El despertar

 

La humanidad despierta. El ser humano comienza a comprender, al fin, que su destino es otro que el de ser un simple muñeco en las manos de los que, por la astucia y la violencia, se han declarado a sí mismos amos y señores de todo lo que existe.

La humanidad despierta. El ser humano comienza a comprender, al fin, que su destino es otro que el de ser el alimento eterno del cañón, del presidio o del burdel.

Ese despertar se le debe a la guerra. Las masas sordas, refractarias y estúpidas, resignadas y cobardes, miraron con desprecio a los que señalaban los defectos de un orden social basado en la desigualdad y predicaban la instauración de un nuevo sistema de convivencia social que, basado en la igualdad, hiciera desaparecer la envidia, la codicia, la esclavitud y la guerra.

Nada pudieron las razones. Los cuadros de dicha y de libertad que ofrecían los anarquistas a la contemplación de las multitudes, eran objeto de burlas y risas. La gente estaba contenta, metida hasta el pescuezo en su degradación; pero vino en buena hora la guerra, el azote, y lo que las buenas razones, las bellas perspectivas de fraternidad, de amor y de libertad ofrecidas por los anarquistas no pudieron lograr, lo ha conseguido el castigo. Cuando el argumento falla, el puntapié puede hacer abrir los ojos. Hay dormidos que sólo a golpes despiertan.

La borrachera patriótica se disipa. Las masas, ebrias de amor patrio, comienzan a reflexionar. Ya la bandera no les parece tan bella como antes, y las murmuraciones se inician: ¿qué representa ese trapo de colores? ¿Qué gran principio de libertad y de justicia alienta en esa tela? ¿A qué débiles ampara ese lienzo?

Y la gente piensa, piensa, piensa, y comienza a descubrir que la bandera es el símbolo de la patria, de ese algo que se llama patria y que no beneficia más que a unos cuantos que poseen la tierra, las máquinas, la riqueza en suma; pero que exige de todos los que nada de ello poseen, todos los sacrificios, el de la vida inclusive.

Las murmuraciones aumentan y el descontento crece en razón directa. La intensidad del castigo despierta hasta a los que dormían con sueño más pesado. Por la patria de los ricos rinden su vida millones de proletarios en los campos de batalla, dejando tras de sí millones de viudas, de huérfanos, de ancianos desvalidos; el régimen militar en privanza acaba con el último vestigio de libertad: el hambre se enseñorea por igual de campos y ciudades, y la guerra no tiene trazas de terminar. ¡Que siga la guerra, generadora del descontento!

La Revolución está en marcha. El descontento reina hasta en los soldados que están en las trincheras. He aquí lo que dice Arthur S. Draper[1] en el Times: “Nadie que haya estado fuera del incendio de la guerra por tres años, puede darse cuenta de la depresión que este conflicto interminable ha impreso en la mente de los soldados que están en las trincheras”.

Harry Carr, escritor burgués, dice en el Times:

“La guerra está llegando a gran prisa a un período en que cada nación envuelta en ella tiene que luchar con dos enemigos: uno en el interior y otro en el exterior.

“Durante los dos años y medio que he venido escribiendo estos artículos —sigue diciendo Carr—, he sostenido con firmeza que la rebelión de la población civil, de un lado o del otro, pondría fin a la guerra; que el pueblo se levantaría diciendo: ¡basta!

“Veo con toda claridad que el conflicto ha llegado al período en que algo parecido a esto puede ocurrir en cualquier lado. El olor del caos está en el aire. Grandes disturbios sociales, como la revolución rusa, no caminan solos.

“Un gran sacudimiento social, como la revolución rusa, no puede quedar confinado en el área donde se inició. Sus olas llegan a las playas más lejanas. Una vez iniciado es un fuego que corre como flama avivada por el viento, sólo Dios sabe adónde”.

El periódico L’Oeuvre, de París, cita la opinión de un suizo prominente sobre la situación en Alemania. Hela aquí:

“Nada falta a la manera en que ordinariamente se opera un gran movimiento popular. Siempre ocurre del mismo modo. Primero vienen las declaraciones incendiarias de un puñado de líderes revolucionarios. Apenas hubo dos docenas escasas de ellos en Francia, en mayo de 1789. Después ocurre el asesinato o la prisión de unos cuantos mártires de la causa. En seguida se desata una persecución judicial contra los escritores más ardorosos, y por último se presenta un motivo de descontento general, que en el caso de Alemania es la miseria y el hambre”.

En España la situación es tan seria para la seguridad de explotadores y tiranos, que han sido suspendidas las garantías constitucionales. El Embajador de España en Washington recibió, con fecha 30 de marzo último, el siguiente mensaje:

“Habiendo sido publicado un Manifiesto por los representantes de las uniones de trabajadores, en el que se hace un llamamiento a la huelga general, sin fijar la fecha, y con el propósito claramente revolucionario de perturbar el orden público, como se pudo notar perfectamente la noche pasada en un mitin popular, el Gobierno ha suspendido las garantías constitucionales después de haber arrestado, por orden judicial, a los firmantes del Manifiesto”.

Harry Carr, en el Times del día primero de este mes dice:

“…yo creo que ella, Alemania, perderá la guerra debido a sus condiciones internas. Y perdiéndola, pienso que la más terrible calamidad caerá sobre el mundo en forma de revolución.

“Todos pueden creer lo que se dice sobre las placenteras condiciones que han seguido a la revolución en Rusia. Yo creo que la revolución sigue allí en pie, y lo más probable es que termine como la Revolución Francesa. En verdad que me sorprendería que esa revolución no terminase en una orgía de sangre y en transportes de demencia.

“Con toda Europa sufriendo hambre, escasez, luto y tragando las heces de la miseria humana, este movimiento no se detendrá en la frontera rusa. Todo indica que él invadirá el mundo como una horrible peste. Por último, creo que esta guerra será abandonada, porque cada Gobierno comprometido en ella tendrá, en su propio país, peores males contra quienes luchar.

“Nosotros no escaparemos al contagio revolucionario. No está lejano el día en que este mundo será demolido hasta sus cimientos por trastornos sociales emanados de la Revolución en Rusia, y de las duras condiciones de hambre y de miseria que reinan en todas partes de Europa. Así como las personas debilitadas son fácil presa de la enfermedad, los Gobiernos debilitados no pueden resistir la revolución.”

Es natural que Harry Carr vea con horror la Revolución; es burgués; pero si él tiembla ante la catástrofe que está a punto de trastornar al mundo, los desgraciados la esperamos con los brazos abiertos y el corazón henchido de entusiasmo, figurándonos eternos los días que tarda en llegar.

El conde Tisza, primer ministro del gabinete de Hungría, en un artículo escrito para una revista de Budapest hace la siguiente predicción: “Los acontecimientos en Rusia anuncian acontecimientos similares en todas partes”.

La agitación revolucionaria en Alemania es tan amenazadora que el Kaiser, que a raíz del levantamiento de Rusia ofreció conceder reformas democráticas para cuando termine la guerra, se ha apresurado a ofrecerlas desde luego, tratando así de calmar los ánimos; pero la situación económica es tan tirante, que el pueblo se insurrecciona en distintas partes del Imperio, registrándose motines de consideración en Hamburgo, Magdeburg, Manheim, Leipzig y otras ciudades.

En Rusia los trabajadores extreman sus demandas, y el gobiernillo provisional vigila los pasos de los más avanzados radicales. Amenazas de violencia por parte de los trabajadores hacen pensar a la nueva democracia en la adopción de las tácticas brutales de la difunta autocracia, con lo que se demuestra que todo Gobierno es malo, cualquiera que sea su forma.

India se prepara para luchar por su libertad, y el Gobierno republicano de los Estados Unidos demuestra su simpatía al Gobierno monárquico de Inglaterra, arrestando en San Francisco a Ram Chandra[2] y otros revolucionarios hindúes, acusándolos de fomentar en India un movimiento emancipador. El Gobierno del Brasil rompe sus relaciones amistosas con Alemania, y las provincias brasileñas de Santa Catarina, Paraná y Río Grande do Sul, se levantan en armas contra el Gobierno.

En Zurich, Suiza, catorce mil trabajadores protestan contra la carestía de los artículos alimenticios, y la manifestación es disuelta por medio de la fuerza.

La Revolución está en marcha. Las masas despiertan y se acerca el día en que desaparecerá de la Tierra el llamado derecho de propiedad privada, origen de todos los males que hacen desgraciado al ser humano.

La humanidad vuelve por sus fueros. La hora de la justicia no tardará en sonar.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 256, 21 de abril de 1917.



[1] Arthur S. Draper. Periodista estadounidense. Corresponsal del New York Tribune en Londres durante la Primera Guerra Mundial.

[2] Refiérese al independentista hindú Ram Chandra Bharadwaj. Fundador del Partido Ghadar, organización independentista formada por hindúes que llevaron a cabo diversas acciones rebeldes, y editor del Hindustan Ghadar. Acusado de formar parte de una conspiración hindu-alemana, fue asesinado el 24 de abril de 1918.