El contagio

 

La Revolución en Rusia ha contagiado a los alemanes. Los últimos despachos de Europa anuncian huelgas, mítines e insurrecciones en todo el imperio alemán. Hay ciudades en que las cárceles son demasiado pequeñas para contener el número de soldados arrestados por rebelión. Berlín, la capital del imperio, es centro de escenas tumultuosas. De un momento a otro se espera que el cable anuncie que el cetro del Káiser ha sido reducido a astillas.

En Rusia, el movimiento revolucionario controlado al principio por los conservadores está recibiendo nuevo y vigoroso impulso. El Czar y la Czarina han sido puestos en prisión. De allí a la guillotina no hay más que un paso.

Los que esperaban que con la caída del zarismo el pueblo ruso tomaría mayor interés por la guerra europea, dejan caer ahora los brazos con desaliento. No se levantó el pueblo ruso para establecer un gobierno que dirigiera con más acierto la guerra sobre los imperios centrales, sino contra un sistema económico y político que hace posible que los pueblos se destrocen los unos a los otros.

La democracia no satisface al pueblo ruso. En medio de la democracia el pueblo sufre hambre y opresión como ocurre en la democracia americana. El pueblo ruso busca una nueva forma de convivencia social que garantice a todos el pan y la libertad. Por eso el gobierno democrático de la Duma está llamado a desaparecer, como desaparecerán todos los gobiernos de la tierra durante este espléndido siglo que bien puede llevar el nombre del Despertar Humano.

Porque los pueblos todos, después de tanteos y de ensayos, de luchas y de sacrificios, llegarán al fin a convencerse de que mientras no se conquiste para cada ser humano el derecho a la vida, la injusticia y el hambre serán los frutos naturales de su ceguera.

Alégrense los corazones. Despunta la aurora de una etapa de luchas, ya no de pueblos contra pueblos, sino de los oprimidos contra los opresores, de los explotados contra los explotadores.

Nadie podrá permanecer indiferente ante la catástrofe que se inicia, porque todos nos veremos envueltos en las llamas bienhechoras.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 255, 24 de marzo de 1917.