hagan concesiones”, y la queja de Carranza solamente tendrá eco entre sus amos, los burgueses, de los cuales es leal perro: pero entre los trabajadores inteligentes esa queja es la mejor prueba que puede presentar a sus hermanos de clase, para convencerlos de que el gobierno es el guardián de los intereses de la clase capitalista. El disgusto de Carranza nace del hecho de que se perjudican los burgueses con las demandas de los trabajadores.

(Continuará)

Celso Marquina

Regeneración, núm. 235, 22 de abril de 1916