Notas al vuelo

 

La friolera de cien mil dólares ha pagado el gobierno en banderitas que sus empleados civiles y militares deben ostentar en el ojal de la solapa.

Mientras se derrocha patrióticamente el oro que se hace sudar al pueblo, centenares de miles de seres humanos desfallecen de hambre en las barriadas pobres de las grandes ciudades.

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            William D. Stephens,[1] gobernador de California, masca furiosamente un bodoque de tabaco que le obstruye la boca, y dice entre dientes: “Esta es una guerra del pueblo. Ningún tirano, ningún autócrata nos ha empujado a tomar las armas.” Toma resuello; el bodoque se desliza hasta la campanilla; su señoría tose, y colorado como un tomate, concluye de este modo: “Nuestro Presidente y el Congreso, al declarar la guerra, han hablado con la autoridad legítima de un millón de voces.”

¿Una guerra del pueblo? ¿Cuánto apuesta su merced, a que si tomamos su parecer sobre la guerra a todos los habitantes de los Estados Unidos, no estarán a favor de ella más que los bandidos de Wall Street?

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            Stephens golpea con la mano derecha echa puño, la palma de la izquierda, cosa de muy buen gusto en la oratoria americana; da talonazos en la plataforma, que es también una elegancia oratoria, y dando dentelladas al bodoque de marras, grita: “Estamos reunidos esta noche, para renovar nuestra lealtad, y para ofrendar nuestras vidas, si es preciso, por la protección y seguridad de nuestra patria.”

Se escuchan risitas; algunos del auditorio codean maliciosamente a sus vecinos; otros tosen para disimular el aspecto festivo de sus semblantes que no cuadra con la “seriedad” del acto, y por las risitas, los codeos y las fingidas toses, se descubre que ninguno de esos señores ofrendará su vida por la patria. ¡Es natural! ¡Son los miembros de la Cámara de Comercio de San Francisco, a quienes Stephens dirige la palabra!

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            Stephens no se inmuta, como que a él mismo le retoza la risa; pero para no soltar la carcajada, escarba con los talones la alfombra de la plataforma, da tres o cuatro enérgicas masticadas al famoso bodoque y dice, al parecer muy formal: “Estamos en guerra; pero no una guerra de conquista ni de odio. Es una guerra por un principio: el principio de la verdadera libertad.”

Y tiene que apretar vigorosamente las mandíbulas, para que no se le escape la indiscreta carcajada que le cosquillea el cogote. El auditorio parece atacado del mal de San Vito, como que ya es mucho eso de asegurar que una guerra a favor de los opresores, sea una guerra por la libertad.

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            El orador tiene que hacer una pausa; el auditorio reasume la debida compostura, aunque para perderla casi inmediatamente al resonar en el salón estas palabras, que para los del mitin, tienen la misma gracia que los cascabeles de un circo: “La flama de la libertad puede haber palidecido un tanto durante nuestra larga era de paz; pero de su vivo rescoldo se esparce esta noche una luz intensa sobre toda nuestra patria, tan intensa en este Estado glorioso como en todos los demás de la Unión.”

Unos se guiñan el ojo; otros codean las costillas del vecino, y el mal de San Vito vuelve a atacar al entero auditorio, cosa que se explica si se tiene en cuenta que no sólo ha palidecido la tal flama durante la paz, sino que se apagó por completo y continuará apagada por quién sabe cuánto tiempo más. Rangel,[2] Caplan,[3] Schmidt,[4] Ford,[5] Suhr,[6] Mooney[7] y muchos mártires más, son el testimonio elocuente de que la libertad no existe en esta “libre” América.

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            El orador tiene que hacer una nueva pausa, hasta que la seriedad vuelve a reinar en el regocijado auditorio; pero la seriedad y la compostura no duran ni el tiempo necesario para que el orador diga una frase corta, pues la siguiente frase es ahogada esta vez por una explosión de homéricas carcajadas: “Todos debemos avanzar nuestro pecho y estar listos a soportar todos los sacrificios y a afrontar todas las penalidades…”

Las risotadas ahogaron el resto del discurso, porque cada uno de los asistentes, dueño por obra y gracia de las uñas y de la ley protectora de las uñas largas, de caudales fabulosos, encontró chiste en imaginarse marchando militarmente, de sorbete y de levita, con el fusil al hombro, el abultado vientre luciendo una canana repleta de parque y comiendo rancho, como si se tratara de un pobre diablo cualquiera, de un proletario, que es el único que está obligado a sufrir miseria, hambre y fatigas en provecho de sus amos.

Lástima que la hilaridad general, hubiera impedido al cronista tomar nota de todo el discurso del gobernador Stephens.

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            Lloyd Goerge, el primer ministro del gobierno británico, habla en un banquete dado en el American Luncheon Club, de Londres. La comida ha sido abundantemente rociada con vino hecho por proletarios para regalo exclusivo de paladares distinguidos, y, naturalmente, las mentes están exaltadas y los mayores disparates afluyen a los labios. Dice Lloyd Gorge:

“Los Estados Unidos de América nunca han emprendido una guerra que no haya tenido por objeto la libertad”. Apura su copa de champaña, y continúa disparatando de esta guisa: “El hecho de que los Estados Unidos se hayan decidido a dar este paso, ¾el de la declaración de guerra,¾ hace ver al mundo con toda claridad que esta guerra es una gran lucha por la libertad humana.”

México, despojado de la mitad de su territorio; Colombia, desmembrada de Panamá;[8] Cuba, forzada a vestir la librea del lacayo;[9] Santo Domingo, aplastado;[10] Puerto Rico, en tutela[11] y Filipinas maniatado,[12] muestran con toda claridad al mundo, que la burguesía americana lucha por la libertad.

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            Casi al mismo tiempo que Stephens hablaba en San Francisco y Lloyd George en Londres, el Presidente Municipal de la importante ciudad de Oakland, California, expedía un úkase que no se habría atrevido a firmar ni el mismo Nicolás II de Rusia. He aquí parte del jugoso decreto del Czar californiano:

“A menos que los ciudadanos de esta ciudad respondan inmediatamente al llamado que se les hace de manifestar su lealtad a este país, y a menos de que los agitadores que están procurando contrarrestar las órdenes de nuestro gobierno, pongan fin a su actividad, serán todos arrestados e internados como enemigos de nuestra patria”.

¿Podrá usted negar, señor Stephens, que los rescoldos de la libertad están apagados y bien apagados en esta “libre” América?

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            C. C. Quekett, presidente de la Bolsa de Londres, envió un cablegrama a H. G. S. Noble, presidente de la bolsa de Nueva York, en señal de júbilo por la entrada de los Estados Unidos a las filas, según el cablegrama, “de las naciones empeñadas en la más grande lucha por la libertad que el mundo ha presenciado.” Naturalmente, Noble contesta a su colega de explotación, manifestando, palabras textuales, “regocijo de que las dos naciones, Estados Unidos e Inglaterra, vayan a estar unidas en esta gran guerra.”

Y es tanto mayor su regocijo, cuanto que no son ellos los que van a arriesgar el pellejo, que si así fuera, no les alcanzaría, para usos reservados, el papel que gastan en felicitaciones. Afortunadamente para los verdugos de la especie humana, todavía hay muchos ciegos listos a degollarse en beneficio de los que los explotan y los oprimen.

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            En la Edad Media, los clérigos achicharraban a las gentes, como muestra de caridad evangélica y amor al prójimo. Hoy, los mismos clérigos, ¾y al decir clérigos me refiero a los sacerdotes de todas las religiones,¾ le rezan a su Dios, para que éste, con su inagotable bondad, dé buena puntería a los hombres de un país, para que maten con mayor facilidad a los hombres que no tienen más culpa que haberles tocado venir al mundo fuera de los límites de la patria. El domingo 15 de este mes, se celebraron misas en todas las iglesias católicas de Nueva York, por orden del Cardenal Farley,[13] para que Dios bendiga las armas americanas y les dé la victoria.

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            Como es preciso amarnos los unos a los otros; como el Decálogo ordena: ¡no matarás!; como hay que ser humildes y en todo caso volver el rostro para recibir por duplicado el bofetón que se ha recibido en una mejilla; como hay que ver en cada hombre un hermano, puesto que todos somos hijos de Dios, y a la ofensa que recibamos, debemos oponer bondad y dulzura, ya que hay que pagar bien por mal, los sacerdotes de los Estados Unidos están urgiendo a sus respectivos feligreses, católicos, protestantes, judíos y cuantos hay, que tomen las armas, y en nombre del gran poder de Dios y para su eterna gloria, maten a cuantos ponen en peligro los intereses de Morgan, Rockefeller y demás dueños de la patria.

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            La Liga Americana de California,[14] compuesta de burgueses copetones y de clérigos, envió telegramas a Wilson, a los diputados, a los senadores y a cuantos pudo, para que se declarara la guerra contra Alemania. En la liga figuran el Arzobispo Edwards J. Hanna,[15] de la Iglesia Católica Romana, y el obispo William Ford Nichols, de la Iglesia Episcopal.

¡Mansedumbre evangélica! ¡Sea por el amor de Dios… Dólar!

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            La asociación de Ministros Metodistas del Sur de California no quiere quedarse atrás en eso de dar muestras de caridad, mansedumbre, piedad, amor al prójimo y demás. En el mitin que tuvieron el lunes 16 de este mes, en la Primera Iglesia Metodista de la ciudad de Los Ángeles, propusieron ayudar en la guerra “espiritual, financiera y numéricamente.” Al efecto, con los corazones henchidos de piedad y poniendo los ojos en blanco, adoptaron, entre otras, esta resolución: “…nosotros, como pastores de la Iglesia, juramos fiel cooperación con el gobierno en esta guerra, y urgiremos y aconsejaremos en nuestras iglesias a que se coopere a ella con hombres y la ayuda material y financiera que sea preciso.”

A los anarquistas se nos acusa de que somos partidarios de la violencia, porque abogamos por reducir a escombros por el hierro y por el fuego las instituciones que hacen desgraciado al ser humano. ¿Qué se dirá ahora que los clérigos abogan por el hierro y por el fuego para hacer más poderosas aún esas inicuas instituciones?

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 256, 21 de abril de 1917.



[1] William D. Stephens (1859-1944). Político estadounidense, republicano. Fue alcalde de Los Ángeles en 1909 y gobernador de California entre 1917 y 1923. Muy cercano a Theodore Roosevelt, participó en el Partido Progresista entre 1910 y 1916, y fue congresista por esta agrupación. Se distinguió por su implacable persecución de sindicalistas, wooblies, pacifistas y “radicales rojos”.

[2] Jesús Méndez Rangel (a) Jesús María Rangel (San Luis de la Paz, Guanajuato 1860-México, DF, 1952). Comerciante y militar. Emparentado políticamente con el general Trinidad García de la Cadena. A los 15 años se unió a los lerdistas que combatían a Porfirio Díaz. En 1890 migró a los Estados Unidos, estableciéndose en Waco, Texas. En 1905 estableció contacto con la JOPLM de San Luis Missouri. Hacia junio de 1906 organizó el Club Liberal “Melchor Ocampo” de Waco, que al igual que la Sociedad México Zaragoza sesionaba en su casa. En ese año ya formaba parte de la estructura clandestina del PLM que preparaba el levantamiento que debía iniciarse el 22 de septiembre. Nombrado jefe de la tercera zona del país, que comprendía Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, unas horas antes de incursionar en territorio mexicano fue aprendido en Sandfordice, Texas. Liberado tres meses después continuó con su participación en el brazo armado liberal introduciendo armas en Nuevo León. Durante la insurrección de 1908 participó en el ataque a Las Vacas, Coahuila, como segundo de Encarnación Díaz Guerra. Pasado el combate, Rangel regresó a territorio estadounidense y fue comisionado para hacer trabajo de organización y propaganda entre los mineros mexicanos de Oklahoma. Tras ello se unió con Praxedis G. Guerrero en El Paso, Texas, para preparar una nueva incursión armada en México. Acusado de bandolerismo junto a Tomas Sarabia Labrada, en 1909 fue encarcelado en Leavenworth, Kansas, donde purgó una condena de 18 meses. Salió en abril de 1911, incorporándose inmediatamente al grupo de Eugenio Alzalde y Prisciliano y Benjamín Silva que combatía al maderismo en Chihuahua. Capturado en la hacienda de Santo Domingo, en septiembre de ese año, fue recluido en la cárcel de Belem de la ciudad de México. Al descubriese que organizaba una fuga general de presos, en enero de 1913 fue trasladado a la Penitenciara del Distrito Federal, de donde fue excarcelado en marzo del mismo año. Una vez libre, viajó a Morelos con la encomienda de establecer una alianza entre el zapatismo y el PLM. Una vez cumplida su misión regresó a los Estados Unidos. En septiembre de 1913 encabezó una nueva y última expedición armada integrada por catorce hombres que, al intentar internarse en territorio mexicano, tuvo un enfrentamiento con militares estadounidenses en Carrizo Springs, Texas, en el que murieron los liberales Silvestre Lomas, Juan Rincón y José Guerra, así como un ayudante de sheriff. Los miembros de la partida fueron capturados al día siguiente del enfrentamiento y condenados a penas de prisión de entre 23 y 99 años, siendo Rangel uno de los condenados a 99 años. A partir de entonces, la causa de los Mártires de Texas, como los llamó el PLM, fue una de las más importantes de Regeneración y en la que no cejaría hasta su clausura final. Rangel fue finalmente liberado el 19 de agosto de 1926, gracias a la intervención del abogado Henry Weinberger y del Comité Pro Presos de Texas, formado por los veteranos Blas Lara y Gabriel Rubio. El Congreso mexicano había solicitado su indulto desde cuatro años antes. A su salida de la cárcel viajó a México, donde se acercó a Calles y Obregón, por lo que fue duramente criticado por Librado Rivera, quien lo acusó de traidor en un agrio y dolido texto publicado en Avante, de Tampico, en 1928. Desde su liberación, Rivera había asumido como un apostolado la causa de Rangel y sus compañeros y escribió en su favor en prácticamente todos los números de Sagitario, revista editada por el grupo los Hermanos Rojos de Tampico.

[3] David Caplan. Obrero sindicalista de origen ruso (Los Ángeles, California,1915). Deportado de Rusia a los 18 años por su actividad anarquista, se exilió en los Estados Unidos. Fue acusado de participar en el atentado con bomba que sufrió el edificio del diario The Los Ángeles Times el 1 de octubre de 1910, perpetrado por los hermanos James y Joseph McNamara. Cuatro años después, Matthew A. Schmidt y David Caplan fueron capturados en Nueva York, acusados de participar en el atentado y recluidos en prisión en Los Ángeles. Schmidt y Caplan eran camaradas de Alexander Berkman y Emma Goldman. Ricardo Flores Magón conoció a Schmidt en la cárcel, compartían la misma celda, y este ayudó al mexicano a recibir clandestinamente visitas de sus compañeros del PLM, lo que le estaba vedado. Schmidt recibía como propias las visitas de Ricardo Flores Magón, quien se aproximaba al lugar donde el norteamericano supuestamente conversaba con su “visita”. Así fue como Nicolás T. Bernal pudo ver y hablar para Ricardo por primera vez, aun cuando este se limitó a escuchar una supuesta conversación entre el mexicano y Schmidt. Desde octubre de 1915, Regeneración participó activamente en la campaña de defensa de Schmidt y Caplan, mientras estos eran sometidos a juicio. EL PLM sostenía que Schmidt y Caplan eran inocentes, incluso cuando los hermanos McNamara se habían declarado culpables, y sostenía que “la burguesía americana” se aprovechaba de la situación para atacar a las uniones obreras. En diciembre de 1916 Caplan fue declarado culpable de homicidio en tercer grado “por el conocimiento que pudo tener” del atentado al edificio de Los Ángeles Times y sentenciado a cumplir una condena de 10 años en la prisión de San Quintin.

[4] Probable referencia a Mathew A. Schmidt. Tomó parte, junto con su hermano David y los hermanos McNamara en la voladura del edificio de The Los Angeles Times en 1910. Traicionados por Donald Vose, el hijo de un anarquista de la colonia Home, fueron condenados a cadena perpetua y 10 años respectivamente en la cárcel de San Quintín, California.

[5] Refiérese a William Ford Nichols (1849-1924). Obispo de la iglesia episcopal de California.

[6] Refiérese a Herman D. Suhr. Estadounidense, miembro de los IWW. En 1913 trabajaba en la organización de los recolectores de lúpulo en el Rancho Durst, en la vecindad de Wheatland, California. Durst era el mayor empleador de jornaleros del estado, llegó a ocupar 23 000 pizcadores. El 13 de agosto de ese año, durante una manifestación de cerca de 2 000 jornaleros en uno de los campamentos del rancho, en la que el wobblie Richard Ford llamó a la huelga, se presentó un grupo de sheriffs que intentaron detener a Ford. En la refriega murieron dos trabajadores, un sheriff y Edward T. Manwel, fiscal del distrito y abogado del rancho. Pese a que se comprobó que Ford no disparó y que Suhr ni siquiera se encontraba entre los manifestantes, ambos fueron acusados de incitar a la rebelión y, por tanto, de homicidio en segundo grado y condenados a cadena perpetua. Regeneración se sumó a la campaña en su defensa. En 1918, cuando el gobernador de California se negó a otorgar el perdón a Ford y Surh, los IWW emprendieron una campaña de sabotajes en el Imperial Valley y otros campos del estado, que según el New York Times, causó millones de dólares en pérdidas.

[7] Refiérese a Thomas Joseph Mooney (1882-1942). Agitador obrero californiano. Líder de la facción radical de la California Federation of Labor. Afiliado al Partido Socialista norteamericano, se desempeñó en 1912 como editor del periódico Revolt. Adquirió fama como escritor y orador entre los círculos obreros de la costa oeste de Estados Unidos. En 1914 organizó las movilizaciones obreras contra la United Railroads Co., de San Francisco. A partir de 1915 se dedicó a la propaganda contra la participación de Estados Unidos en la Guerra Mundial, lo que concitó el encono de la burguesía. Acusado de arrojar una bomba al paso de una manifestación militarista en San Francisco, causándole la muerte a 10 personas. Condenado inicialmente a la pena capital, le fue conmutada por cadena perpetua. Menos de un año después de la condena se demostró que los testimonios inculpatorios eran falsos. Aún así, no salió en libertad sino hasta 1939.

[8] Refiérese al periodo de intervención estadounidense en la región, iniciado en 1903 y que concluyó en 1914 con la separación del territorio de Panamá del resto del territorio colombiano.

[9] Aun cuando Cuba era formalmente en ese momento un país independiente, en su propia Constitución redactada en 1901 había una serie de mecanismos determinados por Estados Unidos en la denominada Enmienda Platt que tenían por objetivo el control estadounidense sobre territorio cubano y la obtención de beneficios por medio de concesiones mineras, dominio de la industria azucarera. También otorgaban validez a la posible intervención militar estadounidense.

[10] Refiérese a la ocupación militar por parte de Estados Unidos de República Dominicana iniciada el 3 de mayo de 1916 y terminada en 1924. La intervención tuvo como objetivo aplastar las rebeliones y mantener el poder sobre la isla y su economía.

[11] Refiérese a la situación de Puerto Rico, país que, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, no pudo proclamar su independencia sino que quedó abiertamente y sin posibilidades de soberanía bajo el régimen de Estados Unidos. La invasión a este país data del 25 de julio de 1898.

[12] En el contexto de la llamada guerra hispano-estadounidense, argumentando la imposibilidad mostrada por Filipinas de tener un gobierno propio, el gobierno norteamericano invadió el archipiélago en 1898. Mantuvo la ocupación hasta 1913.

[13] Cardenal John Farley (1842- 1918). Fue Arzobispo de la Arquidiócesis de Nueva York de 1902 a 1918, fue nombrado cardenal por el papa Pío X. Ferviente defensor de la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

[14] La Liga Americana de California, fue formada el 29 de marzo de 1917, en la Universidad de Stanford, en San Francisco, California, bajo el auspicio del magnate minero, William B. Bourns. La Liga tenía dos objetivos: apoyar al gobierno para el mantenimiento del Honor Americano e impulsar a los ciudadanos para cumplir con sus “deberes americanos”.

[15] Refiérese a Edward Joseph Hanna (1860–1944). Tercer arzobispo de San Francisco de 1915 a 1935.