Carranza Traiciona La Revolución. (Continúa)

La Revolución que sacude al pueblo mexicano tuvo como origen la miserable condición en que dicho pueblo se encontró durante los últimos cuatrocientos años, bajo la triple tiranía del burgués, del sacerdote y del representante de la Autoridad. Para salvarse de esa tiranía, el desheredado empuñó el fusil, y es natural que considere como un reaccionario y un enemigo de la Revolución a todo aquel que se oponga a sus demandas, demandas que nunca pueden ser exageradas, como las ve Carranza, sino justas, justísimas.

En el caso de los obreros de las ciudades, sus demandas no son ni siquiera justas, porque justo sería que se apoderasen de las industrias para correrlas por su cuenta, sino que son modestas tímidas, humildes, pues que teniendo derecho a todo, como productores de la riqueza social, se conforman con una parte, una ínfima parte de lo que producen.

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            En las innumerables huelgas que han tenido lugar en México, de enero a esta parte, los trabajadores de las ciudades se han concentrado a pedir, invariablemente, aumento de salario y disminución de horas de trabajo. ¿Qué exageración hay en sus demandas? El trabajador tiene derecho a ganar el producto íntegro de su trabajo. ¿No es, por lo mismo, una demanda modestísima pedir al burgués que deje de robar unos cuantos centavos menos al pobre trabajador?

Y si se tiene en cuenta que la Revolución es la protesta violenta de los trabajadores mexicanos contra los que los oprimen y explotan y engañan, ¿hay algo de extraño en el hecho de que los trabajadores consideren como un reaccionario y un enemigo de la Revolución al que ponga trabas, ya no sólo a la emancipación total de la clase trabajadora, sino hasta al simple mejoramiento de su miserable condición?

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            El criterio estrechamente burgués de Carranza para apreciar los esfuerzos que hacen los trabajadores de las ciudades por mejorar su condición, ya que no para emanciparse resueltamente del yugo capitalista, explica con toda claridad ese odio que se tiene para los trabajadores del campo. Si le parecen exageradas las demandas de nuestros hermanos los trabajadores de las ciudades, que siguen respetando el derecho de propiedad privada o individual, ¿qué no le parecerá la acción del campesino, que desconociendo ese maldito derecho echa mano de la tierra que acaparan sus verdugos?

De ahí viene que Carranza sea el enemigo encarnizado del movimiento de Zapata, de Salgado[1], de los yaquis y de la agitación formidable de los miembros del Partido Liberal Mexicano.

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            Consecuente con su deber de apoyar, de auxiliar, de beneficiar a todo trance a la clase capitalista, Carranza quiere desnaturalizar la Revolución, que es eminentemente proletaria, que se debió a la sacudida del proletario cansado de soportar el yugo, pretendiendo que es un movimiento de las dos clases sociales, con un mismo objeto, y que por lo mismo, las dos tienen derecho a beneficiarse de ella.

He aquí sus palabras: “Hay trabajadores ‘descontentos’ (la palabra “descontentos”, con comillas en el original, como para significar que el descontento es más bien aparente que real, y que sólo se trata de díscolos o de malas cabezas) que piensan: “nosotros somos la Revolución” (con comillas en el original), como el monarca megalómano que, aunque con tendencias contrarias proclamó: el Estado soy yo. “No (sigue diciendo Carranza), la Revolución no es, ni puede ser, el patrimonio de un grupo solamente. La Revolución es un movimiento de amplio carácter social, que si afecta de una manera importante a los trabajadores, debe igualmente afectar a otros y conservar, dentro de la libertad y la justicia, el orden de la sociedad.”

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            Pasamos por alto la burla majadera que hace Carranza de los trabajadores en la primera parte del trozo que acabamos de citar, burla sangrienta, en verdad, con que paga el tirano el sacrificio de los humildes que con su sangre lo encumbraron.

La Revolución, como más atrás decimos, es el resultado de la situación miserable en que se encontraba el trabajador, explotado por el amo, tiranizado por el gobernante, embrutecido por la clerigalla, sin otra esperanza que la muerte para libertarse de los tormentos de una vida cargada de deberes y desprovista de derechos.

No es la Revolución, como trata de hacerlo entender Carranza, el movimiento de protesta de las dos clases sociales, la de los trabajadores y la de los capitalistas, contra condiciones insoportables para ambas. Para el burgués, lo mismo es que impere un gobierno democrático, como una dictadura. Los derechos de propiedad son respetados. Puede sin trabas de ninguna clase, explotar a los desheredados y gozar del bienestar que proporciona la independencia económica, es libre, además, porque siendo dueño de la riqueza, es amo del gobierno, que como se sabe, no es otra cosa que el gendarme del Capital.

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            La clase capitalista no sufría; la clase capitalista, por el contrario, se encontraba a sus anchas, y en ese negro período de cuatrocientos años de explotación y de tiranía para el proletario mexicano, la clase capitalista gozó de los mismos privilegios y las mismas libertades bajo el gobierno colonial, como bajo la diversas administraciones del México independiente. El burgués fue siempre un burgués, esto es, un hombre satisfecho y libre sobre todos los gobiernos habidos en México, mientras el desheredado fue siempre desgraciado, lo mismo bajo la férula del Virrey que bajos las garras imperiales de Iturbide y Maximiliano. El proletario fue un esclavo bajo la bota militar de Bustamante, sus costados sangraron bajo la espuela de Santana y sus espaldas conservan los surcos que abriera en ellas el machete de Porfirio Díaz. Y bajo los gobiernos democráticos, democráticamente fue explotado, maltratado, fusilado, vejado por esos gobiernos liberales de Herrera[2], de Arista[3], de Juárez y de Lerdo.

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            La Revolución no es, pues, un movimiento de protesta de las dos clases sociales, contra condiciones insoportables, puesto que la clase capitalista no ha sufrido la tiranía. Es el pueblo pobre, es la plebe la que ha hecho la Revolución para salvarse de la miseria y la servidumbre, y como la Revolución perjudica los intereses de la clase capitalista, Carranza sale a la defensa de sus amos los burgueses volviendo la espalda al proletario que, en su sencillez, se sacrificó con la esperanza de tener un apoyo que lo defendiera de la rapacidad de sus explotadores.

(Continuará)

Celso Marquina

Regeneración, núm. 236, 29 de abril de 1916



[1] Jesús H. Salgado. (Teloloapan, Gro.,1873-1920). Ranchero y comerciante, se incorporó a la revolución en Apaxtla, Gro. Rompió con Madero y se incorporó al zapatismo. Se sumó al Plan de Ayala. Desarrolló sus actividades  desde Balsas hasta Tlapa y de Copalillo a San Marcos. Fue nombrado gobernador provisional de el Estado por la junta revolucionaria zapatista (1914). Murió combatiendo, con el grado de general de división, a las fuerzas de Venustiano Carranza cerca de Petatlán en la Sierra Madre del Sur. Regeneración siguió sistemáticamente su trayectoria y le llamaba “compañero”.

[2] Refiérese a José Joaquín de Herrera (1972-1854). Presidente de México en tres ocasiones: del 12 al 21 de septiembre de1844, en sustitución temporal del general Valentín Canalizo. Del 6 de diciembre de 1844 al 30 de diciembre de 1845, durante su mandato se dio la anexión de Texas por Estados Unidos. 30 de mayo de 1848 al 15 de enero de 1951. En este último mandato impulso el proyecto de los liberales moderados.

[3] Refiérese a José Mariano García de Arista Nuez (1802-1855). Presidente de México del 15 de enero de 1851 hasta el 5 de enero de 1853, fecha en que renunció.