La Revolución

 

Soy la fuerza que empuja a la humanidad hacía un oriente lleno de luz y de alegría.

El poderoso me teme; el humilde me adora.

Mi nombre lleva la consternación y la tristeza al palacio; pero en los hogares humildes resuena como una música alegre, que llena de consuelo el corazón de los que sufren.

Soy maga que transforma en hombres los rebaños.

Sin mí, la humanidad continuaría gimiendo bajo el látigo de los faraones.

Sin mí, no se habría desplomado la Bastilla arrastrando en su caída la barbarie feudal.

Hija de la Tiranía, odio a mi madre. Prendida de las secas ubres de infortunio, me nutro de dolor, de tristeza, de desesperación y de cólera, los fuertes jugos con que se amasa la rebeldía.

Todos me odian, menos los que sufren, y de ahí que sólo tenga alojo en los lugares en que se amontona el dolor humano.

Encorvado sobre el surco, el campesino sueña conmigo; en las entrañas de la tierra, el minero suspira por mí; en la fábrica, el obrero me invoca.

Soy la única esperanza de los desamparados, de los humildes, de los parias. Vivo en la covacha; acompaño a los que van de lugar en lugar ofreciendo sus brazos a la rapiña burguesa.

Soy el rayo de luz que penetra al calabozo del presidiario; soy la promesa risueña que hace tolerable la vida del proscripto.

Pensamiento: pongo a Dios en el banquillo de los acusados y lo sentencio a muerte. Acción: pongo en pie a los hombres que horadaban con sus rodillas las baldosas de los templos, promuevo el progreso, hago la Historia.

¡Cededme el paso!

¡Soy la Revolución!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 258, 28 de julio de 1917.