Carranza traiciona la Revolución (Continúa)

Los agitadores obreros son la pesadilla de Carranza. En esta ya bastante larga crítica del célebre Manifiesto de 18 de enero, hemos tenido oportunidad de ver tratados a los agitadores con el desprecio y el encono con que siempre los ha favorecido la burguesía. He aquí algo más en contra de los agitadores: “Los revolucionarios de ideas firmes y tendencias serias que están unidos para hacer un trabajo sólido y efectivo en beneficio de la patria, no pueden ni deben imitar a los agitadores que arrastran a las masas hacia el abismo y allí las abandonan.”

Esos revolucionarios, —si el nombre de revolucionario pudiera envilecerse y degenerar hasta servir para designar a empedernidos reaccionarios y enemigos del proletario como son Carranza, Pablo González y el miserable traidor Álvaro Obregón,— esos revolucionarios de ideas firmes y tendencias serias, están unidos, según ellos dicen, para hacer un trabajo sólido y efectivo en beneficio de la patria, y que, por lo mismo, no pueden ni deben imitar a los agitadores que arrastran a las masas al abismo y allí las abandonan.

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            Trabajan en beneficio de la patria esos serios y firmes revolucionarios. ¿En beneficio de qué patria? ¿Qué es lo que entienden por patria?

La patria, para los políticos y los burgueses, son los puestos públicos, son las riquezas que tienen en su poder. Estén a salvo esos puestos y esas riquezas, y la patria está a salvo. Peligren, y la patria estará en peligro.

La Revolución pone en peligro la estabilidad de los carrancistas en los puestos públicos y la seguridad de las riquezas usurpadas por los burgueses, luego la patria está en peligro, y para salvarla, se pide al gobierno de Wilson que despache a México soldados americanos para impedir que la Revolución destrone a los carrancistas y aseguren a los burgueses el disfrute tranquilo de las riquezas que tienen entre las uñas.

Los carrancistas, al llamar a los americanos en su auxilio, son los que colocan al pueblo en un abismo y no los agitadores que no quieren otra cosa que salvar al pueblo mexicano haciéndole entender que, cuando ya no existan políticos que aspiren a ocupar puestos públicos, ni burgueses que necesiten de una fuerza que defienda sus tesoros, habrá terminado el peligro de invasiones como la que actualmente presenciamos, que no tiene otro fin que aplastar un movimiento revolucionario que compromete seriamente la supervivencia de añejas instituciones protectoras del sistema de la propiedad privada o individual.

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            Sigue hablando Carranza: “Deseamos para los trabajadores mexicanos una organización inteligente y sólida; un completo conocimiento de sus derechos y deberes; serenidad en sus procedimientos y justificación en sus resoluciones; que las huelgas no sean declaradas sin que antes se haya pensado maduramente el paso que se intenta dar; que la organización que las declare, cuente con fondos suficientes para sostenerlas, y no sean el resultado de una orden impetuosa o apasionada que la sociedad condene y no produzca resultados prácticos.”

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            ¡Qué sarcasmo! Quiere Carranza que los trabajadores compongan una organización inteligente y sólida. Al menos, dice que esos son sus deseos; pero en la práctica es el tirano más artero, más cobarde e hipócrita que ha pesado sobre una porción nada más del proletariado mexicano, aquella que reside en el territorio controlado por las llamadas fuerzas constitucionalistas. Cuando los trabajadores de las ciudades comenzaban a formar una organización sólida que, aunque no constituía un peligro inmediato para la seguridad de la propiedad privada, era, sin embargo, molesta para la burguesía, ¿qué fue lo que pasó? Pues, pasó, que Carranza, el amigo de los trabajadores, clausuró la Casa del Obrero Mundial de la ciudad de México, encarceló a los más activos de sus miembros, y su soldadesca, a bayoneta calada, cargó sobre los miembros de la Casa del Obrero Mundial de Tampico, reduciendo a prisión a sus miembros, entre los que se encontraba el sincero y abnegado proletario Román Delgado[1], quien sufre en estos momentos en la cárcel de Querétaro en unión de otros buenos.

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            Es, pues, una mentira, que Carranza desee la formación de una organización de trabajadores integrante y sólida que lucha por los intereses del proletariado con un completo conocimiento de sus derechos y de sus deberes. Sus golpes de mano a las Casas del Obrero; la arbitraria prisión de Román Delgado y otros excelentes campeones de la causa del proletariado; la intervención de los esbirros carrancistas en las luchas del Capital y el Trabajo, para apoyar a los explotadores, y la amenaza de considerar como reos de sedición a los trabajadores que piden aumento de salario y disminución de la duración de la jornada de trabajo, son las mejores pruebas que puede dar el viejo burgués, de que lo que quiere es la perpetuación de la miseria y la esclavitud de los desheredados.

Por lo demás, los trabajadores no necesitan la aprobación de sus tácticas por los burgueses y los gobernantes. Eso de que los enemigos de la clase trabajadora sean los que demanden de ella, o mejor, que la ordene serenidad y justificación en sus procedimientos y resoluciones, es decretar la esclavitud de los productores de la riqueza social, porque para la clase capitalista son violentos e injustificables todos aquellos actos que redunden en perjuicio de sus intereses. ¿No hemos visto que Carranza llama exageradas las demandas pacíficas de los trabajadores de que se les aumenten los salarios?

Serenidad y justificación: esto es lo que ordena el verdugo a la víctima, el opresor al oprimido. El trabajador sucumbe aplastado, triturado por el engranaje homicida del Estado y la explotación capitalista, y se le ordena todavía serenidad y justificación… ¿No es esto un sarcasmo? ¿No es esto una burla?

Serenidad… ¡Sumisión, servil a vuestra tiranía es lo que demandáis de vuestras víctimas señores verdugos! Justificación… ¿Pretendéis entonces que la justicia está de vuestra parte, sanguijuelas de la humanidad?

(Continuará)

Celso Marquina

Regeneración, núm. 238, 13 de mayo de 1916

 



[1] Román Delgado (1894-1952) Anarquista originario de La Coruña. Participó activamente en la organización de los obreros portuarios del Ferrol. En su país natal, hizo agitación en contra de la represión gubernamental sobre los anarquistas de Argentina y Cuba. Entró en contacto con la causa del PLM hacia 1912, llevando a cabo colectas a favor de los miembros de la Junta, presos en McNeil Island. En 1914 fue deportado a Cuba, de donde fue expulsado al año siguiente. Se estableció en San Antonio Texas, donde a finales de 1915 participó en la fundación del Centro de Estudios Sociales de San Antonio, Tex., organización que secundaba la plataforma política del PLM. Se afilió a la Casa del Obrero Mundial (COM) a comienzos de 1916, y viajó a Tampico con la comisión de colaborar en la organización de los trabajadores petroleros, actividades por las que fue encarcelado y conducido a Querétaro. Regeneración protestó enérgicamente por su encarcelamiento. Cuando se desató la represión carrancista sobre la COM huyó a los Estados Unidos, radicándose en Nueva York. Allí fundó el Grupo Germinal, junto con otros ácratas de origen ibérico. En 1921 volvió a México y, establecido en Ticomán, se adhirió a la CGT. Colaboró en periódicos ácratas como Tribuna Roja, Sagitario, Avante, entre otros. A mediados de la década de 1920 fue anfitrión de Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso durante el viaje clandestino de éstos por América Latina. Obtuvo la nacionalidad mexicana en 1939.