Rusia

 

Cayó el zar; pero el hambre y la injusticia no cayeron con él; de ahí que la revolución continúe en pie.

Se engañaron los que creyeron que al día siguiente de la caída del Czar y del establecimiento de un gobierno provisional, se reanudarían las hostilidades entre los ejércitos ruso y alemán. La inactividad impera en el frente ruso, con gran desesperación de los aliados, los Estados Unidos inclusive. Los soldados rusos se niegan a hacer fuego sobre los soldados alemanes, y los soldados de ambos países, con banderas rojas enarboladas fraternizan y se divierten.

El Ministro de la Guerra ruso, Kerensky,[1] amenazó con severos castigos a los soldados que faltasen a la disciplina militar, y aun hizo un viaje especial a las trincheras para exhortar a los soldados a que abandonasen esa práctica de fraternizar con el “enemigo”; pero todo sin resultado alguno práctico; el fraternizamiento continúa; los soldados no obedecen las órdenes de sus jefes y oficiales y abandonan las trincheras por centenares de miles cada vez que se les ocurre; desde que comenzó la Revolución, hasta la fecha, más de cuatrocientos mil soldados han abandonado las trincheras. Cuando los soldados quieren dinero, imponen préstamos por su cuenta a los burgueses de las ciudades; la indisciplina se ha robustecido tanto, que son más bien los jefes y oficiales quienes tienen que recibir órdenes de sus soldados y no éstos de aquellos.

Los campesinos no quieren esperar a que se reúna un Congreso Constituyente que decrete la repartición de las tierras, pues con un buen sentido que sólo puede compararse con el buen sentido del campesino del Sur de México, no tienen confianza en promesas de caudillos, y toman desde luego la tierra que necesitan. La prensa da cuenta de que los campesinos rusos se han apoderado ya de doscientos cincuenta millones de acres de tierra de laborío. La acción expropiadora de los campesinos va teniendo imitadores en todo el territorio ruso; los terratenientes, como aquellos terratenientes mexicanos que acaparaban inmensas extensiones territoriales, están huyendo a las ciudades para salvar el pellejo.

Los obreros de las ciudades no se muestran menos activos. Han conseguido que sus amos les concedan la jornada de seis horas de trabajo; reclaman un ciento, un doscientos y aún un trescientos por ciento de aumento en los salarios, y en muchos casos su exigencia tiene efectos retroactivos, pues piden que se les pague ese aumento a contar de varios años atrás. Los burgueses desesperados tratan de cerrar sus negociaciones, pues las ganancias, por fabulosas que fuesen, no bastarían a cubrir los gastos que tales aumentos demandan; pero los obreros amenazan en muchos casos con matarlos, si pretenden cerrarlas, y en su desesperación, los que ayer eran orgullosos y altivos con el miserable y el sufrido, piden al gobierno que se digne darles alojamiento en las cárceles, único lugar en que creen podrán estar a salvo de la justicia de la plebe dignificada por la rebeldía.

Compañeros anarquistas, armados con rifles, recorren las calles de Petrogrado predicando la expropiación para el bien común y la abolición de todo gobierno como institución nociva para el desarrollo armónico de la especie humana. El gobierno provisional, temeroso de las consecuencias, no se atreve a detener a los valientes propagandistas.

Todo indica que la próxima etapa de esta revolución será la implantación de un régimen socialista autoritario; pero pronto se dará cuenta el pueblo de que todo gobierno es malo, y terminará por adoptar el sistema socialista anarquista. Hacia la anarquía va el pueblo ruso, como hacia ella irán todos los pueblos de la Tierra.

¡Adelante!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 257, 23 de junio de 1917.



[1] Refiérese a Aleksandr Fiódorivich Kérenski (1881-1970). Socialrevolucionario ruso. Participó en la liquidación del régimen zarista en 1917. Fue primer ministro provisional tras la revolución de febrero. Se negó al retiro de Rusia de la Primera Guerra Mundial y persiguió al Partido Bolchevique que exigía cambios radicales. Encarceló a Trotsky y Stalin, pero no logró capturar a Lenin, que escapó a Finlandia, para regresar al poco tiempo a Rusia. Kérenski, finalmente fue derrocado por la revolución de octubre de 1917. Escapó al exilio, viviendo en Francia hasta 1940 y posteriormente en los Estados Unidos hasta su fallecimiento en 1970.