¿Patriotismo?

 

De mil maneras se nos incita a los pobres a ser patriotas. Desde que nacemos a la vida hasta que rendimos el último suspiro, zumban en nuestros oídos estas palabras: “Ama a tu patria, ama a tu patria, ama a tu patria”.

Puede decirse que mamamos el patriotismo con las primeras gotas de leche que arrancamos al pecho materno. La madre nos arrulla con canciones en que se glorifica a la patria. Más tarde nos enseña a amar la bandera, cuyos colores nos parecen más lucidos que los de cualquiera otra bandera. De niños se nos obsequia con juguetes que nos hacen jugar a los soldados: tambores, sables de palo, banderas, soldaditos de barro o de plomo, y atiborrados de leyendas que ensalzan las hazañas de los héroes de la patria, fingimos, en nuestros juegos, campos de batalla en que hacemos morder el polvo de la derrota a todos los que han cometido el delito de haber nacido fuera de los linderos de la nación, pues para todo buen patriota es enemigo el que no nace dentro de las fronteras de la patria.

La educación patriótica no termina con nuestros juegos de chiquillos: sigue en la escuela de primeras letras. Allí, el buenazo del maestro nos hace entonar coros en que se enaltece a la patria; en el libro de lectura deletreamos composiciones en prosa y en verso en honor de la patria, y nuestros ojos se extasían ante las láminas que representan acciones de guerra, queriendo ser cada uno de nosotros el feliz abanderado a quien le ha cabido el grande honor de llevar la bandera de la patria en medio de la feroz carnicería. Oímos el Himno Nacional, y la sangre circula por nuestras arterias con mayor rapidez.

El fraile, en sus sermones, nos excita a amar a la patria; el político, en sus discursos, nos habla de la grandeza de la patria; el periódico burgués estimula nuestros sentimientos patrióticos; por dondequiera que volvamos la vista vemos la estatua de un patriota o el cuadro con un asunto patriótico; las fiestas patrias, además de ser numerosas, revisten gran solemnidad. Todo, en fin, está sabiamente calculado para encender y mantener encendida, en nuestro pecho, la lumbre patriótica.

Preparados de esa manera, y aun cuando no seamos dueños de un terrón donde reclinar la cabeza; aun cuando de la patria que se nos ha enseñado a amar no poseamos ni una pulgada cuadrada de su territorio; a pesar de las indignidades, humillaciones, atropellos y desmanes de que seamos víctimas en nuestra calidad de individuos que alientan en los más bajos peldaños de la escala social; a pesar de todo nos encontramos dispuestos a cometer los mayores excesos, a matar y dejarnos matar por la patria, por ese algo que ningún beneficio nos reporta y en cambio exige de nosotros los más grandes sacrificios.

Porque, hay que confesarlo, todas las cargas que implica el patriotismo descansan exclusivamente en los hombros de los pobres. El pobre sólo sabe que tiene patria porque tiene que servir en el ejército, y los beneficios que de la patria recibe son el garrotazo del gendarme, la contribución para los gastos del Gobierno, las rondas, las “fatigas o servicios gratuitos y la ley que lo somete a eterna servidumbre bajo las garras del dueño de la tierra y de la maquinaria”.

Al pobre no le beneficia la patria porque no es de él. La patria es la propiedad de unos cuantos que son los dueños de la tierra, de las minas, de las casas, de las fábricas, de los ferrocarriles, de todo cuanto existe; pero al pobre se le inculca desde la niñez que ame la patria para que esté listo a empuñar el fusil en defensa de intereses que no son suyos, cuando sus amos comprenden que esos intereses están en peligro y hacen un llamamiento al patriotismo de las masas. Tan es cierto que los intereses materiales son la patria, que la burguesía no se opone a una invasión extranjera cuando ésta no tiene por objeto despojarla de sus propiedades y hasta es solicitada la invasión cuando las bayonetas invasoras pueden prestar algún apoyo al principio de la propiedad privada, cuando ese principio está en peligro de desplomarse a las recias embestidas de la justicia popular.

Las dos invasiones que ha sufrido México durante el curso de la Revolución,[1] no han tenido otro objeto que sofocar el movimiento revolucionario que amenaza la estabilidad del principio de la propiedad privada. Las dos invasiones norteamericanas fueron llevadas a cabo para sentar a Venustiano Carranza en la silla presidencial y consolidar un Gobierno fuerte, capaz de hacer respetar la ley, esto es, el escudo del fuerte, la defensa del que tiene contra las posibles agresiones del que nada posee.

Contra esas dos invasiones no ha protestado la burguesía mexicana, como que iban encaminadas a salvar sus bienes amenazados por la actitud viril, ansiosa de conquistar su libertad económica. Si no hubiera sido porque los trabajadores norteamericanos protestaron contra esas invasiones y se negaron a ingresar al ejército para ir a sentar a Carranza en la silla presidencial, haría largos meses que tuviéramos a éste fungiendo de Presidente al abrigo de fuertes guardias de soldados norteamericanos.

El patriotismo es un manjar condimentado para el uso exclusivo del pobre. Se nos enseña que la invasión es una afrenta y que debemos rechazarla. ¿La rechazó Carranza? No la rechazó porque ella beneficiaba a la clase social que todo Gobierno está en el deber de apoyar: la clase capitalista.

Ahora, perdida la esperanza de que las bayonetas norteamericanas puedan sostenerlo en el Poder, Carranza se echa en brazos de Alemania. En una nota que ha enviado a las naciones neutrales, Carranza invita a esas naciones que suspendan todo comercio con las naciones beligerantes, arguyendo que de esa manera se les dejará aisladas y se verán obligadas, al fin, a firmar la paz, en vista de que no podrán contar con aprovisionamiento del exterior.

Los Imperios Centrales serían los beneficiados si se pusiera en práctica el proyecto de Carranza, porque Inglaterra recibiría un golpe mortal impidiéndosele obtener de la región petrolífera de Tampico, el aceite que necesita para tener en movimiento su marina, e Inglaterra tendría que adoptar medidas extremas para tener abierta esa fuente de aprovisionamiento. ¿Qué sucedería? Que Inglaterra enviará soldados para que ocupasen esa región.

Está patente que el patriotismo no es practicado por los que nos inculcan. Es ése un sentimiento que hábilmente se nos fomenta para tenernos a su disposición nuestros verdugos. Cuando tomamos el fusil para defender la patria, lo que defendemos son los bienes de nuestros amos. Abramos los ojos.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 254, 24 de febrero de 1917.



[1] Refiérese a la ocupación del puerto de Veracruz, por parte de tropas militares estadounidenses, del 21 de abril al 23 de noviembre de 1914. Precedida por las tensiones entre los gobiernos mexicano y norteamericano por el arresto de marines del acorazado Dolphin el 9 de abril y la llegada del buque alemán Ipiranga, con una carga de armamento para el gobierno de Huerta. La segunda intervención, conocida como «Expedición Punitiva» se desarrolló a partir del 15 de marzo de 1916 y hasta el 7 de febrero de 1917. Su objetivo era la captura de Francisco Villa, tras el asalto de tropas villistas al poblado de Columbus, Nuevo México, el 9 de marzo de 1916.