La tradición

“En esto creyeron mis padres, y en esto debo creer yo.” Así dicen las gentes, batiéndose en retirada cuando tienen enfrente un contrincante que dice la verdad.

“Yo debo creer lo que mis padres creyeron”, repite, y levanta esa frase como una muralla, entre la razón y su fe.

Todos amamos a nuestros padres. Todos estamos listos a sacrificarnos por ellos, a hacerles más amable la vida, a ayudarlos en su vejez, y si ya murieron, los recordamos con ternura. Pero eso no quiere decir que si ellos sostienen un error, un error también debamos sostener nosotros.

Si el hijo tuviera que sostener lo que sus padres creyeron, no habría progreso.

Nuestros padres vivieron engañados. Ellos fueron fácil presa de la superstición religiosa; el burgués los manejó como quien juega con un cuchillo; temieron al gobierno como al representante de la Divinidad; pero la ciencia nos enseña que la religión es una mentira: que el burgués no tiene derecho a vivir de nuestro trabajo, que todo aquel que quiera hacerse obedecer es un tirano. ¿Por qué hemos de continuar creyendo lo que creyeron nuestros padres?

Mejor, deberíamos sentir odio contra el sacerdote que abusó de la ignorancia de nuestros antepasados; deberíamos poner nuestra mano en el cuello del burgués que los mantuvo en la miseria y levantar una horca para cada gobernante.

Creer lo que creyeron nuestros padres, es dejar que hagan lo que gusten el burgués, el sacerdote y el gobernante; es renunciar a la libertad y al bienestar; es dar la espalda al progreso, porque nuestros pobres padres creían en la mentira, fueron víctimas de la mentira hábilmente inculcada por todos los que tienen interés en que el pueblo no conozca la verdad.

Venguemos a nuestros padres, no creyendo en lo que ellos creyeron.

Celso Marquina

Regeneración, núm. 237, 6 de mayo de 1916