La guerra

 

El gobierno de los Estados Unidos ha declarado la guerra a Alemania y colocado al pueblo americano en el centro de la gran catástrofe mundial.

El principio que ha invocado el gobierno para arrastrar al abismo a este pueblo, no puede ser más simpático: es la libertad.

Libertad: ¿qué mala causa no se ha cobijado con tu manto para seducir al pueblo? El tirano oprime en tu nombre; invocándote, el verdugo troncha la cabeza a su víctima; la ley aplasta en tu provecho, y como garantía de tus beneficios, se edifica el cuartel y se construye el presidio.

En nombre de la libertad se permite al burgués que chupe la sangre del pueblo; en nombre de la libertad el sacerdote embrutece a las masas; el sistema de la propiedad privada vive en nombre de la libertad.

¿En qué comprometía el conflicto europeo la libertad del pueblo norteamericano? Triunfantes los aliados o triunfantes los imperios centrales, de cualquier lado que hubiera quedado la victoria, el pueblo americano habría continuado siendo la víctima inerme y humillada del rico, del sacerdote y del gobernante, con la ventaja de no haber perdido una gota de sangre en la estúpida contienda. Mientras que arrastrado a la guerra no importa de qué lado quede la victoria, el pueblo seguirá sufriendo los mismos males agravados hasta el infinito por las consecuencias naturales de toda lucha emprendida en provecho de intereses mezquinos.

El conflicto europeo no comprometía la libertad del pueblo americano, sino la libertad de robar que se otorga a la burguesía. La vigorosa campaña submarina que tiene emprendida la burguesía alemana, es un obstáculo formidable para el libre ejercicio del robo en grande escala practicado por la burguesía americana bajo el nombre de comercio. Con la campaña submarina alemana, no se perjudicaba el pueblo americano, sino los fabricantes de armas y municiones y los grandes exportadores de artículos alimenticios que se exportan a Europa, se habrían quedado aquí y su precio habría bajado.

Un gobierno que se preocupase por el bienestar del pueblo, habría bendecido la recrudescencia de la campaña submarina que impedía la salida de los artículos alimenticios; ¿pero cuándo se ha producido el milagro de que un gobierno se preocupe por el bienestar de las masas? Todo gobierno tiene como el principal de sus deberes la protección de los intereses de la burguesía, y el gobierno americano, fiel a su deber, declaró la guerra a Alemania en nombre de la libertad de robar.

Bien claro se ve que esta declaración de guerra no ha sido hecha en beneficio del pueblo americano, sino de sus verdugos: los ricos, y en beneficio de sus verdugos, este pobre pueblo tendrá que derramar su sangre en las trincheras, ser agobiado con impuestos enormes para sufragar los gastos de la guerra, sufrirá la más extrema miseria y perderá bajo las reglas de hierro de una legislación militaresca, hasta las últimas piltrafas de libertad que sus amos le habían permitido para que soñara libre y soberano.

La fecha en que Woodrow Wilson firmó la declaración de guerra, abre un negro período para los habitantes de este país. Las persecuciones menudean; todo extranjero es visto con recelo y en cada alemán se ve a un espía; los centinelas hacen fuego sobre el primer sospechoso que se aproxima a un arsenal, a un puente, a una fábrica de municiones de guerra, a un túnel o a un fuerte; las cárceles están repletas de espías o de supuestos espías; se ha reforzado la mordaza que enmudecía a la prensa, y en las oficinas de los grandes señores se estudian mil proyectos para reclutar un ejército de dos millones de hombres, esto es, de dos millones de proletarios arrancados de los brazos de sus familias para defender los intereses de los ricos.

¡Adelante! El pueblo americano tendrá que convencerse de que todo gobierno es malo y de que solamente habrá paz en el mundo cuando haya desaparecido el llamado derecho de propiedad privada.

Los pueblos acostumbran caminar con los ojos cerrados, y no está mal que tropiecen de vez en cuando para que abran los ojos.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 256, 21 de abril de 1917.