Consejitos

 

Sucedió que los trabajadores mexicanos residentes en Talbert, Condado de Orange, California, se negaron a “tapear” el betabel y cargarlo a razón de $2.50 la tonelada, pues ellos creen que aún a $3.00 es muy barato ese trabajo.

Los burgueses se alarmaron, naturalmente, pues que al rehusarse los mexicanos a desempeñar ese trabajo, el betabel corre el riesgo de podrirse en los campos, porque no hay manos que se decidan a levantarlo tan barato como lo hace el trabajador mexicano.

Los señores barrigones pensaron entonces de esta manera: puesto que la Autoridad es hechura nuestra y su oficio es servirnos para arrancarle la lana al peladaje, ocurramos a la Autoridad.

Y como lo pensaron lo hicieron. Se apersonaron con el señor Jackson,[1] que es el Sheriff del Condado, y le pidieron que obligase por la fuerza a los mexicanos a levantar el trabajo y que exterminase a los agitadores que andan aconsejando a la gente que cobre más caro su trabajo, sin tener en consideración que si se le paga más al trabajador, el burgués no tendrá lo suficiente para champaña, ni para divertirse con las muchachas, ni para el “poker”, ni para ninguna de sus honestas distracciones.

El señor Jackson se rascó la cabeza, y ganas tenía de despachar al infierno a sus amos; pero ¡qué diantres! Su deber como representante de la Autoridad es apoyar al fuerte. Pensó que la demanda de los trabajadores era justa, puesto que estando muy altos los precios de la harina, el frijol, la manteca, y en general, de todos los artículos de primera necesidad, los trabajadores necesitaban ganar más para hacer frente a la carestía de los comestibles; pero si la Autoridad se pusiera alguna vez de parte de la justicia, ¡adiós explotación, adiós sistema capitalista! Y entonces, ¿de qué viviré? Se preguntaba angustiado el señor Jackson, y veía con horror el caso de tener que remangarse los lustrosos puños de la camisa, y de sudar y deslomarse como cualquier hijo de vecino.

El terror de tener que empuñar la herramienta del trabajo, acabó por decidir al señor Jackson a apoyar a sus amos, aunque sin recurrir a los medios enérgicos aconsejados por los señores panzoncitos, porque no está la Magdalena para tafetanes, como luego se dice, o lo que es lo mismo, los tiempos han cambiado, y muy posible es que el mexicano, al verse obligado a trabajar con el fusil embocado al pecho, se decida a hacer uso aunque sea de su cuchillo para vengar la humillación.

Así fue como el señor Jackson recurrió a la diplomacia en vez de emplear la fuerza. Se dirigió a Talbert con toda la velocidad de que es capaz su automóvil, y mandó a sus esbirros a que convocasen al pueblo. Reunida la gente, el señor Jackson pidió una silla, que un perro de estrella se apresuró a llevar. Trepó a ella el diplomático y abriendo la boca como quien va a engullir entera una pieza de pan dijo: “Estos agitadores son vuestros enemigos. Si ellos fueran vuestros amigos no os habrían dado este consejo.”

¡Muy bien dicho! ¡Malditos agitadores! ¡A emplumarlos a todos! ¡A la horca! ¡A la hoguera! Porque, hombre, cómo va uno a considerar como amigo a aquel que viene y nos dice: mira, hermano, el burgués te está explotando, porque con un día de tu trabajo produces quince o veinte pesos, y él te da solamente dos. No seas tonto, y dile que te aumente el salario.

El señor Jackson respira como un fuelle de fragua; se enjuga el sudor que el extraordinario esfuerzo mental le hace brotar por todos sus poros, y dice con énfasis: “Los dueños de las fábricas de azúcar han determinado cosechar su betabel, y si vosotros no lo hacéis, ellos traerán otros trabajadores para que lo hagan”.

¡Qué diferencia entre los burgueses y los agitadores! Los burgueses sí que son amigos de los trabajadores, porque dicen: o me trabajáis por un pedazo de pan duro, o traigo a otros más hambrientos que vosotros, y más indignos además, que ocupen vuestros lugares.

Algunos trabajadores razonables, de esos que encuentran muy digno someterse a los dictados de los señores burgueses, aceptaron las condiciones de hambre y se decidieron a trabajar; pero los más no lo hicieron, y entonces fue necesario llevar negros; pero tampoco entre éstos hay muchos razonables, y quieren también, como sus hermanos de cadenas los trabajadores mexicanos, que se les retribuya en algo más su dura labor. Resultado: que los burgueses están en aprietos, porque no encuentran manos suficientes que levanten el betabel, y que ha sido necesario que perros estrellados custodien a los degradados que agacharon las orejas y están trabajando por lo que quieren los burgueses, para evitarles algunos pescozones.

Los consejitos del señor Jackson han fracasado.

Si todos los trabajadores mexicanos se rehúsan a levantar el betabel, los burgueses tendrían que arrodillarse. ¡Ahora es tiempo, hermanos!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 258, 28 de julio de 1917.



[1] Calvin E. Jackson (1880-1940). Sheriff de Orange en el periodo de 1915 a 1923.